David BrooksEs un hecho no bien conocido que en los primeros años después de que los israelitas llegaron a la “tierra prometida” su gobierno estaba en manos de unos hombres llamados “jueces”. Moisés había nombrado al primero y la línea seguía así. un juez nombrando a su sucesor. Sin embargo, llegó un momento en el que los israelitas se quejaron a Dios y pidieron un rey como los que tenían todas las otras naciones a su alrededor. Dios trató de advertirles del peligro de dar todo el poder solamente a un hombre. No obstante, la gente persistía y se escogió a Saúl, un jefe que había tenido algún éxito como líder en las guerras con sus vecinos. El pueblo todavía mantenía una gran fe en la presencia de Dios que los guiaba y cuidaba y como signo de su elección por Dios como rey, Saúl fue ungido. La unción le hizo intocable. Le selló con el poder de Dios mismo y le elevó sobre el resto del pueblo. Lo que él mandaba, se cumplía como si fuera un mandato directamente de Dios.

A través de la historia de Israel y luego la historia de la cristiandad vemos el mismo fenómeno. Cada nación tenía que tener su propio rey, uno que mandaba, junto con una jerarquía de nobles o funcionarios para mantener una burocracia. Pero siempre se entendía que el poder emanaba del rey y que ese poder se lo otorgaba Dios. El rey fue elegido por Dios para ejercer el poder temporal y la seña de elección fue la unción por el poder espiritual. La práctica de la unción comenzó en la cristiandad occidental cuando los reyes visigodos de España se convirtieron al cristianismo ortodoxo. El rito se usaba como manera de protegerlos y así formar una unión del poder temporal con el espiritual. El uso se difundió rápidamente por el resto de Europa. Llegó al punto que en la Edad Media se debatía si la consagración del rey constituía un octavo sacramento. Por supuesto, había muchas luchas y contiendas entre rivales para decidir quien llevaba la corona, pero en su mayoría eran disputas entre miembros de las mismas familias. Dios había elegido a Carlomagno, por ejemplo, el papa lo había ungido y, entonces, el poder residía en él y sus descendientes. Fue el orden establecido por Dios.

Llegados a los siglos XIX y XX, los reyes iban desapareciendo, uno por uno. Los cataclismos de la Revolución Francesa y la Primera Guerra Mundial abolieron muchas de las monarquías antiguas y establecieron la noción de que todo el poder temporal residía en el pueblo. Entonces el pueblo podía escoger a quien ejerciera el mandato. Se fundó así lo que se llama la democracia liberal. A pesar de sus raíces seculares, las democracias desarrollaron celebraciones o rituales para conferir el poder y para “ungir” al que iba a ser su líder. Hasta introdujeron servicios religiosos y oraciones para pedir la bendición de Dios. Por supuesto, se pensaba que el mandatario tendría un tiempo limitado en su oficio y que habría otras instituciones –parlamentos, tribunales, ambos establecidos por una Constitución– que también limitarían el ejercicio del poder. De todas maneras, no estaban preparadas para competir con el poder de la “unción”.

La historia de los últimos dos siglos está llena de ejemplos de personas que, una vez elegidas y ungidas, han convertido su poder limitado en absolutismo, que se han negado a ceder el mandato a otro, que han recreado los parlamentos y tribunales a su imagen, y todo con el apoyo abrumador del pueblo. Como los israelitas, había muchos casos de pueblos clamando para que Dios les diera un rey. Solamente hay que mirar a Italia en la época de Mussolini o a Alemania y la llegada de Hitler al poder. Ellos aceptaron la elección del pueblo y luego buscaron la “unción” de las autoridades religiosas, lo cual ambos recibieron. Sus seguidores veían su selección como la acción de Dios, salvándolos del caos precedente, recordándolese las glorias pasadas cuando Dios había bendecido sus ejércitos con la victoria. Si contaban con el favor del Omnipotente, ¿por qué no aprovecharse? Desde luego, el Antiguo Testamento está lleno de casos donde el rey usaba la fuerza y la violencia en el nombre de Dios para conseguir sus propios fines. ¿Por qué no los empoderados de ahora?

Otra cosa que utilizaban estos nuevos reyes para agarrar y luego para mantenerse en el poder era lo que se ha llamado el “culto de la personalidad”. Se organizaron grupos de seguidores atados solamente a la persona del líder. El valor más importante era la lealtad al jefe. Como en una secta religiosa, creían y aceptaban todo lo que decía su jefe como la verdad, declarando su fidelidad, hasta el punto de proclamar su disposición de morir por él. Al mismo tiempo no aguantaban ninguna oposición. Destruían, a veces con la fuerza de armas y la violencia, a los que no estaban de acuerdo. Violaban, quemaban y secuestraban hasta subyugarlos. Aprendieron a intimidar al pueblo entero por sus manifestaciones y propaganda. Todo al servicio del “Elegido”.

No hay que buscar en la historia para encontrar ejemplos cuando los hay actuales. Además de la China, que ni pretende ser una democracia, miramos a Rusia y a los Estados Unidos. Vladimir Putin llegó a ser presidente por los medios normales. Nunca se sabrá si fue elegido por primera vez justa y rectamente. De todas maneras, se hizo muy popular entre los magnates y luego entre el pueblo en general. Prometía regresar a la grandeza del Imperio Ruso. Reconciliándose con la Iglesia Ortodoxa para obtener su bendición, hasta trajo a los cadáveres del último zar y su familia para enterrarlos en Moscú. Invadió Ucrania para retomar territorio ruso. Luego cambió la constitución para darle la oportunidad de seguir en el puesto de presidente por un tiempo que se va a prolongar hasta que él decida abandonarlo. Ha matado o encarcelado a sus enemigos y a cualquiera que se le oponga. Para completar su dictadura, ha llenado el parlamento y los tribunales de sus secuaces y ha sometido el ejército y la policía a su propia voluntad. Putin es “el Elegido” por el pueblo y por Dios. Sus seguidores están envueltos en el culto que ha fomentado él del machismo e invencibilidad. A los que dudan de la autoridad de Putin, los manda a la cárcel, a hospitales psiquiátricos, al exilio o a la muerte por envenenamiento.

En los Estados Unidos tenemos el caso de Donald Trump. En el sistema complicado de votación en los Estados Unidos, Trump perdió en 2016 por más de 3 millones de votos populares, pero ganó el voto del colegio electoral. Así que comenzó su mandato representando solamente a una minoría de personas. Sin embargo, un grupo muy particular de cristianos evangélicos lo proclamó “el Elegido” de Dios que iba a salvar al país de la corrupción de los liberales ateos, rescatar las libertades perdidas, especialmente la libertad religiosa, y conducir la nación a una época nueva de prosperidad. Su ayuda a Israel iba a adelantar el fin del mundo. Trump acabó creyendo lo que ellos proclamaban. Tenía poca instrucción en la historia, en leyes y en la Constitución de los Estados Unidos. Empezó a gobernar como si tuviera más poder del que le otorgaba la ley. Sus seguidores en el Congreso lo apoyaban y comenzó a llenar los tribunales con sus partidarios. No soportaba la crítica. Se burlaba abiertamente de sus enemigos. Usaba al ejército para acabar con disturbios puramente civiles. Ha destrozado alianzas con otros países y ha fomentado el racismo. Lo único que le importa es su propio ego y mantenerse en el poder. La pandemia del 2020 ha demostrado que él no sabe ni quiere gobernar. Busca solamente su propio beneficio y la adulación de la muchedumbre. Los miembros de su culto han amenazado con la violencia a los que se opongan. A pesar de que ha perdido la elección de 2020, dice que ha sido un fraude, que no va a dejar la Casa Blanca y que sus seguidores van a continuar manifestándose y protestando hasta que se le devuelvan el mandato.

El rey David era un poco distinto en sus actitudes. Sí, fue el elegido por Dios para su puesto y ungido por el profeta cuando era todavía joven. Asumió el reino venciendo a Saúl y lo extendió en todas direcciones. Fundó la ciudad de Jerusalén como su capital. Además, mantuvo una gran devoción a Dios, reconociendo que todo su poder restaba con Él y construyendo un templo magnifico como residencia permanente del Arco. Actuó de forma arbitraria, cometió grandes pecados, pero siempre sabía cuando humillarse y pedir perdón. El problema con ser “el Elegido” es la falta de humildad. Él que ha sido elegido se cree superior al que elige. Deja de reconocer la fuente de su poder, sea el pueblo o  sea Dios. Con la humildad viene la misericordia y la gratitud. El que se convierte en dictador, pierde de vista la misericordia por los demás, creyendo que su puesto se debe solamente a su propio talento e inteligencia, no sabe lo que es agradecer de corazón a otro o a Dios. Donald Trump ha dicho que en su vida nunca ha pedido perdón a nadie, tampoco a Dios. No es capaz de admitir que ha hecho algo malo, que ha cometido un error, ni en su vida pública ni en su vida privada.

Yo no quisiera exponer una historia de la civilización. Sencillamente creo que el mundo sería mucho mejor si dejáramos de escoger a individuos que se creen elegidos por Dios. Es posible saber que Dios está presente en todo momento y en todos los aspectos de la vida sin echarle la responsabilidad por la vida política. Nuestros mandatarios deben reconocer sus faltas y no tratar de echar la culpa a otros. La responsabilidad por nuestras acciones conduce a la humildad y la gratitud. No nos hacen falta más autócratas, sino sirvientes del pueblo.

Imagen extraída de: Wikimedia Commons

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Nacido en el estado de Pensilvania, EEUU, lleva 53 años de jesuita. Se ordenó en 1978. Se laureó en Lenguas y estudió un máster en literatura española. En 1984 se doctoró en Leyes y en los siguientes 35 años ejerció de abogado para varias comunidades de inmigrantes. Ha estudiado en la Universidad Autónoma de Madrid, ha vivido en Salamanca y le fascina Barcelona. Habla también italiano y un poco de ruso.
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