En mayo de 2019, la filósofa y psicoanalista francesa Cynthia Fleury escribía en Le soin est un humanisme (Gallimard, 2019): «cuando una civilización no se dedica a cuidar a los demás, no es nada». Poco podía imaginarse que unos meses más tarde la propagación de una pandemia haría evidente el profundo sentido de sus palabras. Fleury presenta una visión de la vulnerabilidad humana inseparable de la capacidad regeneradora de toda persona. Sostiene que de la experiencia de vulnerabilidad brota el sentirse responsable hacia los otros, y es precisamente este cuidado lo que nos hace humanos.

La suya es una propuesta humanista que sale al encuentro de la desesperanza y desorientación existencial provocadas por el COVID-19 y sus consecuencias, sin embargo, se trata de un punto de vista en el que Dios parece estar ausente.

El relato bíblico de Lucas 7, 11-17 viene en nuestra ayuda y puede darnos una respuesta.

El pasaje presenta la escena del encuentro de Jesús con una madre viuda que acompaña el cortejo fúnebre de su hijo único. Un texto escrito con nombres y verbos, sin matices, donde se resalta aquello que es esencial: la acción que define a cada persona.

La madre es la expresión de la vulnerabilidad en una sociedad judía: mujer, viuda y sin el único hijo. Ella no hace nada, ningún gesto, simplemente está ahí.

Jesús al verla, ante su sufrimiento, se conmueve y le dice: «No llores». A continuación, toca el féretro, le dice al muerto que se levante y se lo entrega a su madre.

No hay una súplica por parte de la mujer y tampoco Jesús pone alguna condición para realizar un milagro.
No hay intercesores que fuercen a Jesús a actuar.
No sabemos si el hijo había muerto de enfermedad, había sido víctima de una injusticia o se lo había buscado.
No se indica si se trataba de una familia judía observante.
No hay ningún discurso ni ninguna enseñanza teológica.

Solamente la vulnerabilidad humana y el movimiento compasivo de Jesús ante el profundo dolor.
Solamente habla Jesús y es para decir a una «no llores» y al otro «levántate».
Solamente hay una intencionalidad: liberar a esas personas del sufrimiento.
Solamente hay la acción de acercarse y tocar.
Solamente se pronuncian palabras que generan vida.

La escena se cierra con la conclusión que extrae la gente que lo presenció: «Dios ha visitado a su pueblo», aunque Jesús no ha mencionado a Dios.

La desnudez descriptiva del episodio hace resaltar que el movimiento espontáneo de Dios ante la vulnerabilidad humana es el de compadecerse y acercarse. Dios es así. Lo que es propio de Dios es generar consuelo y vida. Este es Dios, y en esta actuación el pueblo lo reconoce presente.

La austeridad de la narración no pretende descalificar las mediaciones humanas a través de las cuales Dios actúa, estas son claras en el evangelio que es necesario interpretar conjuntamente como un todo. Ahora bien, este texto pone ante nuestros ojos lo que es esencial en Dios, aquello que da precisamente fecundidad y sentido a las mediaciones humanas.

Jesús se acercó para aliviar el sufrimiento. Él no puede hacerlo físicamente hoy, pero lo hace en las personas que se acercan a la vulnerabilidad humana movidos por la compasión, el movimiento de Dios. Esto es lo que, con otras palabras, se expresa en el discurso de Cynthia Fleury, aunque ella probablemente no sea del todo consciente.

[Imagen de mark10852 en Pixabay]

¿TE GUSTA LO QUE HAS LEÍDO?
Para continuar haciendo posible nuestra labor de reflexión, necesitamos tu apoyo.
Con tan solo 1,5 € al mes haces posible este espacio.
Licenciada en Pedagogía, Filosofía y Ciencias religiosas, postgrado de Acompañamiento Espiritual. Miembro del seminario y del consejo de EIDES y dedicada a la espiritualidad de los Ejercicios Espirituales y acompañamientos personales y de grupos. Religiosa de la Compañía de Santa Teresa.
Artículo anteriorLa idealización de la locura en el arte
Artículo siguienteMi(ni)sterio eclesial y mujer

DEJA UN COMENTARIO

Por favor ingresa tu comentario!
Please enter your name here