Joaquim Fernández-Díaz MascortA lo largo de su peregrinaje, Ignacio de Loyola (1491-1556) hizo estancia con relativa frecuencia en hospitales. Tenemos constancia de ello porque quedan registrados en su autobiografía: Manresa, París, Azpeitia…

Situados en aquella época (s. XVI) debemos entender por «hospital» un refugio que, en algunas poblaciones, usaban las personas que no tenían otro techo para refugiarse de las inclemencias del tiempo y pasar la noche. En la práctica, acogía a los que hoy podríamos llamar «sin techo», personas sin una casa, sin un trabajo, que vivían de la caridad… Algunos municipios (especialmente los que se encontraban en las vías de comunicación más transitadas) construían hospitales para aquellas personas que estaban de paso y no podían costearse un hostal o para aquellas personas que no tenían casa; también realizaban la función de albergar peregrinos en ruta (esta función también la realizaban los monasterios). En algún caso, algunas personas que hoy llamaríamos voluntarios servían algún tipo de comida caliente, repartían ropa o atendían a los enfermos. Podemos pensar que en los hospitales se acababan reuniendo todos aquellos que vivían en los márgenes de la sociedad: los empobrecidos, los enfermos (también los mentales), los que eran víctimas de las adicciones, los que se habían perdido en un mundo que percibían como hostil… Todos ellos sobrevivían gracias a la beneficencia.

Ignacio estuvo en hospitales en varias circunstancias. En algunos casos por necesidad; en otros, por convicción, como cuando volvió temporalmente a Azpeitia, su lugar de origen, por recomendación de sus médicos y prefirió estar allí (en el hospital de la Magdalena) en lugar de ir a la casa solariega con sus familiares. También recomienda a sus compañeros realizar estancias o aproximaciones a sitios similares en su apostolado. Especialmente significativa es la prescripción que da a los jesuitas teólogos que participan en el Concilio de Trento: por la mañana, debate teológico; por la tarde, atención a los más pobres y a los enfermos en hospitales.

El hospital, como otros elementos de la biografía del Ignacio de Loyola (su insistencia en viajar sin recursos, como un pobre, la voluntad de no tener asegurados unos ingresos, etc.) constituye para él lo que hemos venido a llamar un «lugar teológico»; esto es, el ámbito desde el que obtener perspectivas, experiencias, palabras para poder hablar de Dios con fundamento. A menudo hablamos de lo que creemos que el evangelio dice, de lo que creemos que Dios quiere, de lo que es cristiano o no lo es. Y a menudo también, lo hacemos desde una perspectiva influida por numerosos intereses, conscientes o inconscientes, algunos bastante interesados ​​o directamente egoístas; muchas veces para justificarnos o justificar nuestra inacción.

El contacto con la realidad desnuda de la exclusión social, el conocimiento, desde dentro de lo que significa vivir como un pobre entre los pobres, el contacto con el mundo del dolor, del sufrimiento, posibilita hablar del evangelio con una clave de inteligibilidad diferente. Protege de especulaciones discursivas que no tocan la realidad del ser humano y, por tanto, tampoco la de Dios. Y posibilita entender (no solo desde la mente, sino también desde el corazón o, podríamos decir, desde la piel, desde el tuétano) cuál es el alcance de la llamada a la conversión que escuchamos en el Evangelio. De hecho, es el mismo dinamismo de la Encarnación. Solo asumiendo la realidad del ser humano desde ella misma, encuentra Dios la manera de «hacer redención». Es la solidaridad de Dios.

Esto mismo es lo que Ignacio se plantea a partir de su experiencia; no sólo la experiencia espiritual sino también la que vive a lo largo de su peregrinaje, su andar (miles de kilómetros) por tantos caminos, por tantos hospitales…

Hoy estamos invitados a repetir la experiencia, tal vez de otro modo en las concreciones, pero de la misma manera en lo esencial. Es especialmente inexcusable para todos aquellos que pretendemos hablar de Jesús, decir alguna cosa significativa: catequistas, pastoralistas, religiosos, sacerdotes. Si no es así, corremos el peligro de divagar o, lo que es peor, falsear su rostro, tergiversar su mensaje. El contacto con la realidad de los más desfavorecidos se convierte en la prueba de autenticidad de lo que comunicamos. ¿Cuáles son pues los «hospitales» contemporáneos (donde viven los empobrecidos, los excluidos y los enfermos) que nos convocan?

Tomar conciencia de esto puede paralizarnos ya que a menudo estamos tan lejos de vivir así… Pero debe ser nuestro horizonte. El padre P. H. Kolvenbach decía que, antes de tomar cualquier decisión (profesional, familiar, comunitaria, ciudadana, etc.), necesitamos preguntarnos cómo afectará esta decisión a los pobres. Si lo hacemos de manera honesta, puede ser un paso en la buena dirección…

Fotografía del antiguo hospital de la Magdalena extraída de: Wikimedia Commons

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