Más allá de la controversia y de las vicisitudes vitales que han trascendido con motivo de su muerte, de las que da cuenta en sus prolíficas memorias, Hans Küng es uno de los grandes teólogos e intelectuales de nuestro tiempo. Precursor de una ética mundial y defensor del diálogo interreligioso, este sacerdote católico nos deja un legado, en efecto, universal, dispuesto para la entera humanidad, cristiana o no, porque, releyendo la que tal vez sea su obra cumbre, Ser cristiano (1974), con él entendemos que “ser cristiano significa ser radicalmente hombre”. Por eso, nada humano podía serle ajeno en su empeño por una nueva humanidad: porque la causa de Dios es la causa del hombre, de su “transformación radical”, esa que anhela Jesús.

El paso a una vida cristiana reside en la conversión, es decir, el cambio radical de conciencia que orienta la vida y el pensamiento del hombre y la mujer de cada momento, de forma integral, hacia Dios como su único señor, fuera del dominio de las tinieblas del dinero, los bienes, el derecho y el honor. La vida se nos descentra para centrarse en Dios y en su reino. ¿Puede ser esto herético? Sí, es revolucionariamente herético para la religión autorreferencial y crematística de la sociedad actual.

Recreando la filosofía de Hegel, a la que ha dedicado mucho tiempo de estudio, Küng reivindica el cristianismo como asunción, conservación y superación de la antigua alianza a través del Dios del Sermón de la Montaña, un Dios “con rostro humano, cercano y viviente”, no el Dios apático, distante e indiferente de la filosofía clásica. Este es un Dios “orientado hacia el mundo”, en justa correspondencia con el hombre, porque, de nuevo evocando a Hegel, de Dios no sabemos lo que es en sí o para sí, sino lo que indica en relación para con nosotros: “sólo en la acción de Dios se pone de manifiesto su realidad”. No en vano, el Dios de Jesús es el Dios de la historia y la libertad: “Padre de los perdidos, Dios de los moralmente fracasados, Dios de los sin Dios”. El Dios de la antigua alianza aparece bajo una nueva luz: ya no es el Dios de la ley, sino el Dios de la gracia.

Bajo el influjo del Espíritu, leemos hoy la obra del teólogo suizo con una luz que no ha perdido ni brillo ni fulgor con el paso del tiempo, pues sigue hablándonos a través de un lenguaje tan claro y sencillo como bello y profundo, como cuando escribe que “Jesús no saca conclusiones sobre Dios a partir del mundo; [sino que] ve el mundo entero bajo la luz de Dios”. Este es el signo de los cristianos: ver el mundo bajo una nueva luz.                                                                                                                                            De ahí nace una “confianza de fondo en la realidad”, en la racionalidad humana y, por tanto, en la “realidad realísima que llamamos Dios”, el absoluto sobre el que descansa lo condicionado, porque el ser humano es “limitado y muy condicionado”.

De este modo, Hans Küng asume de Kant el imperativo categórico para una auténtica autonomía humana, que fundamenta en Dios, porque la validez absoluta de las normas morales no se puede deducir de la razón, sometida siempre a cálculos e intereses: “la teonomía es la condición de posibilidad para la autonomía moral del hombre”. Dios es la base para una vida con sentido moral, viene a postular este hombre de fe, que ya goza de la vida eterna, porque “resucitar es morir hacia el interior de Dios”.

[Imagen extraída de Wikimedia Commons]

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Licenciado en Periodismo por la Universidad Autónoma de Barcelona, ​​con estudios de filosofía (y un trabajo final de máster sobre los pensamientos de Spinoza y Zubiri) y teología. Colabora en el diario Segre con una columna de opinión escrita en aranés. Actualmente, es alcalde de Bossòst (Val d’Aran), servicio que compagina con responsabilidades en el Conselh Generau d’Aran y la Diputación de Lleida. Gusta de aunar acción y contemplación a través de la vida activa del deporte y la montaña y la más reflexiva del orar, leer y escribir.
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