Josep M. MargenatCon el año casi cumplido, leo este titular y recuerdo el artículo de Josep M. Lozano en La Vanguardia de tres de diciembre. Hablaba de vocación. Lo recomiendo. Es un texto imperdible. Veamos, ¿qué decía Josep M. Lozano? Preguntaba: «¿Oyen hablar mucho los jóvenes de vocación? Lo dudo».

Durante años, en las clases de Ética empresarial en la universidad, cuando llegábamos al tema quinto sobre el trabajo, hablábamos y proponíamos alguna lectura a los estudiantes sobre la vocación, por ejemplo, las conferencias de Max Weber sobre el político y sobre el científico. Cada vez se hizo más difícil. A muchos de nosotros, a los más mayores, la palabra “vocación” nos podía sonar a palabra religiosa, al menos. A los más jóvenes, ni a eso. No creo que supieran responder sobre su significado, más allá de lo que alguno hubiera leído. Algo más tarde, coincidiendo con la crisis financiero-económica capitalista, al entrar los estudiantes en la universidad se puso de moda hablarles sobre la marca. Quizá se les quería decir que pagaban un dinero para construir su marca y que el dinero estaba bien empleado -¡por sus padres!- si la marca acababa siendo competitiva (se hablaba de “empleabilidad”, no de “servicialidad”, ¿hubiesen pagado para que se les enseñase a “servir”?). Desde el primer día se les decía que su tarea como estudiantes era construir su “marca” (sic), no descubrir su vocación. La marca sería la señal de identificación, en el mercado serían diferentes, aportarían “valor añadido” (sic) y con él concurrirían. Recibir a chicas y chicos jóvenes con ilusión por cuidar y mejorar este mundo, enseñarles a “prostituirse” (sic, eso es lo que pienso), elaborando su marca para “venderse” (sic) en el mercado siempre pensé que era un fraude, un triste fraude. En la marca sumaban méritos, habilidades, competencias, como ahora se insiste. La marca tenía que hacer visible el valor añadido que cada uno o cada una aportaba. Con la marca podían concurrir al mercado. De ninguna manera milito en el fundamentalismo anti-mercado. Al contrario, he explicado los valores éticos del mercado ideal de competencia perfecta, los criterios políticos para regular y redistribuir beneficios y los criterios éticos para discernir en los mercados. Por otro lado, nada diferente de lo que enseñó Pablo VI, por ejemplo, en Octogesima adveniens (1971). Pero lo que nunca podré aceptar será que solo somos mercancía (con marca, ya sé que las etimologías no son las mismas, ¿o sí?, pero el parecido sonoro da que pensar). No somos mercancía. Expliqué durante años el mismo error antropológico de marxistas y liberales económicos que coincidían en considerar el trabajo como una mercancía que se intercambiaba en el mercado por un precio más o menos acordado, claramente injusto para unos (plusvalía) y racionalmente ajustado para otros. Para los personalistas y para otros muchos simplemente decentes u honestos, esto no es verdad. Para mí no lo era y así lo proponía.

El trabajo humano es una realidad fundamental para cada persona. El trabajo debe humanizarnos, debe desarrollar nuestra personalidad y debe permitir ofrecer lo mejor de nosotros mismos para la construcción de la sociedad al servicio del bien común. Vocación, vocación, vocación. Me hubiese gustado que los estudiantes hubiesen sido recibidos en la universidad con una invitación a vivir su vida, a andar la vida como vocación. No vienen a construir o a elaborar una marca que pueda comprarse o venderse, vienen a resolver su vocación: una vocación humana, una vocación cívica, una vocación profesional, una vocación personal, una vocación política, una vocación científica: competentes, conscientes, comprometidos y compasivos. La vocación es la respuesta que brota en quienes aspiran y buscan “mayor calidad de mundo”.

Vocación, vocación, vocación. «Dadme una vocación y yo os devolveré una escuela, un método y una pedagogía». Esta frase la escribió el padre Poveda y me ha acompañado durante años, desde que la leí por primera vez. Esta convicción intenté que me orientase también como docente no sólo en una Facultad de Económicas, sino también en una Escuela de Magisterio y en una Facultad de Teología. Porque es cierto que hay algo más grande que hacer en la vida: andar la vida como vocación. Enseñar metodologías nuevas, innovación, técnicas, competencias…, puede ayudar sin duda; sin duda también ayuda a cobrar a fin de mes a quienes las enseñan, pero ser maestros y maestras exige que sean sobre todo personas con vocación. Lo mismo ocurre con los y las profesionales sanitarios, las topógrafas, los químicos, las teólogas o los actores. Hacen falta personas con vocación y lo demás –“escuela, método, pedagogía”– lo recibirán por añadidura. Pero seguimos empeñados en fijarnos en lo secundario. Hacen falta empresarias con vocación de empresaria, con iniciativa, capacidad de riesgo, amor al trabajo, respeto a las personas y al cuidado de los recursos materiales, naturales y técnicos. Hacen falta empresarios con vocación. Todos los profesionales deben, debemos, revisar de vez en cuando si están viviendo su vida como vocación. ¿Y si muchos educadores, cristianos o no, socialistas o no, humanistas o no tanto, prescindiesen de lo secundario y se decidiesen a responder a las expectativas de sus estudiantes y acompañasen sus preguntas, les ayudaran a pensar y a discernir, les cuidaran en su construcción de un mundo más humano, con más “calidad de mundo”? ¿Pasaría algo? Claro que también los profesionales, los profesores, las instituciones educativas tienen que construir su marca, ser competitivos para venderse en el mercado. Ésta es la trampa que cierra el bucle. Las personas que vienen a nuestros institutos, a nuestros colegios, a nuestras universidades no buscan solo cómo ganarse la vida, sino también, como escribe Lozano en el artículo citado buscan “qué hacer con su vida y hacia dónde orientarla”. Si salen con competencias, técnicas y habilidades, pero sin responder a la pregunta vocacional, habremos fracasado una vez más. ¿Nos lo podemos permitir? Explica san Ignacio en la segunda parte de las Constituciones jesuitas que nadie debe irse de la Compañía sin saber a qué vino y por qué se va. ¡Qué importante, qué esencial es para nuestra vida saber a dónde vamos, por qué vamos y por qué seguimos un determinado camino! ¡Qué decisivo! En su reciente, claro, útil y magnífico libro sobre los Ejercicios, Una manera de estar en el mundo. Relectura de los Ejercicios Espirituales de san Ignacio de Loyola, Josep M. Rambla dice que éstos sirven para ayudarnos a saber cuál es nuestro lugar en el mundo y nuestra manera de estar en él. Todos tenemos un lugar desde el que responder (¿podríamos llamar a eso vocación?). Es cierto que no es fácil responder, pero existen medios para responder a la gran cuestión: ¿cuál es mi lugar en el mundo?

En la plaza, de Vicente Aleixandre, puede invitarnos a esa andadura, zambullirnos en la realidad: “Cuando, en la tarde caldeada, solo en tu gabinete, con los ojos extraños y la interrogación en la boca, quisieras algo preguntar a tu imagen, no te busques en el espejo, en un extinto diálogo en que no te oyes. Baja, baja despacio y búscate entre los otros. Allí están todos, y tú entre ellos. (…) Entra en el hervor, en la plaza. Entra en el torrente que te reclama y allí sé tú mismo”. Y si respondiésemos a la pregunta que tenemos aparcada de qué hacer con nuestra vida, de responder con nuestra vocación.

Descanse en paz Pierre Cardin quien fue, estoy seguro, mucho más que una marca, fue como todos, un enigma y un misterio, o un enigma que encierra un misterio.

Imagen extraída de: Wikipedia

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