El sistema de casta: una manera distinta de mirar el racismo

El sistema de casta: una manera distinta de mirar el racismo

David BrooksAcabo de leer el nuevo libro de Isabel Wilkerson, llamado sencillamente Casta. Creo que es uno de los libros más importantes que he leído desde hace mucho tiempo. Ella es una reportera afroamericana que ha estudiado el sistema de casta en la India, entre los nazis de Alemania durante los años 30 del siglo pasado, y en los Estados Unidos con las personas de raza negra. Aunque iré refiriéndome a algunas de sus ideas básicas, quisiera decir desde el principio que mi mayor crítica de la obra es que la autora no va suficientemente lejos en su análisis. En cuanto a los Estados Unidos, ella empieza con la llegada de los primeros africanos a las colonias inglesas en el 1619; en Alemania comienza con el éxito eleccionario de Hitler en 1932. Para mí, el sistema de casta tiene sus raíces en las primeras civilizaciones del Medio Oriente y ha crecido y se ha extendido por los grandes imperios de Egipto, Grecia, Roma y España hasta el presente. Parece algo tan arraigado en la naturaleza humana que cuesta mucho arrancarla de la vida personal y más aún de la cultura en que vivimos.

Según el diccionario de la RAE, la palabra “casta” se deriva de la palabra gótica “kastan”. Así que los godos sabían lo que era porque existía en su sociedad. Sus castas se basaban en las armas: los superiores eran los que exhibían más destreza en el uso de lanzas o espadas. Los romanos crearon divisiones basadas en la antigüedad de la familia y en la posesión de la ciudadanía romana, entre otras cosas. Los griegos, los egipcios y los persas establecieron sus culturas sobre los hombros de esclavos, los vencidos en guerra. Desde luego el rango en la India se fundamenta en el oficio que uno ocupa en la sociedad, como militar, carpintero o limpiador de baños. Es importante notar que las distintas castas no se distinguían por el color de la piel (raza) sino por otra característica que variaba de una civilización a otra. Lo que tenían en común era que siempre había superiores e inferiores, algunos que tenían todas las ventajas de la educación, riqueza y poder y algunos que se quedaban aparte, en la pobreza, sin posibilidades de subir la escala social. Los de arriba no solamente los despreciaban, sino que creaban sistemas para mantener firmemente las posiciones relativas de las varias castas. Los sistemas de casta nunca favorecen a los de abajo.

Cuando yo tenía unos 4 o 5 años, solía jugar fuera de la casa durante el verano. Soy de descendencia italiana y mi piel se doraba hasta el punto de ponerme muy moreno. Un día mi abuelo me llevó a un parque infantil con columpios. En un incidente que jamás he olvidado, otros niños empezaron a decirme palabrotas, identificándome como negro, y se negaron a usar el mismo columpio que yo, ni a jugar conmigo. Obviamente me sentí humillado, pero desde entonces me he dado cuenta como yo, en el pueblo pequeño donde me criaba, había absorbido algunas de las mismas actitudes. Parece mentira ahora, pero durante los primeros seis años de mi educación, yo no tuve ningún contacto con un niño de raza negra. Mis padres me “protegían” de ellos. Durante muchos años seguí mirándolos como objeto de curiosidad que me hacían sentir incómodo y que yo tenía que evitar. No es que pensaba discriminarloss u oprimirlos de alguna manera. Sencillamente no eran de mi «casta» y por eso me tocaba vivir aparte.

En su libro, la señora Wilkerson describe lo que ella llama los “ocho pilares” de la casta.

  • El primero es que la separación de castas pretende ser establecida y ordenada por la religión. La casta dominante ha sido bendecida por Dios y las subordinadas no lo son. En EE. UU., por ejemplo, la Biblia se usaba para justificar la opresión de la raza negra; en Alemania fueron los judíos quienes sufrían a causa de la maldición de Dios.
  • El segundo pilar es la necesidad de que se herede la característica que define la casta. Un Intocable en la India desciende de otros y pasa la casta a sus hijos. No se puede salir nunca de la casta dada al nacimiento.
  • Luego viene el pilar importante de la endogamia, o sea, el sistema legal que ordena que uno solamente se puede casar con otro miembro de la misma casta. Por eso se prohibían los matrimonios entre blancos y negros en Sudáfrica y Estados Unidos.
  • Cuarto, el desarrollo de la pureza de la casta que se tiene que mantener a toda costa. Ni se puede usar los mismos baños, comedores, utensilios, etc. de la casta inferior, para que la superior no se manche con el contacto. En la India los Intocables no pueden dejar que ni su sombra caiga en los de casta superior.
  • Quinto, la división del trabajo. Los miembros de cada casta solamente pueden ejercer el tipo de trabajo que les pertenezca. Uno está predestinado por la casta a ser carpintero, por ejemplo, y no puede poner otro negocio.
  • Sexto, es necesario deshumanizar a los inferiores. Los nazis convencieron a los demás de que los judíos eran subhumanos y por eso hacía falta eliminarlos de la tierra.
  • En séptimo lugar, para mantener el sistema de la casta es necesario hacerlo por la fuerza, el terror, que extiende a todas las castas. En los EE. UU. los negros sufrían latigazos y hasta ahorcamientos para castigar su desobediencia, pero los blancos vivían en terror de que pudieran rebelarse los negros y asesinarlos.
  • Por último, la casta dominada se considera inferior por naturaleza y por eso es necesario tratarlos así. Aunque se eduquen, aunque el presidente Obama fuera abogado graduado de Harvard, siempre se debían considerar inferiores a cualquier miembro de la casta dominante.

El sistema de casta afecta e infecta todas nuestras relaciones sociales, incluyendo nuestra relación con el planeta que habitamos. Yo sé que esa frase es una generalización muy amplia, pero me he dado cuenta, analizando mis propias actitudes y las de otros, que la casta es algo intrínseco, imperceptible a la consciencia muchas veces y, sin embargo, real. Rige las reacciones, el vocabulario que usamos, nuestras amistades, donde vivimos. Comenzamos desde el punto de que hay una desigualdad entre “yo y mi grupo” y “ellos”. Y no es solamente que pertenezco a una casta superior; me puedo sentir parte de una casta inferior también al mismo tiempo. En la mayor parte del mundo la casta no se ha establecido por ley. No hay barreras legales o físicas que se tengan que atravesar. Las fronteras las creo yo. Su construcción es automática por todas las razones mencionadas arriba. Heredamos la casta y la idea de la necesidad de casta de nuestros antepasados. Probablemente nuestros padres se encontraron y se casaron porque eran de la misma casta. Tenemos miedo cuando hacemos amistad con alguien, ¿lo aceptarán mi familia y los otros de mi casta? Todo esto está reforzado por nuestra educación o la falta de ella.

Durante casi toda mi vida, desde que aprendí castellano, una gran preocupación y el foco de mi ministerio han sido los latinos en los Estados Unidos. Muchos de ellos llegaron de países donde el sistema de la casta forma parte de la vida diaria y ha prevalecido desde la época de los conquistadores españoles. Los rangos sociales se formaron según la pureza de sangre: blancos puros, criollos, mestizos, indios, esclavos. Las castas todavía existen. Al migrar a los Estados Unidos, los latinos se han encontrado con una situación semejante pero peor. Su casta se considera debajo de la de los negros. En la India el apellido de uno lo identifica como parte de cierta casta. Es igual para los latinos, a lo que se añade su lengua, y en ocasiones su falta de “papeles” que los tacha de “ilegales”. Hasta su religión los marca como casta.

Una pregunta: ¿Por qué existe el sistema de castas en el mundo moderno? Si todo el mundo entiende que es algo humillante que no se ha impuesto por ley en ningún país actual. ¿Qué es la fuerza que tiene sobre las mentes y cuerpos de tanta gente? Dejo una respuesta completa a los sociólogos y psicólogos. Para mí, ningún sistema perdura si no hay ventajas para los participantes. Las ventajas para la casta dominante son obvias: poder, privilegios, riqueza, ocio. Para las castas dominadas hay cierta comodidad en saber el papel que uno tiene que hacer en la sociedad. No hay preocupación para mejorarse. Un campesino siempre es campesino. Sus padres eran y sus hijos serán campesinos. El terrateniente es el que manda y siempre mandará, hasta en la gobernación del país.

Por supuesto, se me puede decir que es posible remontar las barreras de casta, crear otro tipo de relaciones sociales y vencer la ignorancia y superstición. Y yo diría que sí, desde luego. Hay muchos ejemplos diarios hasta en nuestras propias vidas. Puedo creer que “la raza” es una categoría artificial, muchas veces basada en el color de la piel. Y así es. Pero si me encuentro con alguien de raza negra, por ejemplo, ¿voy a negar que es negro? No estoy ciego. ¿Puedo reconocer mi reacción inmediata que tiene que ver con casta y decidir que voy a actuar de otra manera? Obviamente, sí. Estamos condicionados a mirar todo y a todos a través de los espejuelos de casta, primero que nada. Luego, podemos decidir seguir otros caminos, otros instintos, y explorar nuevos territorios fuera de nuestra casta. El prejuicio es precisamente eso, un “pre-juicio”. Es el juicio que hacemos basado en la casta, la reacción espontánea a una persona o situación desconocida. Es mi decisión aceptarlo o no.

En los últimos días, el papa Francisco ha firmado una encíclica nueva con el título Fratelli tutti (Hermanos todos). Propone que todos los seres humanos somos iguales, tanto físicamente como a los ojos de Dios. Todos tenemos una común heredad y compartimos todos un hogar común. Por eso no es justo, no es lo que nos pide Jesús, cuando hay tanta desigualdad de recursos, cuando existen diferencias basadas en el racismo, la pobreza, la falta de educación. No es posible justificar que el 90% de la riqueza de la tierra esté en manos del 1% de la población, que grandes poblaciones estén controlados por el terror y la fuerza de armas, que las libertades básicas se quiten bajo la excusa de la defensa nacional. Lo que el papa desea es que todos aceptemos el mandamiento de amor que nos dio Jesús y que vivamos de acuerdo con él. Eso por definición incluye la aceptación de todos los otros seres humanos como iguales.

No llegamos nunca al punto deseado por Francisco si no podemos abolir la mentalidad de casta que nos controla. El primer paso en esa abolición es el reconocimiento de su existencia. Es como la situación que experimentamos con la pandemia COVID. Hay países y gobiernos que no reconocen su existencia o su potencia y las consecuencias para la gente, especialmente para los desvalidos y pobres, son desastrosas. En otros países han visto la realidad, la han aceptado y la han superado. Una vez que nosotros como individuos nos fijamos en la realidad, en el hecho de que todos tenemos prejuicios de casta, de que vamos a cumplir con esos prejuicios si no tomamos otra ruta, es cuando las divisiones de casta empiezan a desaparecer. No es que se van a derretir como la nieve en la primavera y tendremos un mundo perfecto. Nos va a costar trabajo y la voluntad de desempeñarlo.

Imagen de Михаил Мамонтов en Pixabay 

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