Es verano y estamos en el bosque. El sol lo achicharra todo. Previsora admirable, la hormiga de la fábula se dedica a acumular miguitas de pan para el invierno, mientras la cigarra pasa el tiempo comiendo y cantando. Llega el otoño, y la escena se repite (con menos calor). Pero cuando la nieve cubre el bosque y no tiene qué comer, la cigarra llama a la puerta del hormiguero y pide alimento. Es entonces cuando ─según La Fontaine─ sucede esto:

«¿Qué hacías durante el verano?
le preguntó a la pedigüeña.
-Día y noche a quien me encontraba,
le cantaba, no te disgustes.
– ¿Le cantabas? Me alegro.
¡Pues bien, baila ahora!»

Aunque hay versiones para niños en las que la hormiga comparte su pan con la cigarra, es evidente que el moralismo no ahorra en crueldad a la hora de exponer sus enseñanzas. Lo que podría ser un suave elogio de la previsión y el trabajo, se ha convertido muchas veces, pasado por el tamiz de la ideología de la producción, en mala conciencia del tiempo libre y el ocio.

Pero este no está amenazado solo por una posible exageración de los relatos en su contra (que acaba afectando, de rebote, a la comida y al canto de las cigarras), sino también por su propia multiplicación. Imaginemos, al modo de la película Los visitantes (no nacieron ayer), que un campesino altomedieval aterrizara hoy en cualquiera de nuestras ciudades y consiguiera emplearse. Quizá una de las diferencias más notables que experimentaría sería que el momento en que antes podía decir “ya he satisfecho mis necesidades, dejo de trabajar y me tumbo al sol”, ahora parece no llegar nunca (probablemente en su feudo tampoco podía decirlo, pues tenía que contar con las necesidades del señor). Digámoslo así: en una época en que la posibilidad de acceder a más cosas parece no tener límite, puede que aquel señor solo haya cambiado de forma: el ordenador siempre podrá ser más potente y con mejores prestaciones; siempre habrá una foto nueva de uno de mis contactos de Instagram; el próximo viaje, más largo y por más tiempo, incluso espacial; mañana tendremos un nuevo trending topic, y el vagabundeo en la red nos ofrecerá nuevos enlaces, otras búsquedas ─aunque las hayamos repetido mil veces parecerán nuevas─. En la red, el territorio posible del ocio acaba por abarcar todo el universo conocido, replicándolo y multiplicándolo, desde la foto de una playa en Tailandia a la apuesta en un hipódromo inglés. El mundo se multiplica y se multiplican las posibilidades de ocio, y esa sensación vertiginosa de falta de fronteras nos llama a todos al discernimiento, pues podría acabar pidiendo ─lógicamente─ el sacrificio de todo nuestro tiempo ─y en algunos casos igualmente terribles, de todo nuestro dinero─, sin materializar nunca aquella promesa de felicidad que llevaba a la cigarra a comer y cantar, en vez de a trabajar.

Pero si todavía contiene una promesa de felicidad, significa que en el ocio hay algo que no tiene, en el fondo, valor de cambio. Y no solo eso: si se esconde en él una pepita de oro de beatitud, es porque hay un descanso que, aunque siga pidiendo tiempo ─el segundero continúa su avance─, de alguna manera nos devuelve tiempo.

Después de seis días nombrando cosas, Dios está comiendo y cantando en el cielo. El séptimo día de la creación no es el de la irrupción de una cosa más en el mundo, sino el de la emergencia de la plenitud del sentido y del amor por lo ya existente, sin que sea necesario producir algo más para que sea mejor. Un sentido y un amor que pacifican el tiempo presente y hacen fecundo aquel que, desparramado fuera de la gavilla, nos parecía echado a perder. El ocio es un tiempo llamado a producir, no más cosas, sino más tiempo (aunque el reloj siga caminando). En su tierra brota esa forma de diálogo a cielo abierto que es la oración, o la reflexión sobre aquel giro de la historia, o el sueño en que podríamos ir a mejor. Dentro de él leemos y contemplamos buenos relatos, y miramos el azul del mar o sobre la montaña. Lugares todos que llenan de tiempo, abono interior para el sentido y el amor. Por eso la eucaristía ─solo posible en el día séptimo─ es la forma más lograda del ocio: tiempo para consumir eternidad.

Si la cigarra continuó obstinándose en no trabajar ─llegando incluso a olvidar que existía el invierno─, quizá su función en la historia era recordarnos que el ocio está llamado a alumbrar algo, cuando menos, del mismo valor que el pan de la hormiga, aunque, a diferencia de este, no se pueda comer ni vender.  

[Ilustración de Charles H. Bennett extraída de: Wikimedia Commons]

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Jesuita en formación. Estudia 3º de Teología en la Universidad Pontificias de Comillas y vive en el barrio de la Ventilla (Madrid). Colabora en la pastoral universitaria en la Comunidad Francisco Javier y con la ONG Pueblos Unidos, dentro del programa Baobab.
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