Laura Rius PortaLas palabras que Nietzsche escribió en 1873, «el intelecto, este maestro de la ficción», hoy nos pueden ser de ayuda para que un texto, más allá de las intenciones concretas con que fue escrito, sea legítimo interpretarlo desde las circunstancias que rodean al lector.

Actualmente, en medio del complejo y confuso contexto sociopolítico de la pandemia, muchas personas se preguntan cómo acabará todo. A algunas el sentido común les dice que, pasada la campaña de vacunación, nada cambiará y todo seguirá igual. En clara contraposición hay a quien le parece que estos meses de confinamiento nos han hecho más humanos y otros se ilusionan pensando que esta nueva sensibilidad se mantendrá. Finalmente, los más pesimistas auguran un retroceso irrecuperable de nuestra calidad de vida.

Pero a pesar de tener diferentes puntos de vista, todos estos ciudadanos comparten la misma sensación de sentirse sobrepasados. Y tal vez este sentimiento de perplejidad provenga de intuir de alguna forma que la razón puede presentar posibilidades futuras, pero como dice Nietzsche, sin garantía de conexión con la realidad. Si la salida a los problemas que afectan seriamente la vida humana no es meramente intelectual, conviene fijarse en personas que, también en medio de tiempos agitados, incidieron constructivamente en la historia y conocer de qué manera lo consiguieron.

Es el caso de san Ignacio (1491-1556) durante su estancia en la ciudad de París. Nacido en Loyola y educado en la corte del duque de Nájera, creció en una Europa que dejaba atrás la cosmovisión medieval y se abría trabajosamente en el horizonte renacentista. Cuando tenía treinta años, una herida recibida en el sitio de Pamplona desencadenó un proceso de transformación personal e identificación con Jesús que, tras múltiples experiencias y años de estudios, le llevaría a fundar la Compañía de Jesús. Precisamente durante el período de París cristalizó esta orden que años después fue decisiva para la renovación de la Iglesia.

Concretemos un poco este periodo. Ignacio, buscando «ser de provecho a las almas», llegó solo a la capital francesa el 2 de febrero de 1528 con la intención de estudiar teología en la Sorbona y encontrar compañeros motivados por el mismo propósito. Siete años más tarde, el 28 de abril de 1535, se marchó habiendo hecho realidad estos deseos. ¿Cómo se produjo esta transformación en un París sacudido por desastres naturales, trastornado por tensiones reformistas y agitado por rivalidades?

Él era bien consciente de que vivía en tiempos peligrosos [cf. Ejercicios Espirituales 369]; sinteticémoslos en tres áreas.

En primer lugar, social y económicamente la década de 1530 fue muy difícil para la ciudad de París, sufrió cinco inundaciones serias debido a la crecida de las aguas del Sena; años en los que el rigor del invierno heló frutales y uva y las inclemencias del tiempo provocaron desastrosas cosechas. Consiguientemente, los pobres aumentaron y la leña, el pan y el vino escasearon. Entre 1531 y 1533 la peste, que ya había asolado anteriormente la población, volvió de nuevo inspirando miedo y angustia a los habitantes. El empobrecimiento social y los sentimientos de vulnerabilidad e incertidumbre se extendieron por los barrios de la ciudad.

Desde las perspectivas política y religiosa, la compleja situación causada por la intermitente guerra entre los reyes Francisco I y Carlos V; la ruptura entre Enrique VIII de Inglaterra y el papado; las conflictivas experiencias reformadoras en el interior del catolicismo; los polémicos Erasmo y Rabelais y el terremoto de los luteranos, creó una atmósfera de enorme confusión, de crudas críticas y de acérrimas defensas, incluso con personas enviadas a la hoguera. Una situación de constante y violenta confrontación entre las diferentes posturas que desmenuzaba las convicciones filosóficas y religiosas de la época. Ante la magnitud de las hostilidades y de las fuerzas implicadas, no es extraño que los ciudadanos se sintieran sobrepasados ​​por la gravedad de los problemas e incapaces de encontrar alguna vía de solución.

Finalmente, en el campo intelectual, la enseñanza en la universidad de París acogió los primeros pasos del humanismo renacentista que incorporaba el método literario y filológico en el estudio de la Teología. Obviamente, se rompían las estructuras y los métodos pedagógicos tradicionales de los colegios. El humanismo también significaba laicidad. La imprenta, aumentó la difusión del libro. Es decir, un universo mental diferente al de la costumbre escolástica. Previsiblemente, los innovadores y los que se enfrentaban a la renovación colisionaron. El ambiente de la universidad de París ponía a los estudiantes en la situación de elegir entre métodos, lo que supone optar por algo más que una simple metodología, significaba reconocer el valor de la subjetividad humana y de las realidades creadas.

Durante los años en París, Ignacio vivió inmerso en esta atmósfera de cambios y transformaciones, pero, si nos fijamos en lo que él expresa en el relato autobiográfico sobre esta época [Aut. 73-86], parece que ninguna de estas problemáticas sofocó las vivencias de su mundo interior. Él afrontó este tiempo con un modo de vida que se puede sintetizar en tres aspectos: vive anclado en las propias certezas, discierne lo que ocurre a su alrededor y las dificultades no le hacen desistir.

Miremos las certezas. Ignacio mantuvo un estilo de vida centrado en los estudios, aceptando las consecuencias de ser pobre, desde el servicio y deseo de ayudar a los demás y ofreciendo los Ejercicios Espirituales a muchas personas para que ordenaran su vida y pudieran encontrarse con Dios. Son las mismas intenciones que ya tenía durante el encarcelamiento de Salamanca [Aut. 71] y que previamente habían tomado forma en el tiempo de Manresa. Es decir, afronta los inciertos tiempos desde unas opciones de vida y dinamizado por su experiencia interna.

Respecto al discernimiento, fuentes de la época recuerdan que Ignacio los domingos y festivos iba a misa a la Cartuja y pasaba los tiempos en conversaciones espirituales con otros estudiantes, entre los que se encontraban los futuros compañeros. Era la ocasión de intercambio de perspectivas, deseos, dificultades, debatir cuestiones de actualidad, etc. Los testigos también indican que cuando los estudios y ocupaciones le dejaban libre, marchaba a lugares solitarios para orar. Es decir, busca momentos en los que el encuentro con otros y con el Dios vivo se convierten en experiencia espiritual, fuente de la luz y fortaleza necesarias para dar pasos hacia adelante.

No fue un sendero fácil. El relato autobiográfico muestra cómo la realidad no le respondió en numerosas ocasiones: un compañero se le gastó el dinero; no encontró un maestro al que servir para poder mantenerse; tuvo que vivir fuera del colegio por haber tocado a un enfermo de peste; por dos veces el Inquisidor le quiso iniciar una causa. Incluso el dar los Ejercicios Espirituales a maestros y teólogos de París le comportó disgustos. Formar el grupo de amigos en el Señor, que acabó constituyéndose en una nueva orden religiosa, fue laborioso. Es decir, en ningún momento estas frustraciones le hacen desertar del ideal que busca. Justo al contrario, confiar en éste le habilita para encontrar una alternativa a cada una de estas dificultades.

Una manera de vivir que entrelaza las tres dimensiones y probablemente en esta conexión esté la clave. Sus efectos no fueron inmediatos, sino que cristalizó unos años más tarde. En 1540 el papa Pablo III aprobó la Compañía de Jesús, y cuando la nueva orden se extendió por todo el mundo atendió a los vulnerables y desposeídos; sostuvo con puntos de referencia sólidos la reforma católica y ofrecer ayuda a gobernantes, y compuso una concepción de los estudios universitarios adecuada a los nuevos tiempos. Es decir, Ignacio respondió eficazmente a los retos de su época.

Estrictamente y por diversos motivos, las circunstancias de París no se pueden comparar con la situación generada por la COVID-19 en todo el mundo, pero en términos generales, sí podemos pensar que son similares las consecuencias que afectan directamente a las personas:

Como entonces, ha aumentado el empobrecimiento social y el sufrimiento personal causado por los sentimientos de vulnerabilidad, incertidumbre y miedo.

Al igual que el complejo panorama europeo, hoy las catastróficas consecuencias sociales y políticas de la pandemia hacen difícil distinguir en los hechos qué tienen de calamidad y qué de oportunidad; qué hay que abandonar porque se ha vuelto caduco y por qué hay que generosamente luchar.

De una forma similar al enfoque del humanismo renacentista, la consolidación de las nuevas tecnologías en el mundo laboral y educativo han acelerado cambios a los que conviene dar forma para asegurar lo que es propiamente humano y para no dejar atrás a los colectivos más desfavorecidos.

Este puede parecer un panorama abrumador, como lo debía ser el que conoció Ignacio en París. También él experimentó la ficción de los pensamientos. Teniendo al alcance, pues, su experiencia, acerquémonos a ellos y fijémonos en su proceso. Dejar que haga eco en nuestro interior será sin duda inspirador para afrontar nuestro hoy.

Imagen extraída de: Wikimedia Commons

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