Hace una semana, el domingo de madrugada hacia las 12:30, con premeditación, nocturnidad y alevosía, dos hombres armados despiertan a gritos al P. Christian. Cuando él abre la puerta de su habitación, sin tiempo de nada, le disparan seis o siete tiros. Lo hieren en las piernas y huyen. El desenlace hubiera podido ser fatal, pero por suerte parece que el P. Christian se recuperará.

Esto pasaba en Rumbek (Sudán del Sur), el país que sufre la peor crisis de desplazamiento del continente con más de 4 millones de personas refugiadas y desplazadas internamente y que no consigue salir de la espiral de conflicto atizada por la lucha por el control de la tierra, el ganado, el oro y el petróleo. Ni un papa de rodillas pudo convencer a los líderes de los diferentes bandos de que pararan tanta absurdidad y tanta muerte.

Tantos y tantos otros, como el P. Christian, que han vivido las consecuencias de la violencia, ya no están para poder explicarlo. Todavía recordamos con dolor el asesinato hace apenas dos años y medio del compañero jesuita Victor-Luke en la misma zona del país.

A medida que pasan los días, el estupor va dejando paso en mí a una mezcla de indignación y desconsuelo. El P. Christian Carlassare, misionero comboniano nacido en Italia, fue recientemente nombrado obispo de Rumbek, lleva más de 15 años en Sudán del Sur y tiene mi edad (43 años). El año que viví en Juba, la capital, él y yo compartimos bastante, sobre todo los domingos celebrando la eucaristía con la población desplazada a las afueras de la ciudad.

Siento desconsuelo por la comunidad cristiana –y en concreto la católica– en Rumbek, una diócesis que llevaba 10 años sin obispo y donde el mensaje del evangelio se encuentra con unas grandes resistencias. Fruto, en buena parte, de una cultura local profundamente atravesada por la violencia y la venganza juntamente con una comprensión de la identidad étnica muy exclusivista. Después del asalto armado al obispo in péctore, se están investigando personas diversas, entre ellas sacerdotes e incluso al coordinador diocesano (que en la diócesis hacía la función del obispo, mientras no se nombraba uno). Algunos medios han indicado que los tiros fueron un aviso y una advertencia, una salvaje bienvenida a la tierra donde solo reina la ley del clan. El P. Christian es extranjero y además ha trabajado muchos años con personas de la etnia históricamente enfrentada a los habitantes de Rumbek, donde se le ha pedido ser obispo. Se me ponen los pelos de punta al pensar que quizás detrás el ataque haya curas y personas con autoridad dentro de la comunidad católica, clara muestra de que el cáncer de la cleptocracia sin escrúpulos de las élites políticas y militares se ha extendido dentro de la Iglesia también.

Pero quizás más todavía, siento una gran indignación porque mientras Sudán del Sur no consigue superar años y años de conflicto armado, los países del norte incrementan el gasto militar y se lucran con la venta indiscriminada de armas. En muchos países, la presencia masiva de armas automáticas y ligeras es fatídica. En Rumbek chicos con solo 10 años vigilan el rebaño de vacas de su clan con un Kalashnikov colgado al hombro. Con mucho de acierto y con una sencillez que desarma, Marcelina, la madre del P. Christian, cuestionaba:

«Además de lo que pasó, me pregunto: ¿de dónde salieron estas armas que dispararon a mi hijo? Ciertamente no del Sudán del Sur. Vienen de nuestro mundo occidental. Está muy bien rezar por Christian y por Sudán del Sur y también organizar una vigilia de oración pero por qué no transformamos estas fábricas de armas para construir la paz en el mundo? Todas las energías, inteligencia y tecnología que ponemos al servicio de las armas y de la muerte, por qué no las convertimos en herramientas que, en cambio, produzcan vida y esperanza para los seres humanos?»

El mensaje de perdón que el P. Christian ha ofrecido a sus asaltantes es un testigo de la fuerza de alguien movido por una fe profunda en Jesús de Nazaret y de una Iglesia convocada a vivir el amor en tiempos difíciles. El amor y la esperanza no se demuestran solo cuando todo va viento en popa, cuando todo parece que nos sonríe, sino también, y quizás más todavía, cuando la cosa se pone complicada y pintan bastos. En Sudán del Sur, y en tanto otros lugares, nos hace falta pues un amor que perdona, que trabaja para transformar una cultura local hostil y violenta, que desenmascara la lacra de la corrupción de las élites y que reclama cambios estructurales en un mundo profundamente injusto lastrado por la locura del negocio armamentístico.

Esta es la llamada a vivir el amor en tiempo de balas. Buen recordatorio para los que residimos en España: hay balas más allá de los sobres y la política en Madrid. O como decía mi abuela: “más vale no jugar con fuego”.

[Imagen de Gerhard Litz en Pixabay]

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Jesuita, arquitecto y teólogo. En Berkeley, en los Estados Unidos, amplió sus estudios en el área de la teología de las migraciones. Ha trabajado con el Servicio Jesuita a Refugiados (JRS) en Liberia, Nogales (frontera EEUU-México), Kakuma (Kenia) y Sudán del Sur. Actualmente trabaja en Barcelona en la Fundación Migra Studium, en el proyecto de acogida de refugiados y migrantes (hospitalaris.org). Es el coordinador de la Escuela Ignaciana de Espiritualidad (EIDES), que es el área de espiritualidad del centro de estudios Cristianismo y Justicia. Es coautor del Papel CJ “Refugiados. Víctimas del desbobierno y la indiferencia” e impartió en Cristianismo y Justicia el seminario “¿Qué espiritualidad para una acción social?”.
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