Quienes pretenden que esa afirmación del título es una muestra del masoquismo cristiano, solo ponen de relieve lo atrevida que puede llegar a ser la ignorancia. Digamos en su descargo que esa afirmación es algo imprecisa: lo que quiere decir es que el Crucificado es el centro del cristianismo.

Y esto sugiere una primera aclaración: no puede haber crucificados sin alguien que los crucifique. Uno podrá azotarse o maltratarse a sí mismo, pero no puede crucificarse a sí mismo. (N.B. En un sentido metafórico hablamos, con Jesús, de “llevar la propia cruz”: se puede cargar con una cruz pero no es posible clavarse en ella). Hecha esta precisión terminológica elemental, podemos ver qué significa eso de que el Crucificado es el centro del cristianismo.

En primer lugar nos descubre una dura ley histórica: siempre que alguien se pone a favor de los de abajo, de los pobres, de las víctimas y de los maltratados, corre el riesgo de que acaben quitándolo de en medio violentamente. No hace falta apelar a Jesucristo como prueba: pensemos en nombres no católicos como Gandhi, como Nelson Mandela y hasta como Espartaco.

En segundo lugar, quienes crucifican no son los malos, sino los oficialmente buenos. Y lo hacen en nombre de las más grandes palabras y los más grandes valores como Dios, la democracia, la libertad… “Llega la hora en que los que os maten creerán hacer un servicio a Dios”, había dicho Jesús. Y a él no lo mataron los publicanos, ni las prostitutas, ni los zelotes, sino los sumos sacerdotes y el Sanedrín.

En tercer lugar, eso nos lleva a una disyuntiva fundamental. O nuestra historia no es más que la hipocresía de un progreso del que presumimos, pero que está labrado sobre cadáveres de víctimas inocentes… ¿O?: o resulta que la muerte de aquellos crucificados es nacimiento a una vida más alta y hasta sirve de perdón para los mismos verdugos. Este es el mensaje del cristianismo. Increíble, pero el único que da sentido a esta historia cruel, ante la que cerramos los ojos tan tranquilamente. El Resucitado es precisamente el Crucificado. No otro, por mucho que pueda haber triunfado en la historia.

Hecha esta reflexión quisiera concretarla con un ejemplo entre otros mil: un matrimonio que será desconocido por casi todos los lectores. Lo tomo adrede de aquella Nicaragua que tan ilusionante y preciosa fue en los años 80 tras la revolución sandinista, y que ha acabado teniendo un Judas, como también lo tuvo Jesús.

Felipe y María Eugenia Barreda, un matrimonio profundamente cristiano con dos niños pequeños. Habían organizado un proyecto de ayuda para dar comida, vestido y educación a los niños y niñas más pobres. Tras la revolución decidieron ir al Norte del país para colaborar en el corte del café y en aquella maravilla que fue la alfabetización, formando allí una comunidad cristiana (“si aprenden a leer, que aprendan a leer la Biblia”).

En diciembre de 1982, junto con otros cuatro jóvenes, fueron secuestrados y llevados a Honduras por lo que entonces se llamaba “La Contra”, subvencionada y armada por el gobierno de EEUU, en nombre de la libertad y de la democracia. El resto lo transcribo de una biografía reciente, tomado del testimonio de uno de los jóvenes:

“Felipe fue obligado a caminar varios kilómetros de rodillas. Se le negó el agua y, al no poder subir a un cerro, fue amarrado a un caballo. Al amanecer, su rostro estaba bañado en sangre, sus ropas eran harapos y él gritaba: ’Dios mío, llévame, llévame’. Al no poder sacarle información, el dirigente del grupo ordenó que lo amarraran desnudo a un árbol. Su esposa fue llevada a su presencia con signos de haber sufrido torturas y abusos sexuales colectivos. Allí mismo, ambos fueron salvajemente golpeados y, cuando cayeron al suelo desvanecidos, ametrallados. Dos vidas tan unidas en el amor y el servicio evangélico a los pobres que ni la muerte pudo separarlos”.

No son los únicos. Hay otros muchos que nunca aparecerán en nuestros medios de comunicación. Son solo un ejemplo para entender el título: El Crucificado (y en él todos los crucificados) es el centro del cristianismo.

Con una simple matización: la cruz no es lo mismo que el victimismo. Los crucificados no se quejan, no hacen de su situación un arma en favor propio. Solo claman como Jesús: “Dios mío ¿por qué me has abandonado?”; y “Padre, en tus manos pongo mi vida”.

Podemos pues resumir parodiando a un gran cantante:

Oye querido Serrat,
amigo: decirte quiero
que ese Jesús del madero
es el que anduvo en la mar.

A la mar fue por sus pasos
calmando la tempestad.
Del madero lo colgamos
nosotros, por molestar…
[1]

***

[1] Como es sabido, Joan Manel Serrat puso música el poema de Machado «La saeta»: “Oh no eres tú mi cantar ,no puedo seguir ni quiero, a ese Jesús del madero, sino al que anduvo en la mar”

[Imagen de 👀 Mabel Amber, who will one day en Pixabay]

¿TE GUSTA LO QUE HAS LEÍDO?
Para continuar haciendo posible nuestra labor de reflexión, necesitamos tu apoyo.
Con tan solo 1,5 € al mes haces posible este espacio.
Jesuita. Miembro del Área Teológica de Cristianisme i Justícia. Entre sus obras, cabe mencionar La Humanidad nueva. Ensayo de cristología (1975), Acceso a Jesús (1979), Proyecto de hermano. Visión creyente del hombre (1989) o Vicarios de Cristo: los pobres en la teología y espiritualidad cristianas (2004). Sus últimos libros son El rostro humano de Dios,  Otro mundo es posible… desde Jesús y El amor en tiempos de cólera… económica. Escribe habitualmente en el diario La Vanguardia. Autor de numerosos cuadernos de Cristianisme i Justícia.
Artículo anteriorHans Küng: una vida orientada hacia Dios
Artículo siguienteEl sufrimiento oculto

DEJA UN COMENTARIO

Por favor ingresa tu comentario!
Please enter your name here