Benedicto XVI centró sus discursos sobre el islam en la necesidad de trabajar por la paz, pero los desencuentros con esta religión fueron constantes. El papa Francisco ha decidido poner gestos a las palabras, como si una imagen (una foto) valiese más que mil palabras. Esta vez, la foto ha sido la de la visita al gran Ayatolá, Ali Sistani. En este caso no ha trascendido nada de la conversación que tuvieron, y tampoco redactaron ningún documento conjunto. Tan solo, la foto… La de un papa cojeante pero animoso que recorría unas estrechas y pobres calles de Nayaf para ir a la sencilla casa de este gran líder chiita: todo un reconocimiento.

En este sentido, el papa Francisco, sigue los pasos de Juan Pablo II, que también destacó por sus imágenes icónicas. Algunas por ser las primeras, como la visita de un papa a la Gran mezquita Omeya de Damasco (2001) o a la sinagoga de Roma (1986), y otras por ser sorprendentes (o escandalosas para algunos) como la del beso al Corán frente a (¡precisamente!) un miembro de la delegación musulmana de Irak (sunnita, sin embargo) acompañado por el Patriarca Caldeo de Babilonia en 1999. El papa tenía planeado ya ir a Irak pero el temor a dar aire al régimen de Sadam Hussein, pero también a su intención de visitar ya a Ali Sistani (contrario a Sadam), acabó abortando el proyecto.

Francisco ha retomado aquel sueño. Sin embargo, este acontece con un régimen distinto, con un gobierno que se apoya sobre las heridas abiertas por la 2ª guerra del Golfo (2003) y se construye inestablemente sobre las ruinas provocadas por la locura del autodenominado Estado Islámico. Pero, sobre todo, Francisco ha ido a Irak habiendo ya fundamentado su gesto en el Magisterio de la Iglesia con la reciente encíclica Fratelli Tutti. De esta manera, la encíclica tiene un lugar donde denunciar tanto la dinámica de colonización (F.T. n.14) especialmente violenta en el caso de Irak, como la de la cerrazón de las culturas sobre sí mismas (F.T. n.160). Francisco practica aquí su constante eclesiología de una Iglesia en salida. ¡Y quién más otro respecto al cristiano occidental que el musulmán árabe! Pero, al salir a su encuentro, descubre ahí a un hermano. El papa que ha pedido acoger a los refugiados musulmanes en Europa, ha querido ser acogido en casa del ayatolá Ali Sistani.

Irak es uno de los países donde la fraternidad ha quedado más fracturada después de estos años. La histórica comunidad cristiana de 1,4 millones (básicamente Caldeos en comunión con Roma) ha quedado reducida a 300.000, muchos yazidíes han sufrido especialmente la esclavitud bajo Daesh, los chiitas han sido anatemizados y combatidos como zoroastros por el Califato, y los sunnitas han sufrido duras represalias y marginación cuando se formó el gobierno de mayoría chiita tras la invasión estadounidense. Además, continúa la cuestión kurda del norte del país.

En la reconstrucción de los lazos comunitarios, el ayatolá Ali Sistani ha sido un referente. Aunque defendió que el nuevo régimen no podía contravenir las normas del islam y llamó a luchar contra Daesh cuando este amenazaba descender hacia la capital, animó a los chiitas a votar después de la guerra y a construir un gobierno de políticos y no de clérigos, de unidad nacional. En esta distinción del ámbito político y religioso se sitúa en una postura opuesta a la del régimen iraní. No se trata solo de pragmatismo frente a un país tan plural sino que enlaza con una época (hasta el s. X) en la que el chiismo desarrolló una doctrina esotérica donde, por ser perseguidos (y por tanto ocultados) por el poder sunnita, se prohibió incluso la participación en las estructuras (visibles) del Estado. En cualquier caso, este tiempo permitió elaborar una religiosidad donde primase más el interior al exterior, la vivencia religiosa a la realización política. Actualmente, el chiismo, es una estructura religiosa clerical (a diferencia del sunismo) en el que los grandes ayatolás (=signos de Dios) son como obispos, fuentes y referencias de la doctrina (recibiendo el título de “marji’”, en árabe). Ali Sistani es el más prominente de Irak pero no es seguro que su sustituto sea de su misma tendencia moderada.

Francisco ha querido también reconfortar y apoyar a la comunidad cristiana precisamente ahí donde más ha sufrido, en el norte del país. Celebrando una eucaristía entre las ruinas de Mosul, donde fue proclamado el autodenominado Estado Islámico, y visitando un pueblo de raíz étnica asiria, Qaraqosh, casi totalmente cristiana (de la Iglesia católica siríaca, esta vez) que sufrió la invasión de los yihadistas en 2014.

El papa, además, ha querido visibilizar la necesidad de construir fraternidad en un encuentro interreligioso en el sur del país, en la zona de Ur de Caldea, para manifestar las raíces comunes de las tres religiones monoteístas. Allí pidió a los dirigentes religiosos que mirasen juntos las mismas estrellas que Dios pidió a Abraham que mirase, esas que representaban sus descendientes, es decir, a todos nosotros. Y preciosamente, Francisco exhorta:

“Contemplando el mismo cielo después de milenios, aparecen las mismas estrellas. Estas iluminan las noches más oscuras porque brillan juntas. El cielo nos da así un mensaje de unidad: el Altísimo que está por encima de nosotros nos invita a no separarnos nunca del hermano que está junto a nosotros. El más allá de Dios nos remite al más acá del hermano. Pero si queremos mantener la fraternidad, no podemos perder de vista el Cielo” (Discurso del papa en la llanura de Ur).

[Imagen de RTVE]

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Jesuita. Responsable del Área Teológica de Cristianisme i Justícia i director adjunto del Centro. Director del Instituto de Teología Fundamental. Profesor en la Facultad de Teología de Catalunya. Licenciado en filosofia por la UB. Licenciado en Teología por el Centro Sèvres de París. Doctorado en Estudios Islámicos por el EPHE (Sorbona de París) con una tesis sobre el místico sufí Ibn ´Arabî. Colabora con Migra-Studium. Ha publicado con Cristianisme i Justícia «Fundamentalismo» (cuaderno 77, mayo 1997), «Vidas Itinerantes» (cuaderno 151, diciembre 2007), e «Islam, la media luna…creciente» (cuaderno 197, enero 2016).
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