Muchas veces no sabemos qué hacer con los santos. Pero si nos acercamos a ellos podemos extraer grandes aprendizajes para nuestra vida personal, por eso la Iglesia los pone como ejemplo. Me gustaría que nos fijáramos en Ignacio de Loyola a través de su autobiografía.

Ignacio comienza su camino espiritual tras un descalabro en su vida: herido en una batalla donde pierde el bando que él defiende, es llevado a la casa natal, de donde había salido para conquistar fama, honor y una manera de vivir. ¿Cuántas veces no hemos experimentado un descalabro en nuestra vida, ya sea enfermedad, desempleo, graves problemas de trabajo, familiares…? ¿Quizás las consecuencias de esta pandemia que lo asola todo no nos han hecho preguntarnos por el sentido de lo que estamos viviendo?

Volvamos a Ignacio. En su casa, durante la larga convalecencia, se aburre e intenta distraerse con lo que tiene a mano y, sorprendido, descubre que existe una vida interior a la que podemos prestar atención y que, si la escuchamos, nos damos cuenta de que hay movimientos y que estos movimientos nos ayudan a comprender mejor el mundo que nos rodea y a nosotros mismos (discernir) y a su vez, también decidir. Este descubrimiento en la persona de Ignacio cristalizará en la necesidad de un cambio de vida.

Así que, curado, comienza su camino de búsqueda: sale de Loyola solo y a pie, llega a Manresa donde está solo en una cueva y aún, después de la gran experiencia del Cardener, quiere peregrinar solo a Jerusalén para quedarse allí. Quizá podríamos redescubrir hoy nosotros la necesidad de buscar espacios de soledad donde dejar que Dios nos hable al corazón.

Se embarca hacia Jerusalén porque piensa que es allí donde Dios le llama, pero a pesar de que no le dejan quedarse, no se desanima. Su experiencia de Dios, rogada y discernida, le hace seguir adelante: quiere ofrecer al mundo lo que él ha descubierto, quiere compartir lo que el Señor le ha hecho saber y sale al encuentro de los hermanos, al encuentro de personas que quieran hacer camino con él. Toda experiencia de Dios nos lleva a los hermanos, a la comunidad.

Y es ya viviendo en comunidad cuando, camino de Roma, recibirá la confirmación definitiva de que su intuición de un estilo de vida novedoso será aprobada y confirmada por la Iglesia. Aquel que quería ir a Jerusalén para estar más cerca de Jesús deberá quedarse en Roma, dirigiendo, escribiendo, acompañando… Es en esta aparente aridez de la vida de cada día, en medio de esta vida ajetreada, que Ignacio escribe: «Aún más, había ido siempre creciendo en devoción, es decir, en facilidad de encontrar a Dios y ahora más que nunca en toda la vida. Y siempre y en todo momento que quería encontrar a Dios, lo encontraba» (Au 99).

¿No es quizás este deseo el que alienta en toda persona que busca honradamente la felicidad, la plenitud en su vida, sea de la tradición que sea? A veces buscamos a Dios en manifestaciones excepcionales o en experiencias extraordinarias cuando Dios solo se nos manifiesta a través de la realidad, a menudo la más prosaica y cotidiana, pues no hay otro lugar donde pueda manifestarse.

Asimismo, esta familiaridad con Dios es la que buscamos en los Ejercicios Espirituales. Buscamos esta familiaridad porque es la que nos da vida y también criterio de discernimiento, al igual que Ignacio. Acercarnos familiarmente a Dios para vivir no autocentradamente sino abiertos a otros y al Otro. Siguiendo los pasos de Ignacio se nos invita a vivir descentradamente, poniendo al Cristo y a los demás en el centro de nuestra vida. Solo así seremos capaces de ser testigos del evangelio que estamos llamados a vivir.

[Imagen de fancycrave1 en Pixabay]

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