Moria y el sufrimiento disuasorio

Moria y el sufrimiento disuasorio

José Ignacio Garcia. En la vida hay muchas situaciones en las que tomar partido es complicado, unas veces porque las situaciones están llenas de matices, y otras veces, porque las consecuencias no son evidentes. Sin embargo, en lo que se refiere al caso de Moria, el campo de demandantes de asilo en la isla griega de Lesbos, hay una enorme coincidencia en que su existencia es una vergüenza inexcusable para Europa, y más concretamente para Grecia. Políticos de todo color y rango han expresado su disconformidad con este lugar. Entonces ¿por qué sigue abierto?, ¿por qué siguen miles de personas atrapadas en ese infierno?

Hay situaciones que exigen respuestas complejas, sin embargo, hay otras situaciones que tienen explicaciones bastante sencillas. Moria, se explica con muy pocas razones. No es un asunto muy sofisticado. Entonces ¿por qué no se resuelve?, ¿por qué no se arregla?, ¿por qué no desaparece?

Moria existe, en primer lugar, para disuadir. Se trata de que los millones de sirios que se encuentran en Turquía, o los miles de personas que han llegado hasta Turquía desde otros lugares del mundo, sepan que entrar en Europa no es tan sencillo. Que primero habrá que pasar meses, incluso años, en condiciones deplorables antes de que algún rayo de esperanza ilumine el camino a la Unión Europea. La mínima seguridad que se ofrece en Moria se ve castigada con condiciones penosas de vida. Condiciones inaceptables desde ningún criterio de los establecidos en los estándares de recepción que recoge el sistema europeo de asilo.

Y la disuasión sirve para poco porque siguen llegando personas. Como se ve en lugares tan diferentes como Ceuta y Melilla o Estados Unidos las fronteras no son infranqueables, al contrario, se han inventado para permitir el acceso, por eso, reducir a cero la migración es una quimera imposible. Y mientras tanto, miles de personas siguen sufriendo porque se les ha convertido en objetos disuasorios.

Moria existe porque así lo ha decidido el gobierno griego y así lo mantiene desde hace cinco años. Moria podría desaparecer mañana mismo si el gobierno griego así lo decide. También podría ser diferente: más seguro, más limpio, más ordenado…, podría ser un lugar decente. Pero el gobierno griego no quiere. El gobierno griego ha mantenido a miles de personas en condiciones deplorables, nunca ha sido un secreto. Moria es uno de los campos de refugiados más fotografiado del mundo, del que se han escrito más crónicas. Todo el mundo sabía, y sabe, lo que pasa allí. El gobierno griego también, por supuesto. Pero decidió mantenerlo y sigue empeñado en ese esfuerzo ¿Por qué? Porque quiere usar a las personas allí cobijadas para disuadir a otros que vengan, porque espera que el sufrimiento y las penurias hagan que algunas personas quiebren en su ánimo y pidan regresar abandonando su intención de instalarse en Europa; y en último término, porque piensa que esos miles de personas no deberían estar allí, que Grecia no tiene por qué cargar con esa responsabilidad y por eso limita sus esfuerzos al máximo.

Grecia está obligada, por el sistema común de asilo, a procesar las solicitudes de asilo de los que han llegado a Europa a través de su territorio. No es ninguna novedad, es así desde 2003. Pero como cualquier procedimiento administrativo se puede hacer bien o mal, deprisa o despacio. En Moria los procedimientos son lentos, muy lentos, muchos meses de espera para una entrevista, más meses para una respuesta… Por supuesto, nadie lo reconocerá, pero actuar así está pensado para provocar la desesperación y el abandono. Disuasión más desesperación, es un cóctel demoledor.

Moria existe porque el resto de los países de la UE, y la propia Comisión, así lo han aceptado. Todos saben lo que pasa, allí no hay sorpresas. Pero la solidaridad y la responsabilidad dentro de la Unión están en horas bajas. La Comisión alega, y es justo reconocerlo, que son decenas de miles los que han pasado por Moria y ahora están en diferentes países de la Unión. Es la satisfacción del deber cumplido. Pero no es suficiente, más de doce mil personas esperan una respuesta. Y seguirán llegando. La Unión Europea tiene que rehacer su política de migración y asilo, y esto es mucho más fácil decirlo que hacerlo. Lamentablemente la migración se ha convertido en un arma arrojadiza en el debate político, lo último que debería ser. Porque la migración no es una mercancía más, no puede tratarse como las importaciones de fruta o las cuotas de pesca. Son personas y merecen el máximo reconocimiento. Y más lamentable todavía, el asilo -algo de lo que nos podíamos sentir legítimamente orgullosos los europeos- se ha difuminado, se ha rebajado su noble ambición -la de proteger- para convertirlo en un batiburrillo de procedimientos y resoluciones incapaz de reconocer el miedo y la persecución.

Moria existe porque la sociedad civil es muy débil, mucho. Llevamos varios años gritando. Para nada. Moria, como tantas situaciones injustas, es resistente a cualquier intento de cambio, incluso es resistente al fuego: en unas pocas semanas se había replicado. Moria es resistente a la denuncia, a los manifiestos, a las cartas, a los reportajes de jóvenes periodistas y viejos fotógrafos. Moria puede con todo porque la sociedad civil, las ONG, las asociaciones, los colegios, las universidades, las parroquias, los voluntarios, la gente de buena voluntad, todos juntos o por separado, tenemos poca fuerza. La denuncia es un ejercicio imprescindible en una sociedad que no quiere perder su dignidad, pero la denuncia sola no logra la decencia. Para ser decentes debemos comportarnos como tales, no basta con la intención.

Moria existe porque hay guerra en Siria. Y la comunidad internacional ha sido incapaz de lograr la paz, o al menos la estabilidad, en esa zona del mundo. Todos han preferido alimentar el fuego en lugar de apagar la hoguera. Y más de once millones de personas lo han perdido todo. Y por eso han huido, y por eso necesitan rehacer sus vidas. La guerra en Siria fue el último brote de una primavera que no llegó a cuajar. Y mientras tanto, Rusia juega a seguir siendo potencia, la UE se atasca en sus tensiones internas y los Estados Unidos deciden que ya no les interesa este mundo sino cómo hacer su casa más grande. La guerra de Siria se ha convertido en un tablero de múltiples intereses, prácticamente imposibles de conciliar, y la perspectiva de que se prolongue en el tiempo, con la violencia y brutalidad que ha adquirido, debería ser un estímulo para no dejar de buscar la paz.

Moria existe para nuestra vergüenza. Para que nos demos cuenta de que es muy fácil robar la dignidad y generar injusticia. Que eso no solo pasa en otros lugares del mundo, sino que también sucede aquí, en la confortable Europa. Solo ciudadanos avergonzados e informados podrán movilizar la opinión pública en un modo nuevo que consiga que nuestros líderes políticos valoren más la desaparición de Moria que este cálculo cortoplacista, y erróneo, que lleva a sostener las actuales condiciones indignas que buscan la disuasión y la frustración.

Moria existe para el dolor y el sufrimiento de los que están allí. No tiene más fin, no es necesario para nada. Ellos son las víctimas inocentes de todo lo que gira a su alrededor. Solo su afán de superación, y su resistencia, ofrece un poco de dignidad en todo este drama. Las personas que están allí no son héroes, tampoco son santos, son víctimas de la guerra y de la pobreza. Unas podrán quedarse en Europa porque podrán demostrar el miedo razonable a volver a su país; otras no podrán, y serán devueltas a su país de origen o a un tercero. Todo es posible, los procedimientos están ahí para aplicarse. Pero para hacer eso, para aplicar la ley, Europa no necesita humillar, denigrar y maltratar a nadie. Respetar la dignidad del otro, nos dignifica a nosotros también.

Imagen extraída de: Wikimedia Commons

Para continuar haciendo posible nuestra labor de reflexión, necesitamos tu apoyo.