Núria Tomàs Compés y Sara Clemente Bassa. ¿Te imaginas explicar que te acabas de quedar sin trabajo o que tu marido te maltrata y que nadie te abrace?

En el sur de Europa siempre nos hemos caracterizado por ser más cálidos que en el norte. Las muestras cotidianas de afecto eran mayores que en el resto de países; decían que el Mediterráneo nos daba calidez. Ahora, de repente, esa calidez se ha esfumado.

La intervención socioeducativa en el Centre Obert i d’Esplai Bocins, de la Fundació La Vinya, como en muchos otros proyectos, se basaba -y se basa- en una escucha activa hacia los niños y hacia las respectivas familias. No solo escuchábamos; abrazábamos, sonreíamos, acariciábamos el hombro… Pero de repente, la COVID-19 también ha cambiado eso.

Ahora viene una madre a explicarnos que está muy preocupada porque los echarán de casa y, desde un metro y medio de distancia y con la mascarilla tapándonos media cara le debemos transmitir nuestra cercanía, nuestro apoyo. Es, por lo menos, una tarea compleja.

Todo ello, sin olvidar, que cuando un niño viene triste de la escuela y necesita un buen abrazo, todo lo que le puedes ofrecer es un choque de codos, o que la mítica norma de grupo de compartir el material de la sala ha quedado obsoleta. Debemos ser capaces de poder transmitir un ideario humanizador sin violar el protocolo de higiene. Los niños y niñas tienen que poder entender que compartir no está mal, que nos sigue haciendo mejores personas, pero que ahora, tal vez, no es el momento idóneo.

Los espacios de cuidados quedan reducidos, a grandes rasgos, a hablar, nada de tocar a nadie. Esto hace que tengamos que esforzarnos mucho más en transmitir las palabras adecuadas para conseguir hacer llegar el mensaje esperado, no un mensaje frío e impersonal.

Por otro lado, también tenemos que hacer un esfuerzo en ser muy expresivas. Pensamos, por ejemplo, en una familia migrada que no entiende muy bien el idioma. Antes, sin mascarilla, entendía, al menos, si lo que le estábamos diciendo era bueno o malo. Ahora cuesta más. Lo mismo si la otra no domina mucho el idioma, cuando habla nos cuesta entenderla y la mascarilla, de nuevo, no ayuda.

Así pues, nos ha tocado vivir una época de cambios, donde la resiliencia llega a marchas forzadas y donde las profesionales tenemos que hacer esfuerzos titánicos para lograr mantener nuestro talante cercano, pero, evidentemente, sin saltarnos el protocolo para no poner en peligro ni nuestra salud ni la del resto de personas a las que atendemos. ¿Alguien tiene la receta perfecta?

Nosotros pensamos que no existe. No la puede haber ante una situación que es totalmente anómala y donde todos los cambios han venido sin previo aviso y sin experiencias que nos puedan hacer de almohada -nadie hubiera imaginado educar en plena pandemia-. Pero claro, la resiliencia pasa también por la reinvención, la adaptación y la creatividad. Lo que antes hubiera sido un abrazo, ahora es una mirada. Y lo que hace medio año hubiera sido un beso, ahora es un codo con codo.

Frente a esto, nuestra reflexión va más allá del no poder abrazar, tocar o transmitir con el cuerpo lo que, a veces, las palabras no pueden hacer. Lo que queremos explicar nosotras es que la COVID-19 no solo ha agravado las desigualdades sociales ya existentes, sino que ha disminuido -de forma muy salvaje y antinatural- nuestra manera de relacionarnos, socializarnos y educar(nos).

Además, por si fuera poco, en todo este contexto desesperante debemos sumarle un sistema totalmente superado. Pensamos, por ejemplo, en la atención de los Servicios Sociales Básicos. La mayoría no están atendiendo presencialmente. Esto implica que otros servicios, como el Centre Obert, debemos asumir tareas que no son propias de nuestras funciones. Por ejemplo, nunca antes un Centre Obert había ayudado a tramitar una prestación económica para una familia, pero ahora quizá sí que nos toca; porque, al final, alguien lo tiene que hacer. Y no es ningún secreto que por teléfono no se puede solucionar todo y que las familias necesitan una respuesta real, que las ayude a salir adelante, no una lista de instrucciones de cómo tramitar la ayuda, paso a paso.

Este aislamiento que sufren las familias, no es un aislamiento físico, únicamente. Es mucho más que eso: es no tener a alguien cara a cara que te responda, es estar mucho rato esperando en el teléfono para que alguien conteste, es pelearte durante horas delante del ordenador para intentar entender si tu hijo o hija tiene deberes o no… Es mucho más que estar aislado en casa.

Esto nos lleva a lo que decíamos antes, porque acaba siendo un pez que se muerde la cola. Establecemos relaciones deshumanizadoras, que merman la dignidad de las personas. Necesitamos más formación como profesionales, y las personas usuarias necesitan más información para no sentirse desprotegidas de un sistema desbordado. Decimos que son relaciones más deshumanizadoras porque ahora todo queda reducido, como mucho, a la palabra. ¿Qué ha pasado con las caricias? ¿Los abrazos? Toda esta comunicación que, como vemos, no es solo verbal, nos ayudaba a acercarnos al otro, a mostrar un clima de respeto hacia las realidades ajenas. Una mirada podía llegar a partes donde la palabra no lo conseguía. ¿Y cómo lo tenemos que hacer ahora?, ¿por teléfono?

Queda claro que nos tenemos que reinventar y adaptar a esta nueva realidad que nos ha tocado vivir para poder dar respuesta a las necesidades actuales. Debemos adaptar el sistema para dar respuestas reales a las demandas de las personas.

Imagen de Marek Studzinski en Pixabay 

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