Desde los orígenes de la civilización, los asentamientos humanos han gravitado alrededor de un lugar sagrado, el axis mundi o eje del mundo en torno al cual se organizaba la actividad religiosa, social, económica y política.

La geografía urbana y rural en la mayoría de lugares refleja todavía una disposición en la que la iglesia —mezquita, templo o sinagoga—ocupa un lugar privilegiado, normalmente cerca de la plaza mayor, el mercado y el ayuntamiento.

Hay quien habla de una topografía religiosa o una ordenación sagrada del territorio para referirse a la distribución espacial de los lugares sagrados y su relación con el resto de las instituciones. En las sociedades primitivas esta disposición se ha interpretado mediante el modelo centro-periferia: el templo se ubica en el centro, el km 0; el lugar hacia el que se orientan las principales vías de comunicación en torno a las cuales, a su vez, se distribuye la periferia.

Con el paso del tiempo, sobre todo en las sociedades más secularizadas, el centro se ha desplazado fuera del casco antiguo de las ciudades, allí donde ahora se ubican los nuevos hubs financieros, comerciales y de comunicación. El modelo centro-periferia sirve, por tanto, para explicar (y visibilizar espacialmente) el influjo cultural de una institución y su evolución a lo largo de la historia.

Pero el modelo también se utiliza para analizar, a una escala geográfica mucho mayor, cómo se distribuye el poder. Los llamados estudios coloniales aplican la misma herramienta conceptual para mostrar la manera como las antiguas metrópolis (el centro) extraían recursos de las colonias (las periferias).

En las últimas décadas, la ecología política ha vuelto a utilizar el esquema, esta vez para explicar los mecanismos que hacen posible que una élite financiera global (el centro) sacrifique, explote y degrade los ecosistemas naturales (las periferias), ya sea deforestando, extrayendo recursos o contaminando de modo irreversible aquellos territorios alejados de los centros de poder.

Como hemos señalado, en otro ámbito muy distinto al de la arquitectura, la geografía, la historia, la economía y la política —el de la sociología de la religión— se utiliza también el modelo; esta vez para explicar el proceso de secularización: el desplazamiento de la religión del centro a los márgenes de la sociedad.

Porque la era secular no es una en la que haya desaparecido la religión, sino aquella en la que ha sido desplazada, ubicándose en los márgenes. Este proceso se refleja en la geografía urbana de la mayoría de las ciudades occidentales y coincide con el análisis de los sociólogos e historiadores de la religión. Los centros —comerciales, financieros y de comunicación— desempeñan ahora el papel que antaño jugaron los lugares de culto.

Resulta significativo que el modelo centro-periferia haya sido empleado en numerosas ocasiones por el papa Francisco, aunque en un sentido distinto de los anteriores. Ya desde el inicio de su pontificado, dejó claro que su misión y su sueño para toda la Iglesia consistía en ir, precisamente, a las periferias, lugar de misión y de encuentro con el pueblo de Dios: “Cada cristiano y cada comunidad discernirá cuál es el camino que el Señor le pide, pero todos somos invitados a aceptar este llamado: salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio” (Evangelii gaudium, n. 20).

Durante el Ángelus, en la fiesta de san Esteban del año 2019, recordó de nuevo la importancia de las periferias, en una expresión que ya es característica de su pontificado: “Las comunidades cristianas están llamadas a ser cada vez más misioneras, todas orientadas a la evangelización, decididas a alcanzar a los hombres y mujeres de las periferias existenciales y geográficas, donde hay más sed de esperanza y de salvación”.

Ahora bien, a diferencia de los usos tradicionales del modelo, Francisco no solo invierte el orden de la relación (que pasa a ser periferia-centro); también amplia el significado del concepto periferia al incluir una dimensión existencial, personal.

Por un lado, la periferia se convierte en centro, en lugar privilegiado de encuentro y revelación. Aunque la intuición no es nueva; al contrario, resuena con muchos relatos de los evangelios. Cuando Jesús narra la parábola de la oveja perdida, concluye con una pregunta: “¿Qué os parece? Si un hombre tiene cien ovejas y se le descarría una de ellas ¿no dejará en los montes a las noventa y nueve, para ir en busca de la errante?” (Mt 18,13). ¿Y no es esta acaso una invitación explícita para ir a las periferias?

En otro de sus encuentros, tras curar al sirviente del oficial romano en Cafarnaúm, afirma: “Yo les aseguro que en ningún israelita he hallado una fe tan grande. Les aseguro que muchos vendrán de oriente y de occidente y se sentarán con Abraham, Isaac y Jacob en el Reino de los cielos” (Mt 8, 11). Una vez más, los márgenes —aquellos que vendrán de oriente y de occidente— se convierten en centro, invirtiendo el orden establecido.

Por otro lado, Francisco insiste en que no sólo hay periferias económicas, políticas y geográficas; también hay periferias existenciales, en nuestro interior, cada vez que, por ejemplo, marginamos la presencia de Dios y lo empujamos a las orillas de nuestra vida restándole importancia.

La secularización no debería interpretarse únicamente como un fenómeno externo, cultural; es también un proceso interno, espiritual. Esta es una de las razones por la que la Iglesia nunca se ha conformado con acudir a los márgenes geográficos, sociales y económicos —cuidando a pobres, migrantes, indígenas, excluidos y ancianos, etc.— sino que ha tratado de influir también en los centros, atendiendo siempre las búsquedas de sentido de todas las personas, sean quienes sean.

Pensar en el centro y la periferia puede ser un excelente ejercicio intelectual y espiritual. Puede ayudarnos a interpretar mejor el mundo en el que vivimos y a mirarnos interiormente para descubrir dónde está nuestro corazón. Es decir, qué ponemos en el centro y qué dejamos a un lado.

Quizás este sea el ejercicio de introspección que Jesús nos propone, de forma sutil, cuando dice: “Porque donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” (Lc 12,34).

[Artículo publicado originalmente en el blog personal del autor/Imagen de Free-Photos en Pixabay]

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Jesuita. Ingeniero de Montes y doctor en Teología. Es profesor en la Universidad Pontificia Comillas (2017) donde enseña Ecología, Ética y Doctrina Social de la Iglesia. Es también director de la revista Razón y Fe y miembro del equipo Ecojesuit. Colabora en el equipo de Cristianisme i Justícia, participando en el grupo de Ética y sostenibilidad.
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