Por razones de trabajo he pasado 11 de los últimos 20 años viajando por toda América Latina. He vivido establemente (por más de un año consecutivo) en cuatro países latinoamericanos: República Dominicana, Brasil, Perú y Cuba. Esa experiencia no me da conocimiento, ni mucho menos comprensión, de los sistemas políticos como para permitirme entender la crisis de la democracia en la región. Pero sí me da ciertas intuiciones que quiero compartir.

Los sistemas políticos que he conocido, sean las democracias representativas marcadas por el populismo capitalista o el socialismo caribeño, se han deteriorado por la influencia de múltiples factores, pero voy a fijarme en tres: la demonización o sacralización del mercado, la práctica del poder excluyente y la progresiva difuminación del bien común. Ante esta situación, ¿es posible aún la esperanza de vivir en democracias reales y plenas?

La demonización o sacralización del mercado

Fruto de los largos años de guerra fría, el mundo se dividió en sistemas capitalistas y socialistas. Así podemos agrupar entre los primeros a Estados Unidos y Haití y, entre los segundos, a China y Cuba. La utilidad que pueda tener esta clasificación que agrupa sistemas tan disímiles se hace cada vez más cuestionable. Sin embargo, en el contexto latinoamericano sigue siendo un elemento diferenciador la actitud ante el mercado. Mientras unos tienden cada vez más a sacralizarlo, los otros lo demonizan.

Las democracias representativas existen en sistemas capitalistas donde la sacralización del mercado lo convierte en un macro sistema que lo abarca todo, incluso el Estado. Se convierte en un objeto de mercado que entra dentro de las leyes de la oferta y la demanda. Se compra el acceso al gobierno, que es la llave para manejar el poder del Estado. Se ha producido la privatización del Estado.

Unas décadas atrás en República Dominicana se peleaba por la privatización o no de bienes del Estado, como eran las empresas del difunto dictador Trujillo, que habían sido nacionalizadas. Hoy lo que está en juego es la privatización del Estado mismo.

Los partidos políticos cada vez representan menos ideologías sobre la sociedad y se asemejan más a empresas en las que se entra a pertenecer por intereses económicos (como se invierte o se entra a trabajar en una empresa privada), que invierten en conseguir el poder del gobierno, para administrar el Estado de forma que se recupere la inversión y produzca ganancias. Desde los dirigentes políticos, que invierten sus capitales y reciben otros para la campaña a cambio de compromisos de cargos o prebendas, hasta el simple votante, que vende su voto para cubrir necesidades inmediatas o vota por el que más reparte y no por el que mejor administrará los bienes del Estado, dando entrada a las propuestas populistas.

Por eso, cada vez los programas importan menos en las campañas electorales, e importan más las formas de distribuir o prometer ventajas económicas individuales.

Las llamadas corrientes neoliberales de tal manera sacralizaron el mercado, que llegaron a proponer que su capacidad de autorregulación hacía cada vez más inútil, e incluso obstaculizante, al Estado. Este debía disminuir para que el mercado pudiera funcionar sin trabas.

Pero la capacidad reguladora del mercado no llega a garantizar la equitativa distribución de los bienes. Por el contrario, ha aumentado la distancia entre ricos y pobres. En América Latina, esto es evidente: tiene el privilegio de ser el continente más desigual en el reparto de la riqueza.

Por eso, el atractivo para las masas populares de la propuesta socialista, que demoniza el mercado. En la práctica lo que hace es crear el monopolio absoluto del mercado, eliminando la competencia, que supuestamente causa la desigualdad. Pero la eliminación del interés particular en el mercado lleva al desinterés en la producción. La productividad cubana se ha visto de tal manera afectada, que Cuba debe importar el 80% de lo que come, y esto no es principalmente por incidencia del bloqueo norteamericano. La economía centralizada y el capitalismo de Estado han sumido a Cuba en una permanente crisis económica en la que ha podido sobrevivir gracias a la ayuda externa de Rusia o Venezuela, de las remesas de los emigrantes a países capitalistas, y al turismo, curiosamente manejado por grandes transnacionales capitalistas aliadas del Estado. La otra entrada significativa ha sido la venta de servicios de profesionales cubanos por parte del Estado socialista como gran empresa negociadora de “capital humano” mal pagado.

La crisis ha llegado a deteriorar y poner en peligro los dos grandes logros de la revolución cubana, financiados con la ayuda de la Unión Soviética: la salud y la educación. La baja productividad ocasiona la falta de recursos para invertir en servicios sociales.

Tanto la sacralización como la demonización del mercado han producido un debilitamiento de la democracia, es decir, de la capacidad de las grandes mayorías de incidir en las decisiones de Estado y de beneficiarse de los bienes de la nación.

En este proceso de privatización del Estado ha sido muy importante el papel jugado por los medios de comunicación. Se invierte en propaganda, como lo hacen los fabricantes de refrescos o pasta de dientes. Y quien más y mejor invierte, vende más. Las campañas políticas son el mejor cliente de las empresas publicitarias en las democracias capitalistas populistas, y el control de los medios es una importante arma en las sociedades socialistas. Por eso, la nueva constitución cubana continúa garantizando la propiedad estatal de los medios de comunicación.

La revolución tecnológica empieza a socavar el control de los medios por el capital o el Estado y a obligar a una reconversión del manejo de los medios. Basten dos ejemplos: el manejo de twitter por el presidente Trump y la creciente importancia de las noticias falsas (fake news) en las campañas políticas.

Curiosamente, estas dos dinámicas contradictorias con relación al mercado tienen efectos similares en el consumo: este se convierte en el centro de la vida. En los países capitalistas se desata el afán consumista con terribles efectos sociales y ecológicos, y en el socialismo se exacerba la ansiedad por el consumo ante la escasez. Durante el llamado período especial (después de la caída del bloque soviético) cualquier conversación entre cubanos antes de los 10 minutos ya tenía como tema la comida. Era la obsesión cotidiana. Algo que comienza a reproducirse en la situación actual.

La práctica excluyente del poder

Una de las características más evidentes del deterioro de las democracias representativas populistas es la práctica del poder como excluyente. Es algo consecuente con un sistema económico competitivo. El acceso al poder se percibe como una oportunidad de excluir a los otros de la participación. En las democracias capitalistas esto se hace evidente en el cambio del personal del gobierno al ganar las elecciones un nuevo partido. En el socialismo cubano es la práctica del partido único como rector de la vida nacional.

El que gana, las elecciones o la guerra, tiene el derecho a imponerse por las buenas o las malas y el otro queda excluido hasta que le toque su turno. Ha sido la práctica caudillista de las débiles democracias latinoamericanas o de las dictaduras. En el nombre del bien del pueblo se obliga a ir a la cárcel o el exilio a los que piensan diferente. Es la negación absoluta de la diversidad como elemento componente de la sociedad.

Hoy cuando la modernidad ya ha echado raíces profundas en las sociedades latinoamericanas, la homogeneidad de la población es imposible. La diversidad de la sociedad civil, está expresada en la variedad de movimientos que reflejan las múltiples identidades: regionales, genéricas, laborales, generacionales, religiosas o raciales.

Los regímenes políticos han tenido que ir aceptando diversas formas de negociación. A veces tratando de incorporar esta diversidad en el aparato del Estado creando una “sociedad civil estatal”, si podemos darle un nombre a esta contradicción. Otras veces se ha aceptado la presencia de estos movimientos tratando de limitar su ámbito de acción y se establece la continua lucha de la sociedad civil por expandir las fronteras de lo permitido.

Esta concepción excluyente del poder fortalece el deseo de perpetuarse en él. Puesto que, si no se tiene todo el poder, no se tiene ninguno, la aspiración es a perpetuarse en él. La idea de las democracias parlamentarias es precisamente lo contrario. Los parlamentos son la expresión del poder compartido, en el que es necesaria la negociación. Las democracias latinoamericanas son generalmente presidencialistas, centradas en el presidente. Pero la existencia de parlamentos, donde hay pluralidad de partidos, ha obligado a la negociación. A medida que los partidos se parecen más a empresas, el pueblo es visto como cliente. Lo importante es convencerlo para que compre o para que vote. Su participación se limita al momento del voto. Cada vez los electos se sienten menos representantes del pueblo. A lo más se consideran representantes del partido. En el caso del partido único, la referencia es al partido, único rector de la vida de la nación, que supuestamente representa la voluntad del pueblo, pero cuando no lo hace, no pasa nada.

El poder excluyente crea la lucha por el poder, una actitud competitiva, coherente con la visión de mercado como organizador de la vida, que en política se traduce en una actitud guerrerista de vencer al enemigo. La vida social se constituye como una lucha por el poder, donde a la larga todo vale, porque la guerra es la guerra. Alguien dijo que el poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente. Este poder excluyente es el caldo de cultivo de los regímenes represivos, de la corrupción y de la impunidad.

Podríamos decir que en el siglo XX el lema de la revolución francesa dividió al mundo entre los que buscaban la libertad (mercado) aun a costa de la igualdad (democracia) y los que buscaban la igualdad aun a costa de la libertad. La fraternidad fue la gran olvidada. Quizá si ese hubiera sido el principio central se habría podido combinar igualdad con libertad. Solo desde el reconocimiento del otro como hermano, con todos sus derechos, se puede constituir una libertad que busque la igualdad.

La renuncia al Bien Común

Parte del legado de la modernidad es la constitución de los sujetos. Esta afirmación del individuo no necesariamente implica la conciencia de las relaciones con los otros y con la naturaleza como parte de la afirmación del sujeto. El contexto marcado por la competencia del mercado y la lucha por el poder constituye al otro como el competidor, como el enemigo. La búsqueda del bien se visualiza como un campo de batalla. El bien crece por acumulación, que es fruto de ganar en la competencia, de excluir a los otros. Las relaciones sociales se definen por la conquista y la defensa, que se realizan por un nosotros bien delimitado.

Lo público, lo común, lo de todos, se percibe como el que nos arrebata lo propio, lo privado. Se reclama la parte del espacio público que nos pertenece como miembros del colectivo. Se siente lo común como ajeno si no logramos apropiarlo. Se pelea por conquistar y preservar el espacio privado, aun cuando se lo hayamos expropiado al público.

El mercado no es para facilitar la sobrevivencia de todos, sino para crear la oportunidad de los ganadores. La política no es la búsqueda del bien común, sino el espacio para acumular lo privado. Los ciudadanos son sustituidos por las masas que reclaman sus derechos individuales. Hasta exigir el derecho a usar el espacio público sin respeto al otro, desconociendo las normas de convivencia. Se reclama el derecho a no usar mascarilla en la parte mía del espacio común, aunque eso afecte los derechos del otro a la salud. El espacio público no es ya de todos, sino de cada uno lo suyo.

En el mundo socialista, donde teóricamente lo individual se subordina a lo colectivo y donde lo público pretende hacer innecesario lo privado, la escasez lleva a la búsqueda de lo privado como mecanismo de sobrevivencia. Un ejemplo son las colas actuales para la compra de alimentos o artículos de aseo. El desabastecimiento provoca colas multitudinarias para asegurar la ración propia. Ante el peligro de contagio de la pandemia en las colas, muchos prefieren pagar a sobreprecio los productos a quienes hacen la cola. Esto provoca una mayor represión a los coleros[1], que tiene como resultado un aumento de los precios del mercado negro, por el aumento del riesgo implicado. Quienes tienen recursos tienden a acumular, ante el miedo de desabastecimiento. Se aumenta así la escasez y se incrementa el círculo vicioso de la desigualdad.

Nuestras sociedades, decepcionadas con nuestra historia política, han llegado a presentir que la solución no viene por ahí, que es necesario buscar alternativas al sistema. Se construye así el mundo informal, subterráneo a flor de piel, que pretendemos no ver, pero nos impacta por su eficacia y por su crueldad al inducir a muchos a la sobrevivencia en las peores condiciones.

Y no nos preguntamos: si los sistemas que tenemos han fracasado, ¿a dónde ir?

La tenue esperanza de lo germinal

En el Caribe estamos en época de ciclones. El paso devastador de un huracán es capaz de arrancar de cuajo árboles centenarios. Algunos, tumbados por tierra después del impresionante fenómeno, conservan pequeños hilos de raíz aún hundidos en la tierra. Quince días después, al recorrer el triste espectáculo de la tierra arrasada, descubrimos sobre esas finas raíces pequeñas hojas verdes que asoman. Es la indestructible energía de la vida que retoña. Es la esperanza que crece débil en el desierto. En esas frágiles hojas verdes está el futuro.

Así la democracia está naciendo en las pequeñas comunidades que se han enfrentado a la tormenta de la crisis desde la solidaridad creativa. Son los grupos, familias, organizaciones, iglesias, movimientos que no se han dejado llevar por la atracción de las ofertas engañosas de la propaganda, ni por el miedo a la represión despiadada, ni por las mentiras repetidas hasta el cansancio. Mientras haya esta presencia de fraternidad solidaria, verdaderamente inclusiva, que se trasmite de padres a hijos y encuentra caminos de salida, aunque sean aún pequeños y débiles, hay esperanza. Porque la democracia se construye desde abajo. Va creando espacios de una fraternidad que sabe integrar libertad e igualdad. Y aunque aún no logre crecer como sistema de convivencia social, va abriendo espacios de esperanza y descubriendo caminos por andar.

Hay que crear una cultura democrática que desarrolle las capacidades de emprendimiento creativo, participación y solidaridad, no solo desde el discurso, sino desde estructuras de convivencia y gobierno en el hogar, la escuela, la sociedad civil, el mercado y el gobierno.

Pienso que las nuevas tecnologías de la comunicación, que nos enseñan a construir conocimiento no desde la repetición y la acumulación, sino desde la creatividad y la conectividad, serán una ayuda en esta construcción del futuro de la democracia.

La existencia de legislación que promueva la iniciativa creativa y solidaria en el mercado, que garantice la participación real en medio de sociedades complejas, que desarrolle mecanismos de inclusión social de todos y todas se hace necesaria. Un mercado orientado a una sociedad democrática y un poder organizado como participación solidaria ayudarán a promover el bien común como camino para llegar al buen vivir. El reto es construir sistemas sociales que lo promuevan.

El papa Francisco, desde su carismático liderazgo, ha promovido una economía solidaria que comienza por contemplar el mundo como nuestra casa común y ha implementado nuevas formas de organizar el poder en la Iglesia desde la sinodalidad, que da participación a las periferias geográficas, económicas, y existenciales, y la desclericalización, que tiende a eliminar el abuso de poder.

No es tarea de un día. Pero, como ha dicho el papa Francisco, no se impone por la fuerza, ocupando espacios, sino desatando procesos. Es tarea de todos y todas.

[Artículo original publicado en Promotio Iustitiae/Imagen de Free-Photos en Pixabay]

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[1]Nombre que reciben quienes se dedican a hacer la cola para comprar productos que luego revenden a precios elevados.

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1 COMENTARIO

  1. Estoy de acuerdo con mucho de lo que escribe Jorge Cela Carvajal, sobre todo cuando señala la Fraternidad como un elemento clave de la sociedad, junto con la libertad y la igualdad. Sin embargo, cuestiono el retrato que hace de Cuba (país que conozco), haciendo colas para comer y calla lo que acontece en Centroamérica. He sido misionero durante más de 30 años en Guatemala. Ojalá la gente en este país, como en Honduras y en El Salvador, pudieran hacer cola para comer. Sería un privilegio. El hambre y la desnutrición infantil es cada vez mayor. La población se ve obligada a emigrar para poder sobrevivir, otros, sobre todo jóvenes que no han logrado llegar al Norte, se integran en las bandas de la delincuencia, «maras», o en el narcotráfico. Creo que no se puede hacer un juicio de un país latinoamericano sin ver el contexto global del continente más desigual del planeta.

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