Si miramos con detención de los relatos evangélicos de la Resurrección de Jesús, podemos constatar un motivo teológico que aparece con frecuencia: Jesús realiza gestos y acciones con sus manos. En Lucas 24,30 Jesús toma el pan y lo reparte; en Lucas 24,39 muestra las manos y los pies a los asustados discípulos y luego en el versículo 42 toma un pez asado y lo come. En la Ascensión, narrada por Lucas, Jesús alza las manos y bendice a los discípulos (Lucas 24,50). En el Evangelio de Juan (Juan 20,19), muestra las manos y el costado y, ocho días después de la Resurrección, Jesús y en el diálogo con Tomás, muestra sus manos al discípulo incrédulo y le invita a poner sus manos en las heridas (Juan 19,27). Finalmente, y en el epílogo de Juan (capítulo 21), Jesús prepara desayuno para los discípulos, tomó el pan y el pez (Juan 21,13). Movido por estos testimonios evangélicos, quisiera pensar e invitarles a pensar en las manos del Resucitado[1] y en la simbólica que ellas condensan, y, a su vez, pensar en qué significan las manos del Resucitado para el modo de vida que desde ellas podemos llevar para este tiempo.

En primer lugar, la consideración de que las manos forman parte del cuerpo. Puede sonar muy obvio lo que indico, pero esta obviedad esconde una profundidad que vale la pena (más bien, vale la vida) recorrer. Comprendamos, entonces, la importancia del cuerpo en el Resucitado. El teólogo ortodoxo francés Olivier Clement[2] nos dice: “el cuerpo del Resucitado es el Cuerpo espiritual, pneumático[3], no desmaterializado, sino vivificado por el Espíritu, por el soplo “que da la vida”. Es el cuerpo terrestre, humano y concreto de Jesús que, por el don total de amor que llega a su apogeo en la cruz, se transforma plenamente en el cuerpo eucarístico de la humanidad del universo”[4]. La anotación de Clement indica los siguientes aspectos: en primer lugar, la comprensión recta de que el Resucitado es el Crucificado[5], el Jesús de la historia, el que compartió con nosotros la humanidad. La Resurrección, con ello, no es la negación de lo humano, sino que es justamente un momento de transformación de esa misma humanidad. La Resurrección no sucede fuera de lo humano, sino que está actuando en lo humano debido a que ella es un momento integrante del proceso total de la Encarnación del Hijo de Dios[6]. Con ello, las manos del Resucitado no son las manos de un fantasma, como el mismo Jesús se lo indica a los discípulos (Cf. Lc 24,39). Son las manos pneumáticas, las manos llenas de Espíritu de Vida pero que aún llevan impresas las heridas de la pasión. Aquí encontramos un elemento clave: la Resurrección no hace desaparecer los signos de la muerte, pero sí los transforma, les da un nuevo sentido. Por eso es Pascua, por eso es el paso de la muerte a la vida plena, pero habiendo pasado por la muerte. Creemos en que un muerto (una víctima ajusticiada) es el que ha sido resucitado por Dios (Cf. Rm 1,4).

En segundo lugar, las manos del Resucitado manifiestan el amor total de la Cruz. Ese amor, para el mismo Olivier Clement, está íntimamente vinculado a la vida, a la creación de justicia y a la vivencia de la belleza[7]. Pero aquí aparece una paradoja: en el momento de máxima injusticia, de muerte, incluso de falta de belleza como es la cruz, estamos accediendo a una transformación en la comprensión de lo que es el amor, la justicia y la belleza, una comprensión que surge de la presencia del Dios-Crucificado, del Dios escandaloso de la Cruz, del Dios expuesto al vacío. La cruz del Resucitado es todo lo contrario el imperio del capital en su vínculo con el éxito y la acumulación para algunos pocos. Como dice Fabrice Hadjad, “en el fondo, el dinero y la resurrección se oponen como dos regímenes de lo posible: el régimen de lo virtual y el régimen de lo vivo (…) este cuerpo virtual, con sus cuerpos robados, no permite acoger la vida en su improbable surgimiento”[8], surgimiento que posee el dolor, el vacío y la muerte como elementos fundamentales. Las manos heridas del Resucitado son la negación de la virtualidad de una época en la que el dolor es eliminado de la vida humana y, a su vez, un recordatorio de que la vida y la muerte poseen un vínculo íntimo.

Por ello es por lo que, en esa paradoja, es donde encontramos abundancia del sentido de lo plenamente humano. Es en la muerte donde podemos discernir la presencia de la vida, es en la injusticia de la muerte del inocente donde reconocemos la justicia con la que Dios actúa con la víctima. Eso, pienso, supone un desafío mayor a la teología, a saber, aprender a deconstruir la imagen del Dios sádico y masoquista que se satisface en la muerte del Hijo y adentrarnos en la dimensión compasiva del Dios que se identifica con el Crucificado-Resucitado y, en Él, con cada uno de nosotros.

En las manos del Resucitado continuamos viendo el desgarro de los clavos. El desgarro tiene que ver con el vacío, la ausencia, la crisis, con el muerto a causa de un juicio injusto, el desgarro de la víctima. Entonces, ¿cómo hablar del Mesías de Dios, del Mesías Resucitado en medio de tanta paradoja? Pienso que la posibilidad está justamente radicada en la paradoja, en cuanto las prácticas de humanidad que Jesús nos propone están condensadas, de una manera total, en esas mismas manos sujetas a la paradoja.

Las manos del Resucitado nos invitan a mirar nuestras propias manos y a discernir qué estamos haciendo con ellas. Ellas guardan la memoria de lo que ha sido y es nuestra historia, con sus sombras y sus luces, con sus cruces y con sus resurrecciones. Como intuye José Tolentino Mendonca, “nuestra biografía es también una historia de la piel y el tacto, de la manera como tocamos o no, de la manera como nos han o no nos han tocado, aunque siga siendo, en gran parte, un relato sumergido, en lo que no pensamos”[9]. Nuestra biografía tiene que ver con la Resurrección. Ahí hay un misterio profundo, atrayente y siempre nuevo.

Y nuestra vida tiene que ver con la Resurrección porque el Encarnado ha sido Resucitado. Por ello es que toda la vida de Cristo es la que Resucita y, por ello, pienso que, de algún modo, nuestras manos también están llamadas a Resucitar, a transformarse, a convertirse hoy en espacios para dar, amar, compadecerse. Debemos continuar manteniendo la profunda convicción de que, desde la gracia de Dios, nuestras manos pueden humanizar el mundo. Y digo lo anterior siguiendo la pista trazada por Olivier Clement: “los cristianos tienen el deber ante todo de anunciar la gran alegría de la Pascua (…), anunciarla y hacerla resplandecer con las palabras y los gestos de cada día, los de la oración, pero también los del trabajo, el arte y la ternura, para orientar igualmente la ciencia y la técnica. Anunciarla y hacerla resplandecer luchando pacientemente contra todas las formas de muerte, tanto en nosotros, a nuestro alrededor, como en la cultura y en la sociedad”[10]. Estamos llamados a humanizar nuestro tiempo conduciendo nuestras manos al compás de las manos del Resucitado.

Anunciar la Resurrección con las manos, celebrar la Pascua cotidiana con las manos, compadecernos, partir el pan, bendecir, abrazar (¡a la distancia! ¡y cuánto lo extrañamos!) con las manos. Las manos son la sede por medio de la cual se hacen concretos y visibles nuestros sentimientos y emociones. Las manos del Resucitado parten el pan, preparan desayuno, bendicen, se dejan tocar[11]. Pienso que la Pascua es ese instante cotidiano que nos invita a compenetrarnos con las manos del Resucitado, y digo instante cotidiano porque no me gusta comprender este acontecimiento como un hecho lejano en el pasado ni tampoco como un mero hecho escatológico, como algo que debemos esperar que ocurra en un futuro, quizás sabe Dios cuando. Por ello la Resurrección, y como dice Clement, “nos afecta y nos aprovecha ahora. Es ahora cuando somos llamados a morir en él para resucitar en él”[12]. Algo dice la Resurrección a nuestro hoy y algo le dice nuestro hoy a la forma de anunciar y vivir la Resurrección de Jesús. Hay una praxis de resurrección en las manos del Resucitado que espera ser descubierta y, una vez descubierta, ser vivida generosamente. Hay que permitir y volver a permitir que las manos del Resucitado se continúen desplegando a través de nuestras propias manos.

¿Cómo discernir las manos del Resucitado en nuestro presente?, ¿dónde encontrarlas?, ¿de qué modo mis manos pueden compartir esas manos resucitadas? Para Olivier Clement, las manos aparecen con fuerza en los momentos de infierno. Para Clement[13], la experiencia del infierno sucede cuando creemos que para nada hay salida, cuando esa mirada fatalista que podemos extender sobre la realidad nos ciega a tal punto de no encontrar nuevos posibles, cuando nos empantanamos en la normalización de la injusticia. El infierno es la situación de desesperanza. Es en medio de los infiernos cotidianos, como los llama Olivier Clement, donde las manos del Resucitado se extienden y nos invitan a aferrarnos a ellas de manera de salir victoriosos del infierno llevados por el Cristo Pascual.

Olivier Clement lo expone bellamente: “en este infierno alguien me toma de la mano, del puño más bien, no tengo nada que negociar. Dios, sí, Dios, pero un Dios que se encarna y que sufre, que conoce todas nuestras torturas, todas nuestras dudas”[14]. Cuando Clement hace referencia a ese alguien que toma del puño está pensando en el ícono de Cristo descendiendo a los infiernos llamado Anástasis en la tradición griega ortodoxa[15]. En dicho ícono contemplamos a Cristo descendiendo al lugar de los muertos y destruyendo las puertas del infierno, para desde allí levantar (de ahí el nombre de Anástasis que significa, literalmente, levantar o poner de pie) tomando de los puños a Adán y a Eva, es decir, a todo el género humano.

Con ello, podemos sostener que la vida triunfa en y con las manos del Resucitado. Es ahí donde surge la praxis de humanización, en cuanto estamos llamados a vivir según el ejemplo de esas manos. Dejemos que Clement nos interpele con su pluma sapiencial y mística: “una ola de resurrección recorre las pasiones, la pasión de mi vida, la pasión de la historia. Toda tumba es un lugar vacío. Toda sonrisa, un apocalipsis de alegría. Toda rosa, oración. Todo impulso, toda carencia, todo grito, todo silencio, toda incapacidad de orar… son oración”[16]. La espiritualidad, la mística, lo sapiencial de la Resurrección debe pasar, pienso, por el cedazo de las manos del Resucitado. Ellas son como la medida de la humanidad transformada: levantan de la muerte, comparten el pan, bendicen, hacen que salgamos de nuestras tumbas hacia la vida. Con las manos del Resucitado estamos llamados a hacer la experiencia del incrédulo Tomas[17]: dejar que esas manos nos toquen para, y desde ese sagrado tacto, caminar junto con otros compartiendo sus alegrías y tristezas. Como dice Fabrice Hadjad, “el cuerpo de Cristo se tiene que encontrar en el cuerpo de mi prójimo”[18].

En definitiva, las manos pascuales de Jesús son eso: Pascua, es decir, sístole y diástole de una vida entremezclada de alegrías y fracasos, de una vida acontecida de manera plena bajo la lógica de la comunión, la compasión, la justicia y la alegre celebración de la vida que brota de la tumba.

***

[1] Este artículo surge de las lecturas que, por motivos del estudio de mi Doctorado en Teología, he podido realizar. Mi Doctorado busca estudiar el tema de la Resurrección de Jesús y su dimensión antropológica en la teología de Juan Alfaro SJ.

[2] En este artículo seguiré muy de cerca la propuesta teológica de Olivier Clement. Clement ha sido uno de los autores que he podido trabajar a propósito de las lecturas complementarias del proceso de mi Doctorado.

[3] Pneumático es un concepto relacionado con el griego Pneuma, el que significa “Espíritu”. Lo pneumático es aquello que posee dentro el Espíritu. En este caso puntual hace referencia a posee al Espíritu Santo.

[4] Olivier Clement, La alegría de la Resurrección (Sígueme, Salamanca 2016), 106.

[5] En esto la Teología de la Liberación, por ejemplo, ha puesto muchos acentos. La llamada identidad del Crucificado-Resucitado es un elemento clave al momento de interpretar rectamente la Resurrección de Jesús. Para conocer más sobre el tema indicado, sugiero revisar el siguiente trabajo de Jon Sobrino, El Resucitado es el Crucificado: lectura de la resurrección de Jesús desde los crucificados del mundo, En: https://servicioskoinonia.org/relat/219.htm (Revisado el 11 de Marzo 2021). Para Sobrino, la tarea teológica de mantener la identidad de Jesucristo tiene un doble aspecto: una lectura honrada de los textos del Nuevo Testamento y, por otra parte, la consideración de los millones de hombres y mujeres que sufren en el mundo, situación que exige de parte del cristianismo una lectura no abstracta del Misterio Pascual.

[6] Por ello es fundamental mantener que Jesucristo es el Encarnado-Muerto-y Resucitado.

[7] Cf. Olivier Clement, La alegría de la Resurrección, 28.

[8] Fabrice Hadjad, Resurrección: experiencia de vida en Cristo resucitado (BAC, Madrid 2019), 24.

[9] José Tolentino Mendonca, Hacia una espiritualidad de los sentidos (Fragmenta, Barcelona 2016), 30-31.

[10] Olivier Clement, La alegría de la Resurrección, 55.

[11] Por ello Fabrice Hadjad indica que “las apariciones del Resucitado tienen un carácter eminentemente práctico. No son fantasmagorías para huir del hic y especular sobre lo lejano; nos reconducen al amor al prójimo, nos enseñan a ver las cosas de “allá arriba”, es decir, no cosas distintas de las que el ve el común de los mortales, sino las mismas cosas a partir del Espíritu” (Fabrice Hadjad, Resurrección, 11)

[12] Olivier Clement, La alegría de la Resurrección, 54.

[13] Olivier Clement, “Descendió a los infiernos”, en https://www.mercaba.org/FICHAS/JESUS/descendio_infiernos.htm (Recuperado el 11 de Marzo 2021)

[14] Olivier Clement, La alegría de la Resurrección, 72.

[15] Para meditar en torno a este ícono: Ícono del descenso a los infiernos. La anástasis o elevamiento de la caída. La Resurrección de Jesucristo, en https://www.mercaba.org/Iconos/Meditacion/Infiernos/icono_del_descenso_a_los_infiern.htm (Recuperado el 11 de Marzo 2021)

[16] Olivier Clement, La alegría de la Resurrección, 73.

[17] Para Fabrice Hadjad todos somos como Tomás. Pienso que es bueno comenzar desde esta constatación, porque, de alguna manera, siempre buscamos las constataciones a las grandes preguntas que sustentan la vida (Cf. Fabrice Hadjad, Resurrección, 92)

[18] Fabrice Hadjad, Resurrección, 59.

[Imagen de Jenise Cook en Pixabay]

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Chileno. Laico. Profesor de Religión y Filosofía. Magíster en Teología Fundamental. Diplomado en Docencia Universitaria. Académico Instructor Adjunto en la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Católica de Chile y Académico de la Universidad Alberto Hurtado (perteneciente a la Compañía de Jesús). Imparte cátedras de Teología Fundamental, Antropología Teológica e Introducción a la lectura de la Biblia. Sus áreas de interés y trabajo investigativo y divulgativo son: la Antropología Teológica, el lugar de la mística en la vida humana y la teología de la Resurrección.
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