Esta historia la suele contar mi amigo Javier Melloni. En la India, una mujer estaba junto a un lago en actitud de agradecimiento, tras haber perdido a su hijo. Un hombre —si no recuerdo mal era Raimon Pannikar— le preguntó, extrañado, por qué se sentía así. ¿Acaso lo propio no era sentirse desgarrada por dentro? La mujer le respondió que al contrario; que no podía sentirse más que agradecida por el tiempo que la vida le concedió junto a su hijo. Ciertamente, no se trata de rechazar lo que hay de bueno en esta manera de sentir la pérdida de un hijo, pero sí de preguntarse por lo que pueda haber de incompleto, desde un punto de vista bíblico. De hecho, el agradecimiento que experimenta la mujer no es incompatible con el dolor (un dolor que probablemente también experimentó, aunque el acento de la historia es otro). Pues donde solo cabe el agradecimiento ante la muerte de un hijo, la humanidad de una madre —o un padre— queda, me atrevería a decir, cercenada. No me parece que podamos decirles a unos padres que han perdido a un hijo que lo que deberían sentir es, principalmente, agradecimiento, si es que la historia de esa mujer a la que hace referencia Javier es, de algún modo, normativa. Ciertamente, el agradecimiento puede latir en lo más profundo de la experiencia de la pérdida. De hecho, es lo que leemos en el libro de Job: el Señor me los dio, el Señor me los quitó. Y para verlo únicamente hay que invertir la secuencia de la frase. Pero no solo late el agradecimiento: también el desgarro. Imagino que acentuamos uno u otro lado de la experiencia dependiendo del cómo de esa pérdida. No hay emoción que sea químicamente pura. Las madres que vieron morir a sus hijos de las cámaras de gas, pongamos por caso, no creo que sintieran, sobre todo, agradecimiento. El escándalo ante la muerte injusta —un escándalo que se vive ante Dios, sin Dios— es un irrenunciable de la espiritualidad bíblica (aunque también, el agradecimiento por lo recibido). No es casual que tengamos una palabra para cuando perdemos a nuestros padres —huérfano—, pero no para cuando perdemos a un hijo. Donde solo cabe el agradecimiento, la totalidad se cierra sobre sí misma. En cambio, con el desgarro, el todo queda abierto a la imposible posibilidad de la reparación —de un nuevo comienzo—. Pues es innegable que la Creación está fracturada.

[Artículo publicado originalmente en La modificación (blog personal del autor)/Imagen de StockSnap en Pixabay]

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Es licenciado en filosofía por la Universidad de Barcelona. Desarrolla su carrera docente en el Colegio de San Ignacio-Sarrià, donde imparte clases de historia de la filosofía. Su trabajo intelectual se centra en la necesidad de recuperar la dignidad epistemológica de la tradición cristiana sin caer en el antiguo fideísmo y en constante diálogo con, por un lado, la crítica moderna de lo trascendente, en particular la que encontramos en los escritos de Nietzsche, y, por otro, con las tendencias transconfesionales vigentes hoy en día. Escribe diariamente en el blog La modificación. Es miembro de Cristianismo y Justicia, donde, desde hace varios años, imparte cursos sobre la significación y vigencia de la fe cristiana. Es autor de Dios sin Dios (con Xavier Melloni), Fragmenta, 2015 coeditado por Cristianismo y Justicia.
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