Justo hace un año publiqué una reflexión sobre la Covid como oportunidad para vivir la Cuaresma. Tenía la impresión de que una parada obligada nos permitiría abrir los ojos a una realidad que pedía de nosotros calma, silencio y repensar muchas cosas. Lo que nadie esperaba era que esta Cuaresma pandémica durara un año y generara tal sufrimiento y nos alejara tanto de nuestra vida anterior que creo que formalmente podemos hablar de estar viviendo un auténtico exilio.

En el exilio somos llevados donde no querríamos ir, escapando de alguna amenaza, siempre con la esperanza de poder volver a retomar los proyectos que llevábamos a cabo, o retomar el camino que un día decidimos recorrer. Pero un acontecimiento inesperado nos obliga a buscarnos la vida de otra manera, lejos de lo que nos gustaría y quisiéramos hacer, lejos de las personas queridas. Este tiempo está siendo precisamente eso, una expulsión del mundo que representaban nuestras opciones y rutinas, lanzados a la dureza de un camino del que no vemos el final y que nos obliga a unas distancias de los que hasta ahora teníamos más cerca que quisiéramos que terminaran rápido.

Todo exilio alimenta continuamente el deseo del pasado y la nostalgia de lo perdido, y mira el futuro con esperanza en tanto en cuanto es promesa de retorno. Es normal pues que queramos volver al escenario de antes, que anhelemos continuamente la pantalla pasada. Es totalmente lógico. El exiliado quiere recuperar la casa, su vida anterior y recorre mentalmente las huellas del camino deseando un día poder volver a empezar.

Pero las historias de exilio nos recuerdan que, incluso para aquellos que consiguen volver, el camino no ha sido gratuito, nos ha transformado totalmente y, por tanto, aunque la casa, el trabajo y el escenario sean los mismos, uno vive ya con la marca de una herida que no sabemos cómo cerrará. Una cicatriz que cada mañana, frente al espejo, no nos permite olvidar el trayecto vivido.

El exilio es de una trascendencia clave en el Antiguo Testamento y marca el inicio de una historia de sentido y salvación para el pueblo de Israel. El exilio es el tiempo y el espacio donde se forja la alianza. Es el momento de revisión de las promesas, de una vida en suspensión proyectada hacia un nuevo horizonte. Estamos viviendo todas las características de un exilio estático donde todo se mueve al mismo tiempo que no salimos de casa. Vivimos soñando la tierra prometida de la vida que la pandemia nos ha robado.

Creo, sinceramente, que esta Cuaresma eterna se ha convertido en un exilio forzado. Somos, pues, el pueblo que vaga en el desierto y que demanda una nueva alianza que le permita volver a empezar. No olvidemos, pues, cuando acabe este exilio, a todos aquellos que han quedado en el camino, ni lo que en la soledad e intemperie más absoluta hemos descubierto. Y examinemos esta herida que el exilio nos ha dejado: de todo lo que hemos perdido, ¿qué cosa querríamos que realmente volviese a formar parte de nuestra rutina? De lo que ha marchado en este tiempo de exilio, ¿qué no querríamos que volviera nunca? Son dos preguntas sencillas que pensadores como Bruno Latour nos plantean con lucidez y que podrían poner las bases de esta nueva alianza forjada en el exilio pandémico.

[Imagen de Gerson Rodriguez en Pixabay]

Para continuar haciendo posible nuestra labor de reflexión, necesitamos tu apoyo.
Director de Cristianisme i Justícia-Fundació Lluís Espinal. Licenciado en matemáticas y máster en gestión de empresas. Anteriormente ha trabajado en Oxfam Intermón. Coordina la Plataforma por una fiscalidad justa y ha participado activamente en las últimas ediciones del Foro Social Mundial y en la organización del Fòrum Social Català. Colabora en diferentes proyectos solidarios relacionados con el mundo de la inmigración y la economia social.
Artículo anteriorDesacerdotalizar la Iglesia
Artículo siguienteMística desértica

DEJA UN COMENTARIO

Por favor ingresa tu comentario!
Please enter your name here