Dos banderas (I)

Dos banderas (I)

Josep M. Margenat. Hace medio año escribí en este blog 25 reglas para un discernimiento social. Era una relación de puntos. Hoy propongo un ejercicio necesario, incluso urgente, para el que no me encuentro preparado, pero que no puedo eludir. Me pregunto dónde se juegan, nos jugamos, las mujeres y los hombres de nuestro tiempo, el carácter humano y humanizador de nuestra civilización. Solo sé que allí donde ocurra ese “juego”, debemos estar, debo estar. Confieso mi incertidumbre y mi perplejidad. ¿Dónde y cómo debo estar? Ciertamente no lo sé, pero siempre pienso en los dos avisos con que Gaston Fessard se dirigió a la opinión francesa, desde el aún clandestino cuaderno Témoignage chrétien: tened cuidado, no vayáis a perder vuestra alma (France, prends garde de perdre ton âme, 1941). Cinco años después, cuando la amenaza ya no era el nazismo y sus cómplices franceses, los seguidores de Pétain y los que se habían ocultado tras serlo, sino la fascinación comunista-soviética, el jesuita normando (1897-1978) publicó un nuevo cuaderno, ése ya no clandestinamente, con otro aviso importante: «France prends garde de perdre ta liberté» («Francia, ten cuidado de no perder tu libertad»). Alma y libertad. También ahora podemos perderlas. Por un lado, la lectura de la apasionante multi-biografía de Géraldine Schwarz, Los amnésicos. Historia de una familia europea (París 2017), publicada en castellano en 2019, me deja siempre una pregunta, un aviso: ¿no seré yo mismo, no estaré siendo, un “Mitläufer”? Por otro lado, la práctica de los ejercicios me ayuda y me exige plantear una y otra vez la necesidad de discernir “los engaños del mal caudillo” (Ejercicios espirituales de san Ignacio, 139:1). Me atrevo a resumir los tres campos a los que el caudillo de todos los enemigos querrá engañarme, atraerme o seducirme con “engaños cubiertos y perversas intenciones” (Ejercicios espirituales, 332:2): seguridad biopolítica, enfrentamiento y división. Por eso es ineludible saber bajo qué bandera militamos pacíficamente.

Ante estas posibles seducciones, propongo estas tres actitudes y propósitos: amistad social con una fraternidad cosmopolita y arraigada, cuidado de la vida, de la tierra y de las personas, por encima del miedo y unidad en lo esencial, pacto y diálogo como única terapia social. Vivimos en un país que ha sido rico en su capacidad para crear y sostener tejido social, en su realización de la amistad social. Tenemos capital social, a lo que me refiero más adelante. Muchos han reconocido, hemos llamado, a ese capital social, catalanismo cívico, diferente del meramente cultural y del político. Desde el catalanismo cívico que es nuestra raíz y ha de ser desbloqueado, pretendo aproximarme al campo y colocarme bajo la bandera justa. El catalanismo cívico funda una actitud de reconocimiento del otro en aquellos, otra u otro, con quienes es posible acordar objetivos intermedios de cooperación social, de desarrollo cultural, de amistad fraterna. Quizá a esto se refiere la última encíclica de papa Francisco, Fratelli Tutti, sobre la amistad social y la fraternidad. Veamos uno tras otro, los tres escenarios donde ejercer el discernimiento.

La penúltima crisis capitalista, la de 2020, nos va a llevar a una lucha geopolítica intensa, en la que, en realidad, estamos inmersos desde hace años. Hemos de estar preparados. El mundo no es ni va a ser como nos gustaría que fuese. Otro mundo no es posible por el hecho de declamarlo, hay que construirlo. No hay mayor necedad que afirmar que “otro mundo es posible” –un eslogan bastante vacuo, como todas sus variantes– y creer que por ello ya estamos a punto de lograrlo. Lo que hay que hacer es rebelarse, afirmarse en decir no (“diguem no”, Raimon 1963) a este mundo, este sí imposible e inviable, un caos más que “mundus”. Estamos en los prolegómenos de un enfrentamiento mundial por los recursos naturales, siempre escasos. El enfrentamiento llevará a una guerra geopolítica que dividirá el mundo en dos campos: el de los que tienen o acaparan recursos, del que queda excluida otra parte. La respuesta a la pandemia no va a ser pacífica, como no lo fue la respuesta a la crisis financiera y económica de 2007-2008, la primera crisis del neocapitalismo después de 1973. Después de aquella, quedamos más desiguales, más empobrecidos relativamente y con unas clases medias debilitadas. Ese ha sido el caldo de cultivo del llamado nacional-populismo, que no se va a acabar pues desde hace muchos años la crisis capitalista es sistémica, se ha hecho tendencia permanente. De la crisis salieron ganando los que ya estaban ganando antes, los demás quedaron peor. No podemos ser ingenuos: si “grippamos” el ascensor social, si se deterioran las instituciones, si la calidad democrática desciende continuamente, si la corrupción se convierte en un magma confuso en que se instala nuestro imaginario, si aumentan las desigualdades, la capacidad de respuesta se va debilitando poco a poco. Los fuertes ofrecerán seguridad, aunque sea mintiendo o manipulando las medias verdades. Cada día más, las ofertas de seguridad de todo tipo nos atraerán. Cuando los recursos para responder a las amenazas a la vida sean más escasos, nos sentiremos más tentados a pagar libertad e igualdad, y no digamos fraternidad, a cambio de garantizar seguridad, lo que ya ocurrió en la transición postimperial del siglo V al siglo VIII en media Europa occidental. Ante el riesgo imaginado, o real, de nuestra seguridad, los discursos del odio y la aporofobia tienen un campo extenso y cómodo para instalarse, también en medio de nosotros. ¡Cuidado!

Hemos entrado en la era del enfrentamiento. La respuesta a esta lógica perversa no está en el irenismo ni en el buenismo. En la era del enfrentamiento tendemos a la polarización de posiciones, al rechazo del otro, a la construcción del enemigo, hoy el refugiado, el inmigrante, la minoría étnica, ¿mañana? La pandemia está produciendo exclusión, miedo, separación, inseguridad. Con ingenuidad no podemos afrontar esta situación, que es fruto del mal, es decir del pecado estructural y del personal, de ambos. Existe el mal porque hay una responsabilidad en quienes hacen –hacemos– o buscan el mal, que produce la injusticia o la mentira como resultado. La injusticia secuestra la verdad, la destruye, la enfanga, la bloquea, la retiene. Todo eso quiere decir el verbo “katechô” que usa san Pablo en la carta a los Romanos (1:18). Hay un mal que impide el paso al bien, que retrasa la plenitud del bien. ¿De qué lado estamos?, ¿bajo qué bandera?, ¿en qué campo?, ¿o somos simples “Mitläufer”, es decir, grises paseantes sin bandera ni compromiso? La era del enfrentamiento acaba de empezar, es decir, quizá empezó hace cuatro años en Estados Unidos, o hace veinte años en España cuando los conservadores ganaron unas elecciones por primera vez en España con mayoría absoluta, o veinticinco cuando tras el hundimiento del comunismo europeo unos defendían un capitalismo social como alternativa al capitalismo neoliberal y otros empezaron a construir el enemigo, es decir, a excluir a todos los que no aceptaban el así llamado “consenso de Washington” (1995), o hace cuarenta años en Inglaterra, cuando ganó el gobierno Thatcher. Aquel “consenso” excluyente era destructor de humanidad. Para entender esta sociedad nos hace falta adentrarnos en la teoría de la democracia compleja a que se refiere Daniel Innerarity, frente a las simplificaciones, entremos en la complejidad, el espesor de lo real, la “espesura” diría Juan de la Cruz, frente a los emotivismos primarios, podemos proponer dialogar y discernir juntos. No siempre es fácil, pero es el único camino. No querer tener siempre toda la razón, sino escuchar e intentar entender. Nos vendría bien recordar aquel presupuesto de los Ejercicios sobre el diálogo como método y como mediación. Lo propuso Pablo, papa Montini, en su encíclica inaugural, Ecclesiam suam (1964). Podemos afrontar el enfrentamiento sin provocar más división en el cuerpo político. Siempre nos podemos preguntar: ¿qué es lo que más ayuda aquí y ahora a que no crezca el enfrentamiento? Con elegancia, con inteligencia, con sutilidad, con claridad, podemos preguntárnoslo, pero nunca habríamos de “echar más leña al fuego”. Podemos contribuir a que no aumente el odio. Podemos, ¿queremos? En España también nos hemos ido sometiendo a esa dinámica desde que se intentó hacer tabla rasa de la transición. Eso ocurrió en el año 2000. No podemos olvidarlo. Todo lo demás vino después, pero alguien sigue siendo responsable de haber querido cambiar las reglas del juego, otros de pretenderlo, aunque sin la suficiente lucidez para no caer en las trampas de la mentira. En Cataluña muchos, de una parte y de otra, se han empeñado en destruir lo que une, en enfrentar, aunque muchos no quieran, no queramos entrar en este enfrentamiento. Desde 2003, desde 2004, desde 2006, desde 2010, desde 2012, desde 2015, desde 2017, desde 2020, unos y otros actores juegan a enfrentar. El catalanismo cívico había ayudado a construir un país y a vertebrar una sociedad que ahora unos quieren destruir y otros no entienden ni saben cómo destruir. Tenemos derecho a conservar ese capital social y tenemos obligación de ser lúcidos. En esta situación, el enfrentamiento no es el camino, es el problema. Los que quieran enfrenamiento, que hasta ahora solo ha cosechado fracasos, uno tras otro, pueden seguir intentándolo, pero otros podemos recorrer otro camino. Es posible. Basta con proponérselo. No se trata de equidistancias ni de inhibiciones, lo propio de los “Mitläufer”. Se trata de claridad.

Imagen de S K en Pixabay 

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