El sentimiento de pérdida

El sentimiento de pérdida

Pedro Moya Milanés. Entre las calamidades con que el coronavirus ha castigado a nuestras sociedades en el ámbito de lo psicológico, lo emocional o lo espiritual, se encuentra el fuerte sentimiento de pérdida que ha dejado en nuestras identidades individuales y colectivas. Más allá de los destrozos ocasionados en la economía y los trabajos, cuyas secuelas y consecuencias se trasladan al ámbito de las vidas de las personas y familias, me refiero aquí, en el plano individual, al sentimiento de pérdida que acompaña a la montaña de fallecimientos y víctimas que la pandemia nos ha traído y que de nuevo repunta como amenaza fatídica.

Y esto afecta a los que se van y a los que se quedan: la pérdida sumida en el desconcierto de los que irremediablemente se enfrentan y claudican ante la muerte, las víctimas, así como la pérdida en forma de orfandad súbita que se apodera de sus seres más queridos. Se dirá que esto ocurre en mayor o menor medida en todas las muertes y con todas las víctimas. Pero esta pandemia conlleva unos ribetes propios que hacen del tránsito de la vida a la muerte un proceso particularmente doloroso. Me refiero no solo a la soledad, vacío o abandono, que siempre envuelve la atmósfera de toda muerte, sino a la “solitariedad” con que en la mayoría de los casos las víctimas se han tenido que enfrentar. Han sido muertes sin adiós, sin despedida…, privadas del alivio que humaniza un acontecimiento tan trágico. Ya no es que se han ido, sino cómo se han ido. Se han ido solos y en solitario. Ya lo decía el poeta Marcial en el año 64 d.C.: “Más triste que la muerte es la manera de morir”.

La perplejidad que ocasiona  esta forma de morir viene tal vez del hecho de que no estamos acostumbrados a ella. Son en cierto modo muertes “contra natura”. En parte se parecen a otras formas de morir, también imprevisibles, inesperadas, súbitas, ya sea por accidente o por hecho violento. Pero en estos casos, por su carácter repentino, las víctimas no se dan cuenta de que se mueren, no afrontan de manera consciente un “proceso de morir” y eso, en cierto modo, deja en sus seres queridos un sentimiento de alivio por la ausencia de sufrimiento que todo proceso de morir acarrea (“al menos no sufrió, se fue sin enterarse….”).

Luego están las muertes previsibles, más o menos esperadas, en las que tanto el paciente como su entorno familiar pueden prepararse y encarar el proceso. Son muertes “acompañadas”, lo cual es reconfortante, dentro del desgarro y la tristeza, para todos los implicados. Las estadísticas nos dicen que en países industrializados como el nuestro, el 70% de las personas muere en un hospital. De esta forma de morir leí recientemente unas interesantes reflexiones del Dr. Enric Benito, de la Sociedad Española de Cuidados Paliativos, en las que afirmaba que ”la muerte es un proceso natural en el que la persona necesita intimidad, ser reconocida, no tener dolor, tener un entorno de afecto, seguridad y confianza y ser cuidada integralmente para poder cumplir tres tareas: la primera, aceptar lo vivido con todas sus luces y sombras; la segunda, conectar con lo querido porque necesitamos perdonar y sentirnos perdonados y reconocidos; y la tercera, entregarse a lo pertenecido, a su fe o a sus convicciones hondas…”. Todo ello forma parte de un  proceso que se inicia con una fase de caos, miedo, incertidumbre y lucha, de resistencia a la realidad e incluso de negación de la misma. En una fase siguiente, las resistencias a morir se ablandan y se da paso a una aceptación del hecho inexorable. Y finalmente, puede abrirse paso una verdadera “sanación”, un cierto transcender, un  “pasar y conocer” y llegar así a una  conciencia que no se tenía antes, a la emergencia de un potencial interno que antes desconocían.

Volviendo a las muertes por coronavirus en las UCI de los hospitales, se diría que son muertes que por su naturaleza no están destinadas a ser vividas o sufridas “en solitario”. No es lo que se espera de ellas. Sin embargo, la víctima afronta, además de su muerte, la ausencia de su despedida. Nadie de los suyos le acompaña en el proceso, ni le ve morir, y ni siquiera estos pueden organizar un acto post mortem, en el que puedan juntos recordarle y abrazarse. El proceso de morir al que las víctimas se ven abocadas está muy lejos del tránsito pacífico y ordenado descrito con anterioridad, porque les falta un tiempo razonable para su asimilación y, sobre todo, el elemento esencial del acompañamiento. Los pacientes se enfrentan solitarios a su itinerario final desprovistos del calor y confortabilidad de la presencia física de sus seres más queridos. Los testimonios de especialistas, intensivistas, cuidadores, responsables de paliativos…, coinciden en la transcendencia terapéutica de dicha presencia, que gestionada con la empatía y sensibilidad requerida puede hacer del acto de morir un acontecimiento no solo humano sino también humanizado.

Es realmente difícil explorar y desentrañar la maraña de sentimientos que ahogan el alma de quien tiene que enfrentarse a una muerte consciente en soledad, en la que entre la víctima y sus seres queridos se erige un abismo forzoso de silencio. En el alma poética de Mario Benedetti, en su poema “Fuego mudo”, he intuido una cierta aproximación…

A veces el silencio
convoca algarabías
parodias de coraje
espejismos de duende
tangos a contrapelo
desconsoladas rabias
pregones de la muerte
sed y hambre de vos

pero otras veces
es solamente silencio
soledad como un roble
desierto sin oasis
nave desarbolada
tristeza que gotea
alrededor de escombros
fuego mudo

Imagen de Sabine van Erp en Pixabay 

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