Fratelli tutti. Algunos apuntes sobre el rostro social de la nueva y valiente encíclica 

Fratelli tutti. Algunos apuntes sobre el rostro social de la nueva y valiente encíclica 

Eduardo Rojo Torrecilla. Después del Ángelus del domigo 4 de octubre, el papa Francisco explicó lo siguiente: “Ayer fui a Asís para firmar la nueva encíclica, Fratelli tutti, sobre la fraternidad y la amistad social. Se la ofrecí a Dios en la tumba de San Francisco, en quien me inspiré como en la anterior Laudato si’. Los signos de los tiempos muestran claramente que la fraternidad humana y el cuidado de la creación son el único camino hacia el desarrollo integral y la paz como ya indicaron los santos papas Juan XXIII, Pablo VI y Juan Pablo II”.

En su introducción, el papa, tras recordar que las cuestiones relacionadas con la fraternidad y la amistad social han estado siempre entre sus preocupaciones, y que durante los últimos años se ha referido a ellas “reiteradas veces y en diversos lugares”, y así se manifestará en el texto por las numerosas referencias a intervenciones anteriores, expone que se trata de una encíclica social que pretende ser “un humilde aporte a la reflexión para que, frente a diversas y actuales formas de eliminar o de ignorar a otros, seamos capaces de reaccionar con un nuevo sueño de fraternidad y de amistad social que no se quede en las palabras”, y que, si bien está escrita desde “mis convicciones cristianas, que me alientan y me nutren, he procurado hacerlo de tal manera que la reflexión se abra al diálogo con todas las personas de buena voluntad”.

Toda la encíclica es social, ya que se preocupa por los problemas reales y no virtuales, de nuestras sociedades, si bien en algunos momentos se acerca mucho más a cuestiones presentes en el día a día y que nos marcan como personas, y desde luego que con especial atención a quienes somos creyentes. Son de dichas cuestiones de las que me ocupo a continuación, sin dejar de recomendar su lectura íntegra, porque solo así podrá apreciarse el auténtico valor del texto, que estoy seguro de que recibirá muchas alabanzas pero también muchas críticas, y de estas últimas no pocas, aunque sean la mayoría “en voz baja”, en el seno de la propia comunidad creyente que no desea mirar más allá de su propia, y protegida, realidad y que no se preocupa realmente, aunque lo aparente, de la de los demás, de “los otros”.

Muy probablemente una de las tesis principales del texto queda ya recogida en la introducción al referirse a la pandemia de la Covid-19 y a la necesidad de actuar conjuntamente para abordarla y resolver los problemas que nos afectan a todos, con cambios sustanciales que se dirijan verdaderamente y que presten atención a los problemas reales de la población, en especial de aquellos que son los más desprotegidos, “los últimos”, ya que “si alguien cree que sólo se trataba de hacer funcionar mejor lo que ya hacíamos, o que el único mensaje es que debemos mejorar los sistemas y las reglas ya existentes, está negando la realidad”, tesis que reafirma en el capítulo cuarto al afirmar que en la actualidad “ningún Estado nacional aislado está en condiciones de asegurar el bien común de su propia población”.

El capítulo primero está dedicado a “las sombras de un mundo cerrado”. Nuevamente el papa manifiesta su preocupación por el individualismo y la pérdida de comunidad, y por el deliberado olvido de la historia para pretender, desde intereses bien definidos, construir “desde cero” la nueva realidad, a la par que vaciando de contenido las palabras clave que han servido para construir en el pasado esa comunidad.

Por ello, a Francisco no le duelen prendas al afirmar, citando a Benedicto XVI, que la sociedad cada vez más globalizada “nos hace más cercanos pero no más hermanos”, añadiendo por su parte que “estamos más solos que nunca en este mundo masificado que hace prevalecer los intereses individuales y debilita la dimensión comunitaria de la existencia. Hay más bien mercados, donde las personas cumplen roles de consumidores o de espectadores. El avance de este globalismo favorece normalmente la identidad de los más fuertes que se protegen a sí mismos, pero procura licuar las identidades de las regiones más débiles y pobres, haciéndolas más vulnerables y dependientes”, e introduce ya una manifestación que provocará, una vez más, las iras de quienes dirán que el papa “hace política y no se preocupa por sus problemas de la Iglesia”, cual es que “de este modo la política se vuelve cada vez más frágil frente a los poderes económicos transnacionales que aplican el “divide y reinarás”.

La crítica al individualismo que nos rodea la hace aún más contundente en el capítulo tercero, enfatizando que “no nos hace más libres, más iguales, más hermanos. La mera suma de los intereses individuales no es capaz de generar un mundo mejor para toda la humanidad. Ni siquiera puede preservarnos de tantos males que cada vez se vuelven más globales”, alertando además de que “el individualismo radical es el virus más difícil de vencer. Engaña. Nos hace creer que todo consiste en dar rienda suelta a las propias ambiciones, como si acumulando ambiciones y seguridades individuales pudiéramos construir el bien común”.

Más contundente aún, si cabe, es su crítica a ese ya apuntado vaciado de contenido real de las palabras y de su desarrollo efectivo, que han marcado la construcción en el pasado de sociedades cohesionadas y que ahora se encuentran en grave peligro de “descohesión”: “Un modo eficaz de licuar la conciencia histórica, el pensamiento crítico, la lucha por la justicia y los caminos de integración es vaciar de sentido o manipular las grandes palabras. ¿Qué significan hoy algunas expresiones como democracia, libertad, justicia, unidad? Han sido manoseadas y desfiguradas para utilizarlas como instrumento de dominación, como títulos vacíos de contenido que pueden servir para justificar cualquier acción”. En otro momento de la encíclica se afirma con toda claridad que “nunca se avanza sin memoria, no se evoluciona sin una memoria íntegra y luminosa”. 

Con dureza dialéctica explica cómo son “vaciadas” las perspectivas de mejora y cambio de la población cuando, tal como afirma en un fragmento del capítulo segundo (“un extraño en el camino”) se nos dice que “todo está mal” y se nos lleva al camino del desencanto y desesperanza por pensar que no puedo hacer nada para arreglarlo, siendo así, afirma con contundencia Francisco, que “hundir a un pueblo en el desaliento es el cierre de un círculo perverso perfecto: así obra la dictadura invisible de los verdaderos intereses ocultos, que se adueñaron de los recursos y de la capacidad de opinar y pensar”, al mismo tiempo que le da maravillosamente la vuelta a este argumento y responde que “las dificultades que parecen enormes son la oportunidad para crecer, y no la excusa para la tristeza inerte que favorece el sometimiento”.

Quizás, y este es solo mi muy subjetivo parecer, la tesis central, la “estrella” del documento, aparece en el apartado 127 cuando se abordan los derechos de los pueblos, en el que el papa rechaza la lógica dominante de sumisión (obligada por razón de la deuda) y proclama que “si se acepta el gran principio de los derechos que brotan del solo hecho de poseer la inalienable dignidad humana, es posible aceptar el desafío de soñar y pensar en otra humanidad. Es posible anhelar un planeta que asegure tierra, techo y trabajo para todos. Este es el verdadero camino de la paz, y no la estrategia carente de sentido y corta de miras de sembrar temor y desconfianza ante amenazas externas”.

Ese “vaciado” tan criticado sirve para acallar a las voces críticas, por ejemplo, con la política sobre el medio ambiente, de tal manera (y el papa conoce de primera mano la realidad de lo acaecido en varios países de América del Sur) que cuando se levantan para su defensa “son acalladas o ridiculizadas, disfrazando de racionalidad lo que son solo intereses particulares”, tesis a la que puede añadirse la manifestación de que “lo que es verdad cuando conviene a un poderoso, deja de serlo cuando ya no le beneficia”. Manifestación que también se recoge en otros términos cuando se resalta la necesidad de respetar el orden jurídico, que en muchas ocasiones no se hace por los ciudadanos y países (más poderosos) de tal manera que “si la norma es considerada un instrumento al que se acude cuando resulta favorable y que se elude cuando no lo es, se desatan fuerzas incontrolables que hacen un gran daño a las sociedades, a los más débiles, a la fraternidad, al medio ambiente y a los bienes culturales, con pérdidas irrecuperables para la comunidad global”.

Rechazo u olvido de las necesidades e intereses “de los otros” por parte de aquellos que más tienen, la “cultura del descarte” en la que tantas veces ha insistido Francisco, que vuelve a recordar, y criticar, que “partes de la humanidad parecen sacrificables en beneficio de una selección que favorece a un sector humano digno de vivir sin límites”, y añade una reflexión ya centrada en el mundo del trabajo y que no es nueva porque ya lo afirmaba hace siete años, y por desgracia hemos aprendido poco de aquella crisis que dejó a tantas personas en el camino: el “descarte” se manifiesta de múltiples formas, y una de ellas es “la obsesión por reducir los costos laborales, que no advierte las graves consecuencias que esto ocasiona, porque el desempleo que se produce tiene como efecto directo expandir las fronteras de la pobreza”; y no solo en el mundo del trabajo sino en toda la sociedad reaparece el racismo, algo que, subraya con pleno acierto a mi parecer el papa, demuestra que “los supuestos avances de nuestra sociedad no son tan reales ni están asegurados para siempre”.

La reivindicación del acceso al trabajo sigue siendo insistente en las tesis del papa, quien vuelve a recordar su parecer de que “ayudar a los pobres con dinero debe ser siempre una solución provisoria para resolver urgencias. El gran objetivo debería ser siempre permitirles ‘una vida digna a través del trabajo’. Por más que cambien los mecanismos de producción, la política no puede renunciar al objetivo de lograr que la organización de una sociedad asegure a cada persona alguna manera de aportar sus capacidades y su esfuerzo. Porque ‘no existe peor pobreza que aquella que priva del trabajo y de la dignidad del trabajo’. En una sociedad realmente desarrollada el trabajo es una dimensión irrenunciable de la vida social, ya que no sólo es un modo de ganarse el pan, sino también un cauce para el crecimiento personal, para establecer relaciones sanas, para expresarse a sí mismo, para compartir dones, para sentirse corresponsable en el perfeccionamiento del mundo, y en definitiva para vivir como pueblo”.

Muchas injusticias en nuestro mundo, en suma, “nutridas por visiones antropológicas reductivas y por un modelo económico basado en las ganancias, que no duda en explotar, descartar e incluso matar al hombre”. Critica Francisco la “indiferencia cómoda, fría y globalizada”, que olvida que las mejoras de unos son los sufrimientos de otros y que olvida “que estamos todos en la misma barca”, y que ayudar al cambio mediante el apoyo de las mejoras tecnológicas sería sin duda muy relevante, siempre y cuando, exclama, se acompañe ese avance científico y tecnológico de “una equidad y una inclusión social cada vez mayores”.

Críticas contundentes ante el desprecio de los débiles por los poderosos, que puede tanto “esconderse en formas populistas, que los utilizan demagógicamente para sus fines, o en formas liberales al servicio de los intereses económicos de los poderosos”. Y ya estoy imaginando como estarán cargándose las baterías intelectuales y mediáticas contra el “papa rojo”, el “papa (casi) comunista”, simplemente por reiterar aquello que se está demostrando cada vez como más evidente y mucho más durante esta grave crisis sanitaria: “El mercado solo no resuelve todo, aunque otra vez nos quieran hacer creer este dogma de fe neoliberal. Se trata de un pensamiento pobre, repetitivo, que propone siempre las mismas recetas frente a cualquier desafío que se presente. El neoliberalismo se reproduce a sí mismo sin más, acudiendo al mágico “derrame” o “goteo” —sin nombrarlo— como único camino para resolver los problemas sociales. No se advierte que el supuesto derrame no resuelve la inequidad, que es fuente de nuevas formas de violencia que amenazan el tejido social”. Más contundente aún si cabe es su afirmación de que el tan anunciado fin de la historia (tras la caída del muro de Berlín) no fue tal, y “las recetas dogmáticas de la teoría económica imperante mostraron no ser infalibles”.

Y no se queda en la crítica de las desigualdades e injusticias, sino que aporta las reflexiones que ya hiciera en 2014 con ocasión del encuentro mundial de movimientos populares y subraya que una forma de ser solidario “es luchar contra las causas estructurales de la pobreza, la desigualdad, la falta de trabajo, de tierra y de vivienda, la negación de los derechos sociales y laborales. Es enfrentar los destructores efectos del Imperio del dinero”. Y trayendo a colación a Pablo VI, enfatiza que el derecho a la propiedad privada “sólo puede ser considerado como un derecho natural secundario y derivado del principio del destino universal de los bienes creados, y esto tiene consecuencias muy concretas que deben reflejarse en el funcionamiento de la sociedad. Pero sucede con frecuencia que los derechos secundarios se sobreponen a los prioritarios y originarios, dejándolos sin relevancia práctica”.

Las reflexiones sobre la población migrante están bien presentes en la encíclica, continuando la línea de pensamiento manifestada en sus intervenciones y escritos anteriores, y a la par que revindica la necesidad de tomar en consideración las razones, muchas de ellas totalmente involuntarias (guerra, pobreza, cambio climático) que llevan a muchas personas a buscar nuevos horizontes en busca de una vida digan para ellos y sus familias, también critica el uso de esas personas migrantes a efectos de explotación por parte de quienes, sin ningún escrúpulo, se aprovechan de sus necesidades, tanto en sus países origen como en los de tránsito y de destino, y pide a los poderes públicos de aquellos países de los que provienen gran parte de las migraciones que tomen medidas para que cualquier decisión al respecto sea voluntaria, recordando, con cita de Benedicto XVI, que “hay que reafirmar el derecho a no emigrar, es decir a tener las condiciones para permanecer en la propia tierra”, a la par que reafirma y reivindica “la inalienable dignidad de cada persona humana más allá de su origen, color o religión, y la ley suprema del amor fraterno”.

Y para concluir estas breves notas, al leer la última parte del capítulo primero me he sentido especialmente satisfecho por compartir con Francisco las reflexiones que efectúa, reiterando aquello que manifestó en la primera fase de la pandemia, sobre los “prescindibles” que pasaron a ser “imprescindibles” para garantizar la salud y la seguridad de toda la ciudadanía, y de quienes afirmé en una entrada publicada en este mismo blog el 30 de marzo que “de la misma manera que quienes eran prescindibles (horrorosa palabra referida a personas y que solo utilizo para dar más valor a su contraria, imprescindibles) ahora se reconoce su trabajo (de momento con palabras, y más adelante habrá que pasar, tanto en normas legales como en acuerdos colectivos, a los hechos), también es el momento de prestar especial atención a quienes se encuentran más desprotegidos. En esta tarea, y en el éxito de la misma, se podrá comprobar si la solidaridad es algo más que una palabra”.

Pues bien, Francisco lo sintetizó con suma claridad en este fragmento de una intervención del mes de marzo y ahora recuperada: “La reciente pandemia nos permitió rescatar y valorizar a tantos compañeros y compañeras de viaje que, en el miedo, reaccionaron donando la propia vida. Fuimos capaces de reconocer cómo nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas comunes que, sin lugar a dudas, escribieron los acontecimientos decisivos de nuestra historia compartida: médicos, enfermeros y enfermeras, farmacéuticos, empleados de los supermercados, personal de limpieza, cuidadores, transportistas, hombres y mujeres que trabajan para proporcionar servicios esenciales y seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas… comprendieron que nadie se salva solo”.

Y ahora, lean por favor la encíclica. Vale realmente la pena.

Imagen extraída de: Vatican News

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