Manfred NolteEn 1973, con la incorporación del Reino Unido, Dinamarca e Irlanda como nuevos miembros nacía la «Europa de los Nueve». Desde muy pronto la relación entre el Reino Unido y la Unión Europea (UE), que obviamente surgió como un pacto recíproco de conveniencia, se fue convirtiendo en una historia de desamor y de desencuentros.

El jueves 23 de junio de 2016, los ciudadanos británicos votaron en referéndum, por un margen reducido, su divorcio con Europa. Brotó el ‘Brexit’, la bandera que los separatistas han ondeado sin desaliento, hasta convertir una utopía en una triste realidad. Injustificable en el plano económico, los detractores del statu quo proclamaban a los cuatro vientos las bondades del aislacionismo, reprobaban las alarmas de organismos públicos e institutos de opinión con la sentencia de que ‘el pueblo británico está enfermo de tanto experto’.

Factores emocionales anclados en un secular sentimiento antieuropeísta y, sobre todo, el creciente rechazo del hecho migratorio en zonas azotadas por la crisis de 2008 posicionó a millones de votantes dando preferencia al despecho y a las falsas promesas sobre el análisis frío de los hechos. Despojando de su cartera a dos primeros ministros, el ‘Brexit es Brexit’ amenazador de Theresa May fue sustituido por el ‘hacerlo o morir’ (‘do or die’) del ultranacionalista Boris Johnson. Johnson sucedió a May en un ambiente de máxima tensión. El extenuante acuerdo alcanzado por la primera ministra con la UE en noviembre de 2018 fue rechazado por el Parlamento británico una y otra vez, lo que provocó su dimisión, tras la rebelión de su propio gabinete.

La identificación de Johnson con el tema Brexit queda bien recogida en su opinión sobre los seguidores de Nigel Farage, el líder del partido radical independentista del Reino Unido (UKIP): “Sería demasiado fácil decir de ellos que son un hatajo de energúmenos que se dejan llevar por la histeria antieuropea. Yo también soy un poco energúmeno y Europa me pone bastante histérico”.

El 31 de enero de 2020, en aplicación de las previsiones del articulo 50 del Tratado de la Unión Europea, el Reino Unido activó su salida oficial de la UE. Se convino en un plazo de 11 meses hasta finales de 2020 para sellar un acuerdo de salida, evitando así una salida abrupta de Europa y quedar ambos bloques a merced de las reglas de la Organización Mundial del Comercio. El caos mantuvo todas sus opciones hasta el final, pero la víspera de navidad de 2020, se rubricó finalmente el establecimiento de un ‘área de libre comercio’ entre dos entes soberanos y ya independientes: el Reino Unido y la UE.

Las cosas han llegado a donde fatalmente tenían que llegar. Gran Bretaña nunca fue un socio constructivo o un familiar amante de la casa común europea y no cesó, durante su pertenencia a la Unión, de recabar de ella prebendas y privilegios, en ocasiones rozando el chantaje o la intimidación. La oscura intención del ministro Cameron al convocar el referéndum de 2016 que estaba persuadido de ganar, no era otra que consolidar en el Reino Unido los extraordinarios privilegios amasados sobre el resto de los países de la UE.

Gran Bretaña ya gozaba de dispensas en capítulos cruciales de la UE: exención de pertenencia al euro, a la zona Schengen y a la carta de derechos fundamentales de la UE. En 2016, Cameron amplió el catálogo de conquistas: el Reino Unido podría limitar las prestaciones sociales a inmigrantes comunitarios durante cuatro años; se aplicaría una normativa singular al sector financiero y en particular a la City londinense; se aceptaba la iniciativa británica, de que los Parlamentos nacionales pudiesen vetar normativas comunitarias siempre que se alcanzase el acuerdo del 55% de sus miembros; y en particular, el Reino Unido quedaba excluido de cualquier iniciativa encaminada al objetivo de una Unión Económica.

Pero Cameron perdió.

Ahora, el acuerdo recién firmado resuelve algo, aunque mucho menos de lo que a los británicos se les prometió en el referéndum. Solo ha sido un capítulo en el interminable proceso de negociaciones que se abre. Y evidencia una de las muchas falacias del Brexit, la que prometía, con la salida, romper con la UE, dejar definitivamente de tratar o incluso de hablar con ella.

No se trata solo de abordar nuevos sectores, como el financiero, sustancial para el Reino Unido y no incluido en el acuerdo comercial. Es que, según los términos de este, cada vez que las partes (UE o Reino Unido) modifiquen sus normas de manera que cualquiera de ellas se sienta en desventaja, habrá que sentarse y negociar.

Brexit es Brexit para rato.

Imagen de Pete Linforth en Pixabay 

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Doctor en Ciencias Económicas. Profesor de Fundamentos de Macroeconomía en Deusto Business School. Miembro del Consejo de Gobierno de la Universidad de Deusto. Autor de numerosos artículos y libros sobre temas económicos preferentemente relacionados con la promoción del desarrollo. Conferenciante, columnista y bloguero. Defensor del libre mercado, a pesar de sus carencias e imperfecciones.
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