J. I. González FausMe permito parodiar aquel grito de nuestros años cuarenta que inundó mi infancia. Entonces se terminaba “saludo a Franco”; pero quisiera dejar la pregunta de si no hay ciertas correspondencias (más formales que de contenidos) entre esos dos saludados de ayer y de hoy.

Los pronósticos en política son muy arriesgados: no creo posible dilucidar si el episodio de asalto al Capitolio ha sido un virus pasajero (como casi todo el mundo parece desear), o es síntoma de un mal establecido que volverá a atacar. Pero tengo la impresión de que el problema actual de los EEUU no consiste en “un individuo llamado Trump”, sino en “una situación trumpista”. Todo norteamericano debería preguntarse si su país no está convirtiéndose en una democracia “bananera” y por qué. Dándonos a todos ejemplo para que hagamos lo mismo.

Otros analistas han comentado ya que si Trump no volvió a ganar en las pasadas elecciones se debe exclusivamente a su pésima gestión de la COVID-19. Pero la victoria demócrata ha sido bien pírrica: Trump sacó más votos que hace cuatro años. Y una parte de ellos procede de gentes (mujeres, negros, latinoamericanos…) de las que se supone que debían votar demócrata. Por otro lado, los asaltantes del Capitolio el pasado 6 de enero no están ahora confundidos y avergonzados, sino más convencidos y más cabreados. Dos adjetivos que quisiera desarrollar un poco más.

a.- Por un lado, y paradójicamente, resulta que hemos pasado de la era de la “postverdad” (tan bien acogida hace poco) a la era de las grandes certezas. Tanto más grandes cuanto que no necesitan apoyarse en eso de “la verdad” que (al igual que Pilatos) ya nadie sabe lo que es: simplemente se apoyan en lo que queremos que sea.

Así, el señor Bolsonaro sigue convencido de que en EEUU hubo un fraude electoral, aunque uno se pregunte qué informaciones privilegiadas tiene para asegurar eso tan rotundamente. Esa misma certeza la tiene una buena parte de los votantes de Trump. Y entre nosotros, Vox sigue afirmando que el gobierno actual es “ilegítimo”: lo cual sería una razón más que suficiente para asaltar también el Parlamento, si no fuera porque nosotros somos una democracia aún adolescente, no tan asentada y consolidada como dicen ser la democracia estadounidense.

b.- Por otro lado, el mundo occidental parece estar viviendo una época histórica de “mirar al presente con ira”. Esa ira, que nadie ha sabido analizar, se expresa, por ejemplo, en la palabra “populismo” que no sabemos bien lo que significa (ya cité en otro lugar el lúcido comentario de T. Piketty sobre ella), pero sirve para que se la arrojen unos a otros: con significados muy distintos, seguramente, pero con las mismas intenciones desautorizadoras. Porque no es una palabra-logos sino una palabra-bala: no ha sido creada para explicar sino para herir.

Jugando ahora con las palabras, Occidente parece vivir la era de la ira. Y cuando la ira se prolonga acaba volviéndose universal: porque provoca otra reacción “airada” en aquellos que habían sido atacados por esa cólera inicial. Francisco parece intuir algo de eso cuando se siente llamado a pedir que seamos “fratelli tutti”, como si intuyera que estamos camino de ser “odiosi tutti”.

Y así es como parece que, a la era de la democracia, le está siguiendo la era de la ira.  El trumpismo sería solo el síntoma más claro de esa ira. ¡Sin que en él sea todo rechazable!, porque, de hecho, tuvo al menos la virtud de renunciar al imperio estadounidense y proponer que EEUU viva solo para sí. Por motivos egoístas, seguramente, pero uno se asusta cuando oye hablar a Biden de que EEUU “recupere su liderazgo mundial”. No, por favor. La única autoridad mundial habría de estar no en un país sino en una ONU que fuese lo que esta debería ser y no es.

Las iras suelen ser producto de una gran decepción. Y es esta gran decepción la que nadie analiza cuidadosamente. Durante años nos llenamos la boca con la palabra “democracia” como justificación de nuestra superioridad moral. Pero ahora resulta que en estas democracias nuestras hay hambre y miseria (y ya no nos vale la excusa de que eso es culpa exclusiva de esos miserables). En estas democracias nuestras hay unas desigualdades crecientes en acceso a la salud, a la vivienda y a la educación: campos fundamentalísimos en los que no es el pueblo (el demos) quien tiene el poder (el cratos), sino que son unos poderes fácticos que obtienen inmensos beneficios de las necesidades primarias del ser humano.

En estas democracias nuestras hay unos poquitos con cientos de miles de millones en sus cuentas y unos cuantos que ni siquiera tienen cuenta porque viven de lo que sacan cada día. Y, para más inri, la cultura oficial nos dice que esos millonarios lo son “por sus méritos” y desconoce la existencia de los “otros”, contando quizá con que ya se encargará Cáritas de darles algo de comer. Estas democracias nuestras se han enriquecido, en buen parte con el oro que vino de América, luego con tráfico de esclavos, más tarde con el reparto de África por Europa y últimamente con el camuflado proteccionismo a nuestros productos agrícolas que impide que África pueda vender los suyos, obligando a los africanos a emigrar para que luego no los recibamos…

En esta democracia nuestra, la fabricación de armas es una de las industrias más prósperas, que se lleva un buen pellizco en nuestros presupuestos; y es además un falso derecho al que no estamos dispuestos a renunciar. En esta democracia nuestra hemos creído que éramos libres cuando en realidad somos “esclavos manejados”: ahora se nos avisa de que perderá la cuenta de Whatsapp quien no acepte su fusión con Facebook a la que transmitirá todos nuestros datos: habrá que ver cuántos son capaces de renunciar a esa falsa comodidad del Whatsapp.

Finalmente, esta democracia nuestra no nos ofrece una verdadera meta para vivir, como no sea el consumo: un consumo que solo puede ser desenfrenado para unos e imposible para otros, hasta que incluso los primeros se hartan de esa situación cuando lo mejor de ellos les dice que el consumo no da sentido a la vida y que las personas vivimos para algo más que consumir. Así se nos prepara para cualquier locura (como ocupar el Capitolio), con tal que esta nos permita creer que hay una meta en nuestras vidas, más alta que el consumo. [N. B. Los llamados Ejercicios Espirituales de Ignacio de Loyola comienzan así: “El hombre es creado para… y mediante esto (conseguir)…”. Los ejercicios materiales de nuestra economía comienzan así: “El hombre es creado para consumir y mediante esto conseguir la envidia y la admiración de los demás”. A la larga, esta mentira acaba por no sostenerse].

Todo eso, global y confusamente percibido, nos deja dentro una especie de embrión de ira. Ese embrión puede ir gestándose y salir un día a la luz asaltando cualquier capitolio. Y nuestra tarea principal debería ser saber analizar todo este proceso lento, en vez de limitarnos a lanzar diatribas morales que, por muy justificadas que parezcan, no sirven para resolver nada. En este sentido, volviendo ahora a EEUU, creo que el partido demócrata, debe intentar no solo acabar con Trump, sino preguntarse qué parte importante de culpa tiene en la aparición de la realidad trumpista.

Acabo diciendo que, si este análisis es correcto, no permite ningún pronóstico. Porque, en definitiva, depende de nosotros.

 

Imagen de Rogier Hoekstra en Pixabay 

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Jesuita. Miembro del Área Teológica de Cristianisme i Justícia. Entre sus obras, cabe mencionar La Humanidad nueva. Ensayo de cristología (1975), Acceso a Jesús (1979), Proyecto de hermano. Visión creyente del hombre (1989) o Vicarios de Cristo: los pobres en la teología y espiritualidad cristianas (2004). Sus últimos libros son El rostro humano de Dios,  Otro mundo es posible… desde Jesús y El amor en tiempos de cólera… económica. Escribe habitualmente en el diario La Vanguardia. Autor de numerosos cuadernos de Cristianisme i Justícia.
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