A veces nos preguntamos qué decir a quienes sufren. Muchas de nuestras palabras son fórmulas de compromiso, sobre todo si las pronunciamos para salir del paso, cuando en la mayoría de las ocasiones acaso sea preferible guardar silencio junto al sufriente. Todo irá bien. De acuerdo. Sin embargo, hay sufrimientos irreparables —y más si son culpables. Introdujiste a tus hijos en las cámaras de gas y no tuviste el valor de entrar con ellos —Abraham Bomba en Shoa—; los viste morir a manos del enemigo o en el mar mientras intentabas alcanzar la orilla en una patera a reventar: ya no tienes vida por delante. La muerte ha vencido. ¿Qué palabras pueden consolarte? ¿Qué actos, liberarte? Los que sufren lo que quieren es dejar de sufrir —que el séptimo de caballería corte las alambradas del lager, que el cáncer no sea devastador, que tus hijos puedan comer el pan de cada día, que haya un nuevo comienzo. Pero ¿y si no fuera posible? Ante el sufrimiento irreparable, ¿qué cabe esperar? Cristianamente, tan solo hay una respuesta: el horror no tendrá la última palabra; los muertos resucitarán y la Creación será restaurada. Ahora bien, lo cierto es que hoy en día pocos cristianos son capaces de ofrecer esta esperanza. Como si el proclamarla les sonara a tranquilo que ya resucitarás —como si se tratase de una fórmula más para salir del paso. Sin embargo, y dejando al margen de que aquí damos por sentado que la resurrección es meramente compensatoria —que no irá con nuestra condena (y aquí conviene recordar que la resurrección es la antesala del Juicio)—, el que nos suene a fórmula ¿no tendrá que ver con nuestra falta de fe? ¿Acaso los primeros cristianos no estuvieron convencidos de que, a partir del tercer día, todo presente es un tiempo terminal? ¿Acaso no vivieron la resurrección del crucificado como una genuina liberación? Su alegría ¿fue un delirio? Ciertamente, la fe —la confianza— en la resurrección de la carne es increíble. Pero el creyente ¿no vive de la imposible posibilidad de Dios en nombre, precisamente, del tener lugar de Dios como resucitado? Sin resurrección, la cruz es el final: Dios no estaba junto al hombre de Dios. ¿Qué esperar? Hay quienes gozan y quienes sufren. Y a unos les ha tocado sufrir lo indecible. Ninguna respuesta que no sea nada a la pregunta mesiánica por excelencia —¿qué pueden esperar las víctimas de la historia, aquellos a los que la vida les fue arrancada injustamente antes de tiempo? El problema del cristianismo de hoy en día es que no sabe qué hacer con la resurrección de los muertos. Como si fuese un modo de hablar. ¿Será porque el dolor del hermano no nos duele lo suficiente? De ahí que, en su lugar, se propongan sucedáneos —que si resiliencia, que si un cierto sentimiento de plenitud en medio del dolor… Y, sin duda, haberlos, haylos (y tampoco es que sean poca cosa). Pero ¿qué valen ante sufrimientos irreparables? Por eso, quizá no estaría de más tener en cuenta que con respecto a Dios estamos más cerca de lo imposible que de lo posible. Que la fe, al fin y al cabo, arraiga en el acontecimiento de la bondad en medio de los infiernos de este mundo; que es en nombre de los mártires, por decirlo así, que podemos esperar, contra cualquier expectativa, que el que siempre niega en modo alguno tendrá la última palabra. Aunque nosotros no podamos pronunciarla —pero tampoco solo un Dios que no es nadie (ni quiere serlo) sin el fiat del hombre.

[Imagen de Lutz Peter extraída de Pixabay]

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Es licenciado en filosofía por la Universidad de Barcelona. Desarrolla su carrera docente en el Colegio de San Ignacio-Sarrià, donde imparte clases de historia de la filosofía. Su trabajo intelectual se centra en la necesidad de recuperar la dignidad epistemológica de la tradición cristiana sin caer en el antiguo fideísmo y en constante diálogo con, por un lado, la crítica moderna de lo trascendente, en particular la que encontramos en los escritos de Nietzsche, y, por otro, con las tendencias transconfesionales vigentes hoy en día. Escribe diariamente en el blog La modificación. Es miembro de Cristianismo y Justicia, donde, desde hace varios años, imparte cursos sobre la significación y vigencia de la fe cristiana. Es autor de Dios sin Dios (con Xavier Melloni), Fragmenta, 2015 coeditado por Cristianismo y Justicia.
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