Siete años. Este el plazo que el Dicasterio para la Promoción del Desarrollo Humano Integral ha propuesto para «hacer que las comunidades de todo el mundo sean totalmente sostenibles en el espíritu de la ecología integral de Laudato Si’», con motivo del quinto aniversario de su publicación en mayo de este año. ¿Por qué ahora? Seguramente porque hace cinco años todavía no estábamos preparados. Y porque:

El hecho de que el quinto aniversario de la encíclica coincida con otro momento crítico, el de una pandemia mundial, hace que el mensaje profético de la Laudato Si’ sea aún más significativo. La encíclica constituye una guía moral y espiritual para la creación del nuevo paradigma de un mundo más solidario, fraterno, pacífico y sostenible. Esta crisis es una oportunidad única para transformar la destrucción que nos rodea en una nueva forma de vivir: unidos en el amor, la compasión y la solidaridad, y en una relación más armoniosa con la naturaleza, nuestra casa común. La COVID-19 ha manifestado claramente lo profundamente conectados e interdependientes que estamos todos.

Siete años. Hay que decir que la comunidad científica mundial no da mucho más plazo. Desde hace décadas viene advirtiendo de la necesidad de actuar con urgencia. “2021 es un año decisivo para enfrentar la emergencia climática global. La ciencia es clara: para limitar el aumento de la temperatura global a 1,5 °C debemos reducir las emisiones mundiales en un 45% para 2030 desde los niveles de 2010”, son palabras de António Guterres durante la presentación del último informe de ONU Cambio Climático publicado el pasado mes de febrero (y de aquí a 2030 apenas quedan nueve años).

En la propuesta del Dicasterio vaticano, destaca el número siete. Siete años de plazo hacia la sostenibilidad total. Siete objetivos del programa de conversión ecológica. Y siete diversas instituciones llamadas a comprometerse a emprender esta transformación: familias, diócesis, escuelas, universidades, hospitales/centros de salud, empresas/granjas y órdenes religiosas. Como indica la propuesta, «durante el Año Aniversario Especial de Laudato Si’ diversas instituciones pondrán en marcha el programa y asumirán el compromiso público de comenzar un camino de siete años hacia una total sostenibilidad en el espíritu de Laudato Si’«. Es importante lo del compromiso público, pues es una manera de fortalecer la propia decisión y de servir de testimonio y estímulo para otros.

El objetivo es ambicioso. «Hacer que las comunidades de todo el mundo sean totalmente sostenibles en el espíritu de la ecología integral de Laudato Si’» no es poca cosa. «Totalmente sostenibles» significa totalmente neutros en emisiones y en residuos. La buena noticia es que esto es posible, al menos, en buena parte; seguramente sea imposible alcanzar el 100% del objetivo, pero, si queremos, podemos acercarnos mucho. Tenemos motivación, recursos y tecnología; sólo nos falta ponernos en marcha.

Esto significa, por ejemplo, que en siete años habrán desaparecido todas (o casi todas) las calderas de gasóleo y gas de nuestras casas. La pregunta no es si estamos preparados para esta reconversión, sino cuándo vamos a hacerla. Una re-conversión ecológica que no es principal ni únicamente tecnológica. No se trata de seguir viviendo igual, moviéndonos igual, consumiendo igual… pero ahora apoyados en tecnologías «limpias» que resuelvan nuestros excesos. Hoy sabemos que eso es imposible, además de socialmente injusto. Se trata de convertir nuestro corazón y mentalidad para aprender a vivir de otra manera.

Esto significa que durante siete años éste será el principal objetivo de nuestras decisiones e inversiones, en todos los ámbitos, el privado y el público. Durante siete años tendremos que posponer cualquier otro tipo de gasto, pues los esfuerzos económicos serán considerables. Pospongamos los gastos en nuevas autovías, en inversión militar, en el despliegue de nuevas tecnologías de comunicación (como la red 5G), en publicidad de productos innecesarios, en viajes superfluos… Durante siete años necesitaremos dedicar todos los recursos posibles a esta conversión ecológica. ¿Quién lo va a pagar?, ¿los pobres del mundo, que son los que menos han contribuido a la catástrofe que sufrimos y los que más padecen sus consecuencias? No, lo tendremos que pagar nosotros, los habitantes de los países más ricos, que además somos los principales causantes de esta situación de emergencia climática. Aunque eso suponga, durante siete años, dejar de gastar en otros ámbitos.

Siete años de posponer otras cosas y dedicarnos a la conversión ecológica. En nuestras decisiones económicas, por supuesto, pero también en nuestras conversaciones cotidianas, en los hábitos de cada día, en nuestras oraciones y celebraciones, en los planes educativos, en los programas políticos…

Sí, pospongamos también durante siete años otros aspectos de nuestros posicionamientos políticos, sin duda importantes, y apoyemos durante este tiempo aquellas propuestas políticas que vayan claramente en la línea de lo que propone el Dicasterio vaticano. Por supuesto que sería más fácil si las diversas administraciones públicas caminaran en esta dirección. En mayor o menor medida, ya lo están haciendo, muchas veces a remolque de las directrices europeas, como la reciente Ley de Cambio Climático y Transición Energética. Una Ley que llega tarde y que, como argumenta Ecologistas en Acción, es insuficiente para responder a los objetivos de la comunidad científica y además no tiene en cuenta un debate más profundo sobre el reto civilizatorio que supone la emergencia climática.

«Debemos actuar como si nuestra casa estuviera en llamas, porque así es», ha repetido la activista medioambiental Greta Thunberg. «Muchos políticos me han dicho que con el pánico no se consigue nada bueno. Estoy de acuerdo, pero cuando tu casa está en llamas quieres prevenirla de un derrumbe, es mejor entrar en pánico un poco». ¡Se trata de una emergencia! Y así como estamos supeditando todo (o casi todo) a la emergencia sanitaria que supone la pandemia, ¿no vamos a supeditar todo también a la emergencia climática?

No hace falta ni es posible hacerlo todo el primer año, pero sí saber que en siete años debe estar todo hecho (o, al menos, casi todo). Esto significa que:

– Si una diócesis cuenta con, pongamos, 70 parroquias, cada año, de promedio, diez parroquias deben ser totalmente sostenibles.

– Si una congregación religiosas cuenta con, pongamos, 14 casas, cada año, de promedio, dos de ellas deben llegar a ser totalmente sostenibles.

– Si una red de obras educativas, sociales o sanitarias tiene, pongamos, 21 centros, cada año, de promedio, tres de ellos deber ser totalmente sostenibles.

Suena contundente, pero no es más que un cálculo elemental. No hace falta ni es posible hacerlo todo el primer año, pero sí es necesario empezar este primer año.

Finalmente, no haremos esta transformación solos. Ahora más que nunca es preciso apoyarnos unos a otros, motivarnos, enseñarnos y contar con la ayuda de expertos. Nos quedan siete años.

«Las predicciones catastróficas ya no pueden ser miradas con desprecio e ironía. A las próximas generaciones podríamos dejarles demasiados escombros, desiertos y suciedad. El ritmo de consumo, de desperdicio y de alteración del medio ambiente ha superado las posibilidades del planeta, de tal manera que el estilo de vida actual, por ser insostenible, sólo puede terminar en catástrofes, como de hecho ya está ocurriendo periódicamente en diversas regiones. La atenuación de los efectos del actual desequilibrio depende de lo que hagamos ahora mismo, sobre todo si pensamos en la responsabilidad que nos atribuirán los que deberán soportar las peores consecuencias» (Papa Francisco, LS 161).

[Imagen de Manfred Antranias Zimmer en Pixabay]

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Es autor de libros, artículos, conferencias y cursos sobre ecología, consumo, espiritualidad y estilos de vida alternativos. Autor del del cuaderno Al que tiene se le dará; al que no tiene se le quitará (Colección virtual CJ nº 3). Participa en la iniciativa “Biotropía. Estilos de vida en conversión” y en el grupo “Cristianismo y Ecología”. Vive con su mujer en Cañicosa, un pequeño pueblo de Segovia. Juntos animan un centro comunitario de ecología, espiritualidad y acogida con el nombre de Tierra Habitada.
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