Mesianismo es una clave privilegiada para interpretar ideologías, movimientos políticos, científicos, sociales, económicos y religiosos que bajo un líder carismático convocan al pueblo a salir de la postración y transformar una realidad histórica de pobreza y muerte. Pueden ser de izquierdas o de derechas, ofrecen una salvación plena, un cambio total de estructuras, aunque muchas veces desemboquen en muerte: Auschwitz, Gulag soviético, Hiroshima, atentados al World Trade Center de Nueva York, etc.

Etimológicamente «mesianismo» proviene del hebreo “mesías”, que significa “ungido” y en griego se traduce por “cristo”. El mesianismo tiene raíces judeocristianas, aunque se desenvuelva por cauces seculares o ateos. Quizás este origen religioso explica que muchos mesianismos se vivan con un fervor semejante al fervor religioso. Incluso en países democráticos, la propaganda electoral reviste un acento mesiánico: “Vote nuestro partido y todo mejorará”.

Es imposible en este breve espacio abordar el tema de los mesianismos; solo ofrecemos algunos elementos para reflexión y diálogo. Pertenecen a los mesianismos, movimientos tan dispares como la Revolución Francesa de 1789 y la Revolución Rusa del 1917, el nacionalsocialismo hitleriano del Tercer Reich (Tercer Reino), el nacionalcatolicismo franquista, los movimientos anticolonialistas del Tercer Mundo, la Primavera Árabe, la lucha de Mandela contra el apartheid sudafricano, el movimiento no-violento de Gandhi, la lucha contra el racismo de Luther King, los movimientos feministas, ecologistas, indigenistas, sin tierra, LGTBI, antitortura y contra la trata, también el peronismo, el zapatismo, el sandinismo, el socialismo del siglo XXI de países bolivarianos, el America first de Trump, la réplica brasileña de una política anti-ecológica y anti-indigenista, etc.

La actual pandemia ha herido de muerte a los mesianismos modernos de la ciencia y el progreso, el estado de bienestar neoliberal, la seguridad y la afirmación de Fukuyama de que ya hemos llegado al fin de la historia. Ahora se nos quiere consolar diciéndonos que pronto volveremos a la normalidad de antes. Pero esta “normalidad” ha causado desigualdades sociales, venta de armas, guerras, violencia y destrucción de la naturaleza, hambre, machismo y feminicidios, migraciones, muerte de niños, abusos sexuales, víctimas y caos. No podemos volver a esta “normalidad”.

Es necesario discernir los mesianismos y, para ello, ayuda acudir a sus orígenes bíblicos. Los profetas del Antiguo Testamento anunciaban un Mesías de la familia de David. Los evangelios, mayormente el evangelio de Mateo que se dirige a cristianos de origen judío, anuncia a Jesucristo, hijo David y de Abrahán, confiesa que Jesús de Nazaret es el Mesías o Cristo, anunciado por los profetas. En su bautismo, Jesús es ungido Mesías por el Espíritu y el Padre lo proclama su Hijo amado. Jesús va al desierto para discernir cómo ha de ser su mesianismo.

Sus contemporáneos que vivían bajo la opresión del Imperio Romano y de la teocracia sacerdotal, esperaban un Mesías davídico y político que los liberase de Roma y de la hipocresía religiosa. Jesús no optó por un mesianismo davídico de poder, riqueza y prestigio, sino por un mesianismo nazareno de servicio humilde.

El teólogo biblista brasileño Jaldemir Vitório, nos presenta rasgos fundamentales de la utopía del Reino de Dios en Mateo: las bienaventuranzas, la fraternidad local y universal, el amor, el perdón sin venganza, la noviolencia, la predilección por los marginados (niños, mujeres, enfermos, pecadores…), no servir a dos señores, a Dios y al dinero; hacer la voluntad del Padre, confiar en su misericordia, los pobres serán nuestros jueces en el juicio final de la historia.

Jesús, para evitar confusiones, afirma que su mesianismo pasa por la cruz, consecuencia del rechazo de la teocracia judía y del Imperio romano a su proyecto del Reino de Dios: Jesús reina desde la cruz. Es la lucha entre el Reino y el anti-Reino, pero la última palabra no es la cruz ni el sepulcro, sino la resurrección, la Pascua y el don del Espíritu a su comunidad y al mundo. Su Reino es una alternativa a la sociedad mundana, un Reino que comienza ya en la historia como pequeña semilla, pero cuya plenitud es escatológica, apocalíptica. Estos criterios evangélicos nos sirven para discernir los mesianismos en la sociedad y en la Iglesia.

Lamentablemente los mesianismos humanos a menudo se han apartado del ethos del Reino de Dios de Jesús y han causado víctimas. También en la Iglesia, el Reino muchas veces se ha reducido a doctrinas, normas y ritos, la utopía del Reino se ha mundanizado, como si la Iglesia fuera ya el Reino definitivo, la misión ha degenerado con frecuencia en proselitismo, la unidad eclesial se ha roto, las élites eclesiales se han alejado del pueblo, muchos cristianos corrompen el mensaje del Reino: lucro, violencia, destrucción de la naturaleza, víctimas.

Pero el Espíritu prometido por Jesús a la Iglesia y a la humanidad hasta el fin de la historia está presente y actúa, no está en huelga, sino que siempre suscita, en la Iglesia y en la sociedad, profetas, movimientos y comunidades proféticas que actualizan el mesianismo de Jesús. Hoy Francisco impulsa a los cristianos a vivir la alegría del Evangelio, defiende una Iglesia de los pobres y en salida, pirámide invertida, poliedro, promueve la fraternidad universal, el cuidado de la casa común y el sueño de un mundo diferente y mejor. La pandemia es un signo de los tiempos que nos impulsa a volver al ethos del Reino, a la fraternidad, al cuidado de la creación y la confianza en un Dios Padre de todos.

¿Qué podemos hacer ahora? Aprender del pasado, discernir el momento presente, convertirnos de nuevo al Reino de Dios, caminar humildemente en la historia ante Dios, sembrar amor, derecho y justicia y esperar, contra toda esperanza, el día en que el Señor haga nuevas todas las cosas, enjugue toda lágrima y no haya más muerte ni llanto (Apocalipsis 21, 4-5).

[Imagen de Momentmal en Pixabay]

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Jesuita. Estudió filosofía y teología en Sant Cugat, en Innsbruck y en Roma. Doctor en Teología, fue profesor de teología en Sant Cugat viviendo en L'Hospitalet y Terrassa. Desde 1982 hasta 2018 residió en Bolivia donde ha ejercido de profesor de teología en la Universidad Católica Bolivia de Cochabamba alternando con el trabajo pastoral en barrios populares Ha publicado con Cristianisme i Justícia L. Espinal, un catalán mártir de la justicia (Cuaderno nº 2, enero 1984), Acoger o rechazar el clamor del explotado (Cuaderno nº 23, abril 1988), Luis Espinal, gastar la vida por los otros (Cuaderno nº 64, marzo 1995).
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