Construyó un palacio, amó generosamente, escribió versos

Construyó un palacio, amó generosamente, escribió versos

Rosa RamosHay una diferencia entre los cuentos y las historias. Al menos eso me inspira a pensar León Felipe quien se dolía de tantos cuentos con los que nos adormecen: “… los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos…”; en tanto -creo- las historias nos despiertan y nos mueven a caminar con sentido, en dirección elegida, esa nuestra, única y compartida, tantas veces hoy en peligro de perderse en deambulares.

Esta es la historia de Antonio, un hombre del siglo pasado, que llegó a un nuevo mundo en el vientre de su madre, que ya llevaba otros dos pequeños de la mano, dejando detrás una tierra, una lengua y un mundo lejanos.

Fue alumbrado en 1900, signado no solo por aquella distancia y pérdida de referencias que debió sufrir su madre, sino por otra: su padre falleció antes de que él naciera.

Muchas veces escuché relatos de este “abuelo amado” -al decir de Niko Kazantzakis- a una nieta que atesoró su recuerdo, pero fue el encuentro con sus propios escritos lo que me conmovió profundamente y mueve hoy a escribir en procura de compartir algo de su misterio o, quizá, más honestamente, de intentar asomarme y desentrañar algo del elusivo misterio humano que siempre me maravilla.

Es posible que Antonio trajera, sin saberlo, grabada en su cuerpecito en gestación, “una orden más cretense” como aquella que el escritor griego recibiera de su abuelo amado: “¡Llega hasta donde no puedas!”. Aunque su origen era Nápoles, no Creta. Si no, ¿cómo explicarse que aquel niño huérfano, que trabajó desde los cinco años, a la orden de un padrastro, con escasa escuela, llegara a escribir versos libres, sin métrica precisa o aprendida, pero tan bellos? O, acaso, ¿también él luchó con Dios una madrugada, como Jacob, hasta arrancarle una bendición?

La caza del paisaje es el único libro publicado con los poemas de Antonio Améndola. Lo curioso es que él en 1940, con cuarenta años anunció ese libro, ese título, pero de hecho fue publicado en 1978 poco después de su muerte. Cuarenta años después, en el 2018, Beatriz, su nieta mayor, preparó con mucho amor una nueva edición, disponiendo que fuera para regalar, para hacer volar libres como pájaros aquellos casi cincuenta poemas y un cuento breve. Como dice ella: cifras bíblicas, pues cuarenta años caminó el pueblo por el desierto hasta la tierra prometida y cuarenta días ayunó Jesús antes de emprender la prédica del Reinado de Dios.

Los poemas revelan a la persona, es ella la que provoca mi asombro reverente. El trabajo de ocho horas diarias de Antonio fue la construcción nada menos que del Palacio Legislativo del país. Allí gastó sus manos y desarrolló su inteligencia, cultivando primero diálogos con obreros como él, con artistas que decoraron el suntuoso y elegante Palacio, con políticos que luego lo ocuparon para legislar. Seguramente observando y escuchando mucho, pero también leyendo vorazmente muchos libros que la biblioteca del lugar ofreció a la ciudadanía una vez inaugurado. Como funcionario trabajó en el Palacio Legislativo hasta jubilarse.

No obstante mantenía dos trabajos más: en las madrugadas siguió yendo -desde aquellos sus cinco años- al mercado a comprar frutas y verduras que comercializaba. No sé cuándo ni con quién aprendió otro oficio al que se dedicaba por las noches: lustrar “a muñeca” muebles finos que le encargaban las familias pudientes. Los tres trabajos le permitían mantener a la familia grande, sin quitarle jamás la extraña alegría, la capacidad “loca” de soñar y de amar mucho.

Santa Teresa resumía su vida y su fe así: “Se trata de amar mucho”. Simple y ardua tarea.

Mucho amó. Amó la vida, la naturaleza que lo embelesaba, inspiraba y recreaba, a la gente, a tantos amigos. Mucho amó a su esposa Adela, con la que tuvo nueve hijos “que a su vez me dieron nietos y bisnietos en cantidad tal que hoy pueblan alegres mi soledad”. Ella era dulce, serena, hacendosa, “bella, con perfil de camafeo” y tenía el corazón siempre abierto, para dar sin que se notara. Un recuerdo familiar retrata su estatura: “…cuando el dinero no alcanzaba, compraba pan del día anterior, más barato, lo cortaba, hacía tostadas y lo mojaba con agua caliente y azúcar. Volvía exquisito lo viejo…con su ternura y su silencio”.

Si Antonio era “como una estrella loca, en la cordura del paisaje”, la serenidad, la ternura, pero también esa inteligencia y capacidad de “salida al toro” de Adela en tiempos difíciles, ilustra bien el “hogar”, “nido pleno”, la base segura del molino loco de Antonio. Sus versos brillan, cantan y vuelan como los pájaros porque su ser hondo había hecho nido en la cotidianidad y sencillez de la familia, en el esfuerzo y sueños compartidos con su esposa.

No diré nada del valor literario de sus escritos, no soy especialista, hablo del ser humano que las rendijas de sus versos dejan entrever y del misterio de conocer, de “comulgar” -podría decir-, con alguien que entró en el azul tan apreciado-anhelado hace tantos años y del que me llega su soplo, su pneuma, por lo escrito hace aún más tiempo.

Quien ve, intuye, ama, sueña y escribe, lanza una botella al mar para que alguien, no importa quién ni cuándo, la recoja. Eso hizo aquel hombre y resulta que recorriendo orillas en busca de tesoros que el viento transporta como al polen, acabo de encontrarla.

Descubrí una inteligencia cultivada no en universidades sino con los amigos en el Ateneo. Así era de fermental esta ciudad hace un siglo, donde los intelectuales y los que amaban las letras -aunque sólo tuvieran hecha la escuela primaria- compartían sus escritos, sus miradas, se corregían, se estimulaban, aprendían unos de otros con alegría y sencillez de corazón.

Descubrí una exquisita sensibilidad por la belleza y ante la vida misma en todas sus formas: árboles, pájaros: “pétalos liberados de alguna extraña flor”, lagos, estrellas –por eso Antonio vivía “a la caza del paisaje” a distintas horas del día. También sensibilidad y sensualidad ante las mujeres: como tantos poetas escribe a los ojos o a los pechos que prometen paraísos, pero nunca había leído que alguien “volara” contemplando “el nácar rosa” de unas rodillas. No falta en sus poemas la contemplación de los niños -sus hijos- en sus juegos, ni deja de detenerse en la soledad y el silencio, los que también aprenderá a aceptar y amar en la viudez.

Su capacidad de observación de detalles y de movimientos es notable. Byung Chul Han, el filósofo coreano-alemán, añora esa capacidad de “detenerse y contemplar”, que ve perdida en la contemporánea sociedad del rendimiento. También añora “el aroma perdido del tiempo” y clama ante “la agonía del eros”. Pues este obrero poeta del siglo pasado es un exponente de esa calidad y calidez humana que invita a recuperar o reinventar la contemplación de los paisajes naturales, tanto como de los meandros interiores del ser humano.

Don Antonio, pero también el joven Antonio, era un contemplativo… Me llegó en su botella lanzada al mar esa invitación a no dejar de contemplar maravillada lo cotidiano, así como los instantes fugaces como asomos preciosos de eternidad. Todos podemos recoger la invitación a ser hoy también contemplativos; él pudo serlo y lo cultivó, aún trabajando en tres oficios, procurando el sustento para una familia grande, durmiendo poco y soñando mucho despierto.

Adivino también que detrás de sus relatos, de sus versos, de sus cantos y risas, de su cercanía moldeadora de los nietos, lo habitaba la nostalgia de un paraíso soñado, de un mundo más justo, más semejante al perfecto canto y aleteo de los pájaros que él tan bien distinguía en su belleza única.

En un poema, dedicado al hornero, un pájaro que abunda en estas tierras, se ve su sensibilidad social: “Canta pájaro de alas pardas/ la alegría pura y tremenda/ de construir tu propia casa./ Al hombre lo apena/ construir siempre la ajena”. Él con esfuerzo logró construir su propia casa y más tarde una en la playa para que disfrutaran sus nietos. En otro poema escribe sobre las chimeneas cercanas al puerto, allí dice: “Sinfonía de chimeneas/ con señales de humo, de esclava pena…”. Me recuerda a otro verso del cantautor José Carbajal sobre las fábricas: “se termina el hombre, cuando suena el pito”.

Otro rasgo de este hombre que asoma tras las rendijas de sus versos es una especie de mística, de síntesis entre elementos de la religión católica -que mamó seguramente de su madre y de su entorno- y otros de los paisajes que tanto le enseñaban. Una mística “pan-en-teísta”, que en todo puede descubrir, a la vez que desear más, a Dios.

Dios aparece en muchos de sus poemas, también la oración, la hostia, pero ese encuentro y comunión se dan fundamentalmente en la naturaleza: los pinos con su forma elevan las manos en una plegaria, el autor contemplando la figura y canto del jilguero queda con los ojos limpios “y mi espíritu/ como en Dios mojado”. Al igual que a San Agustín las bellezas lo elevaban a la Belleza y colman su sed de verdad: “A mí me alcanza lo que Dios puso en la tierra:/ ave… flor… mujer… y estrella.”

Antonio hace gala de un rico vocabulario, al estilo de los escritores de hace un siglo, pero palabras simples y transparentes como “azul”, “cielo”, “miel”, “néctar”, “vuelo”, “tarde”, “pájaros”, “alegría”, “estrella”, “novia”, “pleno”… son las que más se repiten en sus poemas. No hice el ejercicio de contarlas, quizá renuncie a ello para quedarme asomada a la rendija por la que entra la luz -que no se disfruta más sabiendo su longitud de onda-. Esos sus términos preferidos dejan entrever su alma para quienes no lo conocimos.

Vuelvo al hombre, porque dije que no haría una valoración literaria. Vuelvo con gozo a contemplar a ese niño Antonio, a ese joven enamorado, esposo, padre, a ese hombre autodidacta que bebió con fruición paisajes y libros, al trabajador incansable, al abuelo admirado, que tanto enseñó con la poesía de su vida a nietos y bisnietos.

En este hombre se hace visible la capacidad humana de aceptar y asumir las carencias, los límites, las circunstancias adversas, con grandeza de alma. Precisamente en ese asumir y redimir se intuye un fuego antiguo e inextinguible que permite transmutar lo que podría aniquilar; una energía que siendo humana nos trasciende, porque es siempre recibida, que podemos acoger, hacer nuestra, pero debemos entregar. En su caso se plasmó y donó en versos, cantos y sueños altos o fuertes como sus árboles amados.

Esta es apenas una mirada admirada y agradecida a la historia de Antonio, el que construyó a sabiendas y con orgullo un Palacio valorado por sus mármoles y belleza; el que amó generosamente a una gran familia, a compañeros y vecinos; el que escribió versos vaya a saber en qué horas del día o de la noche, apoyado en qué mesas y con qué lápiz de albañil.

Intuyo, siento, que trajo en el vientre de su madre una misión enorme encomendada por un abuelo ignoto e indómito allende los mares. Misión que cumplió pero no cerró, legó a su vez para que siga madurando en los inviernos y fructificando en los veranos.

¡Gracias don Antonio Améndola por su vida, rendija abierta al Misterio Humano!

Caricatura de don Antonio Améndola realizada por un amigo. Imagen facilitada por la autora.

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