Cincuenta nuevos días de Pascua pueden dar para mucho: son poco menos que unas vacaciones de verano. En estos cincuenta días vuelve a desfilar ante nosotros esa pequeña y querida tribu del Evangelio: a veces encerrados como un pie en un calcetín, otras sacudidos por un movimiento que deja atrás casa y puertas cerradas; desconcertados o tremendamente alegres… Cada uno de ellos lo asociamos a una tonalidad afectiva, a una manera de encontrarse con Jesús en esta luminosa novedad de la resurrección.

Lo triste es que a menudo esta luz nueva de la resurrección no alcanza a nuestra lectura de los textos, y los hombres y mujeres que bailan alrededor de Jesús en la Pascua acaban interpretando cada año el mismo papel, significando lo mismo, haciendo sonar las mismas teclas interiores tras la Semana Santa.

Uno de los grandes afectados por este encasillamiento actoral es Tomás, el Mellizo. Lo llamamos casi siempre para que haga de discípulo incrédulo y dubitativo: aparece en escena, dice su frase estrella, “Si no lo veo, no lo creo”, y se va por donde ha venido, con el tierno reproche de Jesús, hasta el año que viene. Nosotros nos cantamos otra vez la copla que dice que hay que creer sin ver, y adiós muy buenas. “Reflectir para sacar algún provecho”: check.

Entiéndaseme bien: no es que Tomás no signifique esto. No le valió el testimonio de sus compañeros diciendo que Jesús, al que creían muerto ─que efectivamente ha padecido la muerte─, había estado en casa. Está feo, a qué negarlo, y nos habla de nuestras muchas cerrazones. Pero si nos deshacemos por un momento de las gafas que parecen venir ya con el paisaje puesto, quizá veamos otros matices y cabos de los que poder tirar. Hay que rezar la Pascua de nuevo.

Para empezar, Tomás era el atrevido que un día dijo aquella frase inesperada, fuera de guion, cuando Jesús decidió ir a Jerusalén. Los discípulos sabían que había peligro, grande y cierto. Entonces el Mellizo suelta: “Vayamos y muramos con él”. Toma. Sabemos que después todos huyeron, pero el hombre ya había dejado esa perla de arrojo loco para la posteridad.

Volviendo al pasaje de Jn 20, Tomás nos ofrece, además, otra intuición profunda y genial sobre lo que significa resucitar. Lo que el discípulo incrédulo está diciendo al resto es lo siguiente: si el que ha aparecido por casa es Jesús, entonces ha de tener agujeros en las manos y ese espacio abierto en el costado. Si es Jesús, ha de llevar sus marcas. Podría haberlo reconocido por su parecido físico, por su corte de pelo o el color de sus ojos o el resto de sus rasgos, pero Tomás necesitaba reconocer a Jesús a partir de su historia y de aquello que dejaba constancia de su vulnerabilidad, aun resucitado. Esta idea acerca de la resurrección no es algo que debamos dar por descontado, creo.

Porque en ocasiones podemos pensar y desear la resurrección como un simple fiar las oscuridades al olvido. O creer que basta con seguir hacia delante, sin mirar atrás. Nuestra hiperactualidad, hecha de constantes nuevas imágenes y titulares, nos lo sirve en bandeja. “Como si no hubiera pasado nada”: llenando de polvo y mugre los bajos de las alfombras y de huesos los armarios. Echémonos un vistazo en el transcurrir pandémico: ¿cuántas veces, consciente o inconscientemente, hemos creído que la resurrección sería un volver a la situación antes de la Covid? Tampoco hay que extrañarse: no es fácil imaginar un futuro deseable si no es a partir de un pasado en el que el problema no existía. Pero si la imaginación se encierra ahí, acaba neutralizando las posibilidades de vida nueva que traían escondidas las heridas. Igual que los desaparecidos de las dictaduras, que los asesinatos racistas, que las causas desatendidas de la desigualdad, todas esas heridas y marcas sociales que decidimos no tocar acaban volviendo en forma de revuelta y violencia, precisamente porque su olvido es ya una forma de violencia, aunque sea como la de un tapón enroscado sobre una botella efervescente.

Tomás no creía en un Jesús que ofertara, para resucitar, olvido de lo sufrido. Y Jesús no mostró una resurrección de oro macizo o sin cuerpo. No solo se presentó con llagas, sino que podemos imaginar con Caravaggio que tomó la mano de Tomás y le guio para tocarlas, para meter sus dedos en ellas. Para poder habitarlas, de alguna manera. Nos mostraba así el horizonte de resurrección que cabe esperar para nuestras heridas sociales. Un horizonte cuya línea no es la de un pasar de página, sino la del reguero que va dejando ese ungüento que es la paz de Jesús en cada nueva aparición, que hace compatible herida y trabajo en medio de ella. El gozo en medio de las fracturas y el sufrimiento no lo producirá el palazo de tierra con el que intentamos sepultar lo que no nos gusta o nos duele, sino el volver a sentir que el mundo es habitable tras haber asumido, acompañado y trabajado en medio del dolor.

Eloy Sánchez Rosillo lo dice así, recreando la palabra sagrada, en En la mañana inmensa: “Después, como en un sueño, poco a poco / pudimos alcanzar el júbilo más alto: / aquel que obtiene nuestra mano pura / si antes supo de heridas”.

[Imagen extraída de Wikimedia Commons]

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Jesuita en formación. Estudia 3º de Teología en la Universidad Pontificias de Comillas y vive en el barrio de la Ventilla (Madrid). Colabora en la pastoral universitaria en la Comunidad Francisco Javier y con la ONG Pueblos Unidos, dentro del programa Baobab.
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