En el inicio del receso de la Semana Santa nos encontramos ante un relato evangélico precioso y único: es el pasaje de la comunidad joánica (Jn 13, 1-20) donde se relata una cena de despedida en que Jesús transmite un mandamiento e instituye un gesto que se convierte en nuclear para la fe cristiana e impulso de vida para las comunidades eclesiales.

Una cena de amigos, discípulos, compañeros de camino: la comunidad plural

Falta poco para la Pascua. Jesús y sus amigos están en Jerusalén y se encuentran para celebrar una cena. Jesús sabe que llega la hora de la despedida, lo percibe en la tensión y los acontecimientos de los últimos días, pero la cena es un momento de recogimiento, un espacio de complicidad y de amor entre los que han compartido camino, reto, cuestionamiento de normas y exclusivismos… Son quienes han seguido Jesús en ruta y con voluntad de apertura de espíritu.

Normalmente, nos imaginamos esta cena en el interior de una casa, pero algunos expertos comentan que bien podría ser que, como muchos de los forasteros llegados a Jerusalén para las fiestas pascuales, se ubicaran en algún lugar de los cerros próximos a la ciudad. Nos podemos imaginar esta cena, pues, en un espacio simple -quizás de alguien que les hubiera dejado un rincón de casa-, o incluso, como una cena al aire libre, en que los personajes conversan, están sentados o se levantan y andan, alrededor de un fuego que han encendido para calentarse. Me gusta pensar en esta idea porque me resuena la provisionalidad del camino de todo el pueblo de Israel hacia la tierra prometida y la tienda del tabernáculo, nómada, dinámica, acompañando el pueblo.

Los discípulos son invitados a una cena donde escuchan que Jesús vuelve a Dios y lo ven hacer el gesto del lavatorio de pies. Cada cual reaccionará de una manera: Pedro, lleno de arrogancia y obtuso de entendimiento; el discípulo amado, con confianza e intimidad con Jesús; Judas con desconfianza y mezquindad… ¿Con qué actitud nos reconocemos ante esta invitación que nos hace Jesús en medio de nuestra cotidianeidad?

Este pasaje evangélico nos dice, ya de entrada: “Él siempre había amado a los suyos que estaban en el mundo, y así los amó hasta el fin” (Jn 13, 1). Jesús no rechaza a ninguno de los discípulos, por muy obtusos, inseguros, débiles o solícitos que sean. Vemos, pues, una comunidad plural, de discípulos diferentes, que no piensan ni sienten lo mismo, pero en cambio, todos son acogidos y bienvenidos al fuego y a comer el pan sin levadura. Incluso Judas, de quién Jesús comprende la traición y le pide más adelante que aquello que tenga que hacer lo haga rápido (Jn, 13, 27). Mientras en los evangelios sinópticos, este gesto de donación de amor total queda instituido por la fracción del pan, en este relato se instituye a través del gesto de lavarse los pies los unos a los otros, es decir, a estar dispuestos y dispuestas a amar al prójimo. Aún así, hay que recordar que en el Evangelio de la comunidad joánica, se habla de la multiplicación de los panes y se hace un discurso sobre el Pan de vida comido por la fe (Jn, 6, 35; 6, 51): “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. El pan que yo daré es mi propio cuerpo. Lo daré por la vida del mundo.”

Ser servidores los unos de los otros: sororidad y fraternidad a causa del amor recibido

En Jn 13, 6-11 se establece el diálogo con Pedro, que no entiende el gesto de Jesús. ¿Qué hace el Maestro, el rabino, ciñéndose la toalla y arrodillándose como los esclavos a los pies de sus amigos, sus iguales? ¿Por qué lo hace? ¿Qué nos quiere transmitir? A todos debía de extrañar aquel gesto transgresor, estrafalario. También hoy nos rebela. Pedro quiere seguir a Jesús, pero recela; las maneras lo sobrepasan. Jesús le pide a Pedro que deje de juzgar; el juicio y el ego obstaculizan el amor. Le dice, por eso, que entenderá después el gesto. Grieta de esperanza.

Siempre pienso que comparar el gesto de amor con convertirse en “esclavo” es una metáfora que nos repugna a quienes ya hemos pasado la era de la modernidad y la posmodernidad. La relación amo-esclavo nos evoca una relación jerárquica, alejada, de poder. Pero, conviene entender la metáfora en el contexto en que está escrita, es decir, que resalta aquella relación de confianza, de atención y dedicación que el esclavo o el sirviente tiene hacia su señor, que es quien le ha dado cobijo, abrigo, resguardo, confianza para que le mantenga la casa y la manutención a cambio de su esfuerzo y su trabajo. Es un sostenimiento mutuo de la vida. Evidentemente, no se trata de sublimar ni el trabajo asalariado ni la carencia de libertad, ni el abuso de poder, pero sí de hacer un ejercicio de ampliar nuestra visión para entender que, en la relación amo-esclavo en la antigüedad, hay una intimidad y servidumbre de amor que no es poder ni abuso, sino complicidad y reciprocidad.

Con el gesto de lavar los pies a los discípulos, Jesús transgrede de nuevo los códigos de honor, privilegio y clase, de la época. Establece el sacramento del servicio recíproco; el sacramento de la responsabilidad mutua, de ser diligente, solícito, amable, respetuoso y servidor del otro; de ser corresponsable de la construcción de la polis y de la ekklesia de iguales; de ser corresponsables del cuidado de la Creación. El reto será encontrar las formas de hacerlo para que el amor no sea egoísta, interesado, obtuso, dependiente o paternalista… Esto nos restaría libertad y restaríamos libertad también al otro.

Con el gesto del lavatorio de pies, Jesús no solo pone el énfasis en la fe, sino en una fe práctica. No lo hace como gesto purificador (“El que está recién bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio”) le contesta a Pedro, seguramente refiriéndose al bautismo, o a renacer del agua y del espíritu para que creamos, sino que Jesús da testimonio: “Os he dado un ejemplo para que vosotros hagáis lo mismo que yo os he hecho ” (Jn, 13, 15). El cristianismo es, pues, ética pràxica del amor, y debe percibirse, debe verse, debe hacerse oír; no solo en nuestras comunidades creyentes, también con otros, para los otros y para nuestro mundo.

La conversión, la confianza y el saber esperar

“Si no te los lavo, no podrás ser de los míos” (13,8), le responde Jesús a Pedro, escandalizado éste del gesto turbador. Jesús habla de compartir su herencia. Nos anticipa, pues, su muerte en cruz, que es a su vez gloria de Dios entre nosotros. Jesús afirma que “ningún sirviente es más que su señor y ningún enviado es más que el que lo envía” (Jn 13, 16)… para que creáis que “Yo soy” (Jn 13, 19, en clara alusión a Isaías 43,10). Creo que resuena el regalo de la posibilidad de encuentro íntimo con Dios que nos ofrecerá el Cristo. Jesús nos confía de nuevo que procede de Dios-Amor a quien está unido íntimamente; desea que seamos “uno” con Él como Él lo es de Abba: “Os aseguro que quien recibe al que yo envío me recibe a mí, y quien me recibe a mí recibe al que me ha enviado” (13,20).

La sororidad y la fraternidad entre nosotros son fruto del amor recibido. La experiencia de acoger al Enviado nos coloca en el espacio de bondad, de belleza y de libertad de Quien Envía. Es un convite de encuentro personal con Jesús, como en el relato de la mujer samaritana, que entiende que Jesús mismo es el agua viva, inagotable, que renueva y energiza de nuevo. Ya no lo es el pozo de Jacob, la tradición; ya no lo es un lugar concreto como el templo, la institución, la norma externa…, no; el ofrecimiento nuevo es un cambio en el interior de uno mismo, de una misma, cuando acontece esta acogida.

Hildegarda de Bingen -monja benedictina del siglo XII- hace referencia a la viriditas como fuerza de vida comunicada por Dios y que subyace en todo aquello que vive. La viriditas es un estallido. Es una fuerza dinámica que nos lleva al movimiento de abundancia, de sorpresa continua, de posibilidad de cambio. De esta palabra derivan nuestros “verde”, “verdor”. El verde primaveral es viriditas, símbolo de renacimiento de aquello que durante el invierno ha quedado yermo, frío y escondido bajo la tierra. La mujer samaritana experimenta la viriditas después del diálogo con Jesús y se siente “enviada”.

Este versículo del evangelio de Juan es también una anticipación de la acción misionera de los discípulos y de cómo entender la hospitalidad cristiana. La traición de Judas es ejemplo para advertirnos de no abusar de la hospitalidad y la acogida ofrecida, sino de responder con humildad y espíritu de servicio responsable. Nos encontramos, como el discípulo amado –inevitable vínculo y complicidad con los lectores y oyentes de la Palabra para que continuemos haciendo el ejercicio de ensanchar el corazón, los oídos, afinar el olfato y la visión para que podamos oler el bálsamo, percibir el aire suave que sintió Elías, para querer ascender por la escalera de Jacob hacia un Amor mayor-, en el regazo de Dios, reclinados en su pecho, en su vientre, en el útero materno, para renacer del agua y del Espíritu. El jueves santo es un canto al amor materno de Dios que nos mece en su interior, y es desde allí, que podemos ser, podemos andar, podemos crecer en amor y libertad, podemos ser y construir ekklesia.

En palabras de Hildegarda, “comer y beber la sangre del Hijo borra la culpa y así podremos ser restituidos a la justa herencia”. Herencia que es este Amor que nos hace libres y nos permite amar a los demás, a pesar de nuestros desencuentros, fallos, desazones y penas. La salvación de Cristo no opera solo en la Iglesia, pero la Iglesia es heredera, también -cuando actúa en línea de este anuncio de diakonia que es respetuoso, caritativo y humilde con todas las personas- de esta “fuerza de la Pasión del Hijo de Dios que se esparce con ardor y se eleva a los misterios celestes”.

A Jacob (Gn 28, 11-15), -que tampoco era un ejemplo de honestidad y rectitud, porque había engañado a su padre pasando por delante de su hermano mayor Esaú-, Dios le promete en el sueño: “A ti y a tus descendientes os daré la tierra donde estás acostado […]. Yo estoy contigo: te cuidaré por dondequiera que vayas y te haré volver a esta tierra. No te abandonaré sin cumplir lo que te he prometido.”

El retorno es perdón, es curación, es renovación de la alianza y la tierra prometida. Jesús es hoy, jueves santo, el Betel, la casa ungida de Dios, la puerta por donde accedemos al Amor (Dan 7, 13; Mt 26, 64; Jn 1, 14; Jn 10, 1-7). Jesús es la escalera que une cielo y tierra, es la presencia de Dios en nuestro aquí y ahora, en nuestro contexto. Ojalá el Espíritu de sabiduría nos guíe para poder decidir qué tengo que hacer, cómo lo debo hacer y con qué ánimo lo puedo vivir, inspirados por quien nos es Luz y completud.

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Lecturas e imágenes para complementar la reflexión o ayudar en la meditación

Lecturas:

– Antoni Pou i Muntaner, El discípulo amado. Identidad y credibilidad del testimonio cristiano desde una hermenèutica psicológico-simbólica; Pub. Abadia de Montserrat, 2011.

– Josep Maria Rovira Belloso, Qui és Jesús de Natzaret; Barcelona: Ed.62, 2005

– Sjef Van Tilborg,  Comentario al Evangelio de Juan; Navarra: Verbo divino, 2005.

– Hildegarda de Bingen a Scivias: Conoce los caminos; Madrid: Trotta, 1999.

Pinturas:

– L’escala de Jacob, de Marc Chagall

– L’escala de l’enteniment, de Ramon Llull

L’escala de Ramon Llull, per Josep Maria Subirachs

Imatge de la trinitat, Hildegarda de Bingen

El Crist groc, de Gauguin

El Cristo “radice” o de la Vucciria, de Miquel Barceló

 

[No. 29 Scenes from the Life of Christ – 13. Last Supper, de Giotto di Bondone. Extraída de Wikimedia Commons]

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Filóloga, profesora de Lengua y Literatura en las etapas de Secundaria y Bachillerato. Máster de Historia de las Mujeres (DUODA-Universitat de Barcelona) y estudios de Ciencias Religiosas (ISCREB). Ha participado en movimientos de educación no formal en los equipos de formación de monitores y en el equipo de responsables generales de Minyons escoltes i Guies; ha participado en el equipo de jóvenes y en los seminarios internos de Cristianisme i Justícia; colabora con el Col·lectiu de Dones en l’Església (Colectivo de Mujeres en la Iglesia) de Barcelona y es miembro de la Asociación Europea de Mujeres para la Investigación Teológica (ESWTR).
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