Cada día queda más claro que el andalucismo tiene mucho trabajo por delante. En particular, ahora que se está tramitando a nivel estatal una ley del clima, parece un buen momento para afirmar de forma contundente que tal vez una de las tareas más urgentes se da en el campo de lo socioambiental. Y por varios motivos. Podríamos dividirlos en motivos objetivos y subjetivos, y empezar con los primeros. Veamos.

El problema de fondo es el mismo que nos encontramos a nivel planetario. Hemos forzado hasta las costuras la capacidad de nuestro hábitat, y la emergencia climática no es sino un ejemplo de esta, como podría ser también la propia pandemia actual. Pero es que además nuestra civilización ha llegado a sus límites de expansión en cuanto a crecimiento biofísico (materia y energía) y esto implica la imposibilidad de seguir creciendo económicamente. Esto supone el fin de la fuente del maná que alimenta y permite funcionar a todos nuestros subsistemas humanos, incluido el socioeconómico. Al respecto, es importante tener en cuenta que la tecnología, mera transformación de la energía disponible, resolverá algunos problemas, pero no todos. Ya no es una mera gotera, todo el casco del buque está agrietado. Y, por descontado, cualquier solución tecnológica implicará nuevos e imprevistos efectos colaterales.

Como he señalado antes, la cuestión de fondo es la misma que a escala global. Sin embargo, en el caso de Andalucía, estas circunstancias mundiales se hacen particularmente graves y urgentes, dadas nuestras características geográficas, biofísicas y socioeconómicas.

Revisemos algunas de esas circunstancias como pájaros de mal agüero: negros, feos, pero necesarios. Son los que nos hacen despertar y mirar al cielo para darnos cuenta del temporal que viene. Citaremos sólo tres ejemplos, sin ánimo exhaustivo. En primer lugar, de forma general, la especial vulnerabilidad de nuestro territorio en un contexto de calentamiento global en el que los efectos del caos climático irán por barrios, obliga a preparar nuestras sociedades ante estas circunstancias. Todo se verá alterado, empezando por nuestro fundamental sector primario, como todo lo relacionado con la naturaleza: suelos (unos suelos ya de por sí vulnerables y sobreexigidos), ciclos hídricos, biodiversidad protectora (¡Pensemos en las abejas, determinantes para la polinización!)… Todo esto puede tener una brutal repercusión en nuestra seguridad —y, por ende, soberanía— alimentaria.

En segundo lugar, otro motivo objetivo son las características de subordinación y precariedad de nuestra economía, que nos hacen especialmente vulnerables ante las crisis socioambientales que se avecinan. El andalucismo de izquierdas habla mucho hoy de la meta de una soberanía solidaria. Pero sabemos que nuestra economía está centrada en sectores ligados no sólo a los avatares del clima sino que son también muy dependientes del exterior (turismo, sector agrario enfocado hacia la exportación). Dichos ramos, en el marco de una economía globalizada sustentada por enormes insumos de energía, pueden sufrir de manera aguda el impacto no sólo de los cambios en nuestro entorno, sino también de la pronosticada escasez de energía barata y abundante en forma de energías fósiles.

En tercer lugar, precisamente por el fin del petróleo barato y abundante, así como por las limitaciones y requerimientos de las energías renovables, existe el riesgo de que en nuestro territorio afloren extractivismos coloniales que imposibiliten una vida humana digna, o que de manera injusta repercutan sobre una parte de la población. La alternativa deleznable es que se agudicen los que ya practicamos hacia otros pueblos más débiles. En todo caso, esto acrecentará los conflictos socioambientales que—ya habrán podido intuir—emergerán como consecuencia de las otras cuestiones. Conflictos internos o externos que enfrentarán a nuestros diferentes territorios y que acabarán seguro rebotando sobre los colectivos más vulnerables como un bumerán, en uno u otro momento.

Estas son solo algunas razones, pero más que suficientes para mejorar nuestra resiliencia comunitaria. Hacernos fuertes, en definitiva, ante las adversidades por llegar. Y hacerlo lo antes posible. Porque la excrecencia, aunque se esconda debajo de lujosas alfombras, huele y acaba dando la cara.

No obstante, para dar ese paso imprescindible, hace falta ver cuáles son los motivos subjetivos que hacen más desafiantes aún si cabe los retos de un ecoandalucismo poscrecentista conscientemente ecosocialista.

En efecto, la lucha mayor no está fuera de nuestras mentes. No es la generación de estructuras externas, ni siquiera de cambios productivos, en el consumo, la propiedad de los medios de producción o nuestra organización social. Es en el terreno del imaginario colectivo donde necesitamos un cambio cualitativo, incluida la izquierda andalucista. Un cambio que nos permita abrirnos a otra manera de pensar. Somos capaces de imaginar el fin del mundo, pero no un mundo sin capitalismo. O al menos sin crecimiento económico, aunque sea estatalizado o socializado. Al respecto, está claro que un ecosocialismo andalucista poscrecentista que nos abra a políticas no productivistas no es fácil de asumir. Ya no sólo a nivel personal, sino mucho menos en un ámbito social, político partidista y, menos aún, electoral. El productivismo y la negación de los límites tecnológicos, unido a los intereses en juego por parte de las diversas oligarquías y poderes fácticos —autóctonos y foráneos— que intentan mantenernos distraídos con la música de la orquesta del Titanic mientras exprime los posos del banquete, no jugará a nuestro favor. Será, por tanto, una lucha a cara de perro. Y probablemente poco épica. Nada de “sangre y fuego”, nada de “fuerza y honor”. La épica es para quienes pueden permitírselo, y nuestra lucha que empieza hoy tiene enemigos que no permiten la grandiosidad, el honor o la gloria. Es la lucha contra adversarios ocultos, tediosos, inefables, silenciosos, aparentemente esclerotizados: la desidia, la ignorancia, el miedo, el cortoplacismo, el derrotismo, el escapismo, el egoísmo más ramplón, la arrogancia, la autosuficiencia, la corrupción, la parálisis, la ambición o simplemente la desgana. La fe en el progreso perenne, en los paraísos, sino perfectos, al menos accesibles.

Por eso el papel de un andalucismo poscrecentista y ecosocialista que no simplifique los problemas, que apueste por la democracia y la justicia para la resolución de los problemas futuros, pero también de los actuales, exige disputar la hegemonía ideológica en la cuestión socioambiental. No basta con hacer documentos, informar y concienciar. Debemos disputar el marco. Una guerra de posiciones que permita colocar nuestras piezas, introducirnos por los resquicios del propio sistema. ¿Nuestro ejército? Toda persona que haya comprendido la gravedad de la situación y quiera sumarse. ¿Las armas? En primer lugar—debe quedar claro—las afirmaciones científicas empíricamente demostradas. Pero, sobre ellas, deberemos construir un discurso que invite a la acción de la forma más entusiasta posible, sin pesimismos derrotistas. Nuestros argumentos, nuestro discurso, nuestra palabra, en suma. ¿Aliados? Sí, muchos movimientos, algunos más antiguos y otros más recientes que saben lo que nos jugamos y ya están peleando en esta guerra de guerrillas. ¿El escenario? Todo lugar, en todo tiempo: la calle, las plazas, los campos, los mercados, los huertos urbanos, las bibliotecas…

¿La táctica? Una primera fase, sin duda, será permear a la propia izquierda andalucista, mucha de la cual sigue subyugada ante discursos desarrollistas propios de un mundo alimentado por combustibles fósiles. Un mundo inflamable que se desmorona, que está literalmente combustionando delante de nuestros ojos. Esa primera batalla no será nada fácil.

Simultáneamente, pero sobre todo después, vendrá el triple salto mortal, el más difícil todavía. Explicar a la ciudadanía, que ya es adulta, que el sueño se acaba. Sin paternalismos, pero con realismo. “Bienvenido al desierto de lo real”, decía Morfeo en Matrix. Un desierto es donde nadie quiere saber que está. Pero es en lo real es donde se juega el presente. Si no sé dónde estoy ni dónde voy sólo soy una marioneta mecida por el viento… o peor aún, que mueven otros. En esa realidad es donde la vida nos espera, más allá de los engaños y los dispositivos de todo tipo que los dueños de nuestra sociedad nos ofrecen para atraparnos. La vida que nuestro pueblo ha conocido, hasta hace muy poco, de la que nos han hablado nuestras abuelas, la que tiene mucho de dureza pero que apunta a una realidad donde las opresiones tal vez no fueran mayores, sino que estaban menos edulcoradas. Es bueno recordar eso cuando vemos que el show llega a su fin. La sociedad del capitalismo low cost, que transmuta precariedad en flexibilidad laboral a cambio de algunas golosinas, agoniza. El tiempo de su combustible, no sólo metafórico, se acaba, no sin dejar atrás una enorme deuda a quienes no se les preguntó si accedían porque aún no habían nacido. Vamos despertando así de un sueño de energía infinita durante el que hemos liberado gases suficientes para convertir el clima en una fuerza impredecible durante mucho tiempo.

En efecto, hasta ahora los programadores de nuestro sueño inducido han hecho su labor. Ahora les tocará empujarnos hacia un nuevo letargo que asegure nuestra sumisión, tal vez mucho peor, en un modelo poscapitalista que siga asegurando su dominio, una abismal desigualdad y una nueva falsa sensación de libertad. Intentarán aprovecharse de lo peor que habita en nuestro interior para—subrepticiamente—llevarnos del “sálvese quien pueda” a un “nos salvaremos los de siempre”.

¿Permitiremos esto? No, porque en nuestra naturaleza no es mayormente oscura. No, porque es la vida, la propia vida de nuestras hijas y nietas, la que está en juego. Vidas que en los próximos 10-15 años vamos a condicionar. Y es muy importante que esa salida sea, de verdad, entre todas y para todas. El espejo de las respuestas a la Covid-19 es un sucio reflejo de lo que podría pasar. Por eso, la resiliencia que precisamos debe ser justa y enraizada en nuestros territorios, pues es la única forma de evitar un colapso violento y caótico de todas nuestras estructuras civilizatorias locales. Cierto que los problemas globales no podremos frenarlos, cierto que sucederán eventos complejos a nivel internacional. No sabemos si se darán o no los peores escenarios socioambientales, los peores escenarios políticos (ecototalitarismos fascistas, caos neofeudal, masas de refugiadas socioambientales… la imaginación es libre en el museo de los horrores). Pero lo que sí sabemos es que el futuro no está escrito. Lo que sí sabemos es que si actuamos, podemos al menos mitigar todo eso, reconducirlo para asegurar a nuestras nietas una vida que puede ser mejor, tal vez diferente; donde habrá sufrimientos y penas, pero también alegrías y jarana. No podemos predecir el mañana. Pero hoy sí sabemos que aquellas por quienes daríamos todo ahora—porque después ya no podremos darlo—, si actuamos ahora, podrán disfrutar de una vida plena, una vida mejor, una vida digna. Vivida con nuestra forma de hablar, con nuestras tradiciones, nuestra cultura, nuestra forma de existir y sentir. Una vida en nuestra tierra, una tierra abierta, donde tantos pueblos vinieron, vieron y se quedaron. Una tierra que no representa simplemente un espacio en un mapa o un puñado de polvo, sino el suelo que les permita vivir a ellas, y a quienes—tal vez escupidos por los dolores de su tiempo—puedan venir de lejos.

Por eso, la responsabilidad de nuestra implicación supone la necesidad de luchar colectivamente, en el ágora pública, hacer despertar al demos, reclamar el bien común y negarnos a ser simplemente el rebaño explotado, el consumidor-productor que pronto podría ser simplemente esclavo. Nos dirán que si capitalismo verde por aquí, que si crecimiento sostenible por allá, que si oportunidad por acullá, que si tales miedos interesados por un lado, que si seguridad y protección por el otro. Necesitaremos por eso discernimiento y diálogo, claro, mientras resuenen los atronadores sones de los disparos en la guerra de trincheras que obligará a disputar cada frase, cada narración, cada mentira, cada movimiento suicida, cada espacio común, cada privilegio injustificado. Hasta que el telón de la obra caiga, y con él, el teatro actual. Y entonces se abra paso el nuevo mundo que brotará del actual. Un mundo que será lo que hagamos.

La resiliencia por supuesto no se jugará sólo ni primordialmente en la política. Pero desde ella, incluso desde ella, también desde ella, especialmente desde ella, debemos hoy ya pelear con uñas y dientes para ofrecer, en nuestra tierra, un porvenir justo y habitable para nuestras hijas. Porque nuestro futuro será su presente. Eso es lo único que tendrán, y lo único que podemos ofrecerles. No podemos privarles de él, porque es de ellas. Se lo debemos. Sólo así escucharemos el eco sus voces respondiendo a nuestro “¡Viva Andalucía libre!”… ¿No lo oís?

[Artículo publicado originalmente en El Salto/Imagen de Daria Nepriakhina en Pixabay]

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Profesor de Ética, Filosofía política y Filosofía del Derecho en la Universidad Loyola Andalucía. Doctor en Derecho por la Universidad de Sevilla. Sus líneas de investigación son: derecho de resistencia histórico y actual, alternativas al paradigma moderno economicista-instrumental-colonial, análisis de las sociedades occidentales actuales, economía alternativa, pobreza y crisis del Estado social. Es coordinador de “Encuentros en la frontera”, un espacio de diálogo plural dentro de la Universidad Loyola Andalucía.
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