En las sociedades primitivas, las preguntas que implicaban los límites y la consciencia del ser humano estructuraban la vida social con centralidad: ¿por qué existimos?, ¿para qué existimos, ¿qué hay después de la muerte? Todo aquello que tiene que ver con la subsistencia como cazar, labrar el campo y reproducirse, es un acto sagrado dónde hay una comunicación con los dioses, con el sentido: porque, en vivir, se está muriendo y anticipando el más allá o su ausencia. La distinción entre lo profano y lo sacro es difícil de establecer en las comunidades más antiguas.

La antropóloga Karen Armstrong defiende la idea de que hasta que no se consolida la era de la razón, la especie humana conserva, en su lenguaje, una vertiente mística que remite, con las propias referencias culturales y de civilización, a mostrar y actualitzar los grandes misterios en la cotidianidad. El hecho religioso, el hecho de la experiencia del sentido, es un hecho abordable colectivamente: cada sociedad vive en sus arquetipos y en sus representaciones de lo innombrable, que se atraviesa de mitos y de historias para ser vivido y compartido. De alguna forma, defiende Armstrong, en los últimos siglos, con la imposición del racionalismo moderno y el auge de la individualidad, el lenguaje mítico no desaparece: está arrinconado en el arte, en la literatura, que vienen a ser aquellos reductos dónde uno puede acceder, a través de una inteligencia que nos precede, de un excedente de lucidez anterior a nosotros, a los interrogantes que, a pesar de todo, siguen persistiendo.

En las sociedades indoeuropeas hay un arquetipo que ha ido repitiéndose, según mi opinión, hasta nuestros días: el del loco. Con un nombre u otro, el loco ha sido aquel que ha tenido una experiencia de vida tan intensa que no ha suportado la colectividad. De alguna forma el conjunto de la sociedad nombra al loco en dos sentidos. El primero, para marcar los límites colectivos de lo posible; la locura puede ser un estigma que disciplina la normalidad y censura aquellos comportamientos que no la refuerzan. El segundo, para mostrar la Verdad; la locura también es la apertura de una puerta a aquello que la sociedad, por sí misma, no es capaz de nombrar: es el acto de llevar la existencia humana más allá de sus propios límites.

Hay una extensa bibliografía que ha estudiado el primer caso, des de Foucault a Deleuze y Guattari, hasta las nuevas corrientes de pensamiento de género, que demuestran como la feminidad ha sido patologizada con el objetivo de controlar la reproducción en un sentido o en otro. En términos de instantáneo presente: vivimos en una sociedad hipermedicalizada, dónde todos aquellos comportamientos que estorban al ritmo de producción son catalogados como enfermedad o, diciéndolo mejor, vivimos en un mundo dónde la idea de salud mental tiene que ver con abocar la identidad y el sentido de vida en el mundo del trabajo. Aquí quiero señalar un punto. Nuestra sociedad da centralidad al mundo del trabajo no del modo de aquellas antiguas sociedades, que lo entendían como un momento de contacto con el sentido consciente (¿por qué trabajamos?, ¿por qué vivimos?), sino con una forma mucho más vulgar: una sociedad que debe producir, crecer y estar inserta en el orden internacional de mercado. Porque sí.

Con este primer punto entramos a la segunda vertiente de la locura: el del acceso a la Verdad. En las sociedades primitivas, el sacerdote era un ser que entraba en trance y, de vuelta, contaba lo que había visto: y como el lenguaje mítico era una forma cotidiana más, junto con el lenguaje racional, de nombrar y habitar al mundo, aquello que había visto podía tener validez. Lo desconocido aterrizaba en forma de historias que, colectivamente, podían ser revividas, representadas y, de esta forma, la sociedad maduraba en sus misterios. Con los siglos, las sociedades se vuelven más complejas. Hay otro arquetipo que se va repitiendo: el de subir a las alturas para tener acceso a la verdad. Como Abraham llega a Moriah para sacrificar a Isaac y recibir el misterio de Dios; como Elías elevándose a través del Cielo con un carro de fuego, yendo a disolverse en el Padre. Los grandes profetas siempre buscaron las alturas. Me pregunto: ¿quiénes eran ellos sino sabios locos? ¿Qué vivían sino la experiencia humana desde sus límites más terribles? Pero vivían también en una sociedad que los nombraba como profetas, y sus visiones tenían validez. Tanta que, a través de Kierkegaard, el acto de Abraham da sentido a misterios como el de la creencia a toda una corriente de pensamiento existencialista viva en nuestra sociedad actual. Este último hecho nos descubre que vivimos insertos en una tradición y que la individualidad es un espejismo. Es un espejismo y su continua autoreivindicación es dolorosa: porque aquel que se hace la pregunta del sentido hoy día no tiene al alcance unas estructuras de acogida suficientes, como diría el antropólogo Lluís Duch, más que las que él mismo sea capaz de proveerse. Y en nuestros días pareciera que solo las puede hallar en el arte o en algunas formas de vivir la religión, como dos parcelas escindidas de la vida pero que guardan, fragmentariamente, la capacidad del lenguaje mítico para explicar la realidad humana. El paso de la niñez a la vida adulta es el paso del mundo estudiantil al mundo laboral, con sus ritos lúdicos y seculares que ofrece nuestro presente. A menudo, quien va más allá, encuentra las propias representaciones en la literatura, en el cine, en identificaciones simbólicas de un cuadro, etc. Y es aquí donde estriba la crítica del presente artículo: considero que la locura está representada desde un mal síntoma: que la sociedad ya no guarda la locura como el arquetipo de un estado donde se deposita la verdad. El ser humano, históricamente, nunca como hoy se ha tenido que enfrentarse tan solo a la magnitud de un hecho como empalabrar el mundo. En el sufrimiento exacerbado, en la pasión desenfrenada, en la idealización del suicidio, es fácil y accesible hallar aquello que la sociedad no nos ofrece desde el punto de vista del sentido: una existencia llevada al límite a la cual podamos preguntar lo central en el ser humano. Proyectar la locura y transformarla en identidad, a causa de este vacío tan grande, puede presentarse como refugio. Acaecer Rimbaud, sufrir como Pizarnik, admirar biografías como la de Alda Merini, nos permiten protestar e impugnar, hoy, todo el régimen de la existencia contemporánea. Y, como amante de la poesía, me parece precioso que aquellas y aquellos poetas, con la intensidad de su lenguaje y su apuesta de vida, permitan a generaciones posteriores escindirse de su hoy más desamparador. Sin embargo, la sociedad sigue siendo la misma: y, mientras estos caminos no tengan regreso, mientras el mundo no sea cambiado, la sensibilidad de quienes necesitan reflejarse en la locura se vierte a una intensidad insoportable, a una frustración sin salida. Porque la locura es la evidencia del final, su expresión más instantánea, más carnificada, y dar centralidad en la educación humana a esto puede exacerbar todavía más el problema del individuo, esto es, la escasez de recursos para habitar la vida.

Con todas estas reflexiones reivindico la figura del testimonio. Creo que el arte hoy debe ser también testimonio. Para mí el solo hecho de escribir poesía y atravesar las preguntas dolorosas de la existencia ya es un hecho terriblemente social, porque pretende curar una sociedad que ya no se interroga. Y, según mi parecer, el arte tiene que saber reivindicar las verdades de la locura, pero no tiene que reivindicar siempre la locura: ni como identidad, ni como referente en el cual reflejarse, ni como representación del vivir. Buscar un sentido y vivir en esta búsqueda, habitar aquello que persiste, nombrar al misterio: éstas son representaciones que necesita nuestro mundo. Y dar espacio, en definitiva, para que hable la locura y nos habite, sin tener pore ello que estar nosotros locos, sin tenernos que sentir malditos para construir con sentido nuestro mundo tan frágil y que tan desolados nos tiene. Tratar de llevar el Cielo, por más borroso que sea, a la Tierra, por más intempestivo que sea el camino.

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Referencias bibliográficas:

Armstrong, Karen: Breve historia del mito,  Siruela, Madrid, 2020

Duch, Lluís: Religió i comunicació, Fragmenta, Barcelona, 2010

Eliade, Mircea: El mite de l’etern retorn. Arquetips i repetició, Fragmenta, 2015

[Imagen de Ryan McGuire en Pixabay]

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Es graduado y máster en Historia Contemporánea por la UAB. Actualmente investiga la experiencia de las comunidades cristianas en los movimientos vecinal y obrero antifranquistas en la ciudad de Terrassa, gracias a una beca de formación de la Fundació Joan Maragall. También edita la Revista Poetry Spam, “revista antipoética de trabajadorxs precarixs y desocupadxs”, y el suplemento de poesía Avalon Fanzine.
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