Educar desde la (in)certidumbre

Educar desde la (in)certidumbre

Claustre Besora Baraldès. A estas alturas sobran discursos sobre educación. Sobre todo, aquellos que hacen uso de un vocabulario bastante decepcionante sobre las oportunidades perdidas, los problemas de sociabilidad, también los de aprendizaje, el bienestar, el equilibrio emocional, la convivencia, las desigualdades sociales, culturales, tecnológicas… Palabras surgidas del mundo educativo y del no tan educativo ante la anómala situación que hemos sufrido a consecuencia del confinamiento. Todo ha sido demasiado político y poco se ha escuchado a los expertos en educación y a los principales afectados: maestros y alumnos.

La palabra incertidumbre ha tomado el protagonismo: ella ha sido la gran responsable de todo; la depositaria de todos los miedos y las dudas. Nos ha sustraído la habilidad de prever el futuro y ello ha provocado que tuviéramos que parar y enfocarnos en el presente. un presente sin escuela, sin edificios de referencia, pero, ¿sin educación?

No. Rotundamente no. La educación no va ligada «necesariamente» a un espacio físico, a paredes, puertas y ventanas; el hecho educativo lo encontramos en la cotidianidad, en la experiencia compartida, donde haya anhelo de conocimiento, en el reto de vivir la vida.

Porque educar es acompañar un proyecto de vida, ofrecer las herramientas necesarias para despertar en el educando aquello a que está llamado a ser. Acompañar a cada uno de nuestros alumnos de forma individual, conociendo sus circunstancias y su situación personal.

Hacerse preguntas, poner al alcance el conocimiento, invitar al descubrimiento, experimentar, investigar, errar, rectificar, avanzar… No son competencias grupales, sino individuales que merecen respuestas individuales del acompañante. Estemos donde estemos -entre las paredes de la escuela, en casa o en la calle- y con quien tengamos al lado -compañeros, familia, vecinos…-. Todas las situaciones, todos los acontecimientos, todas las relaciones, son fuente de aprendizaje, que finalmente tendrá sentido si se tiene un objetivo socializador.

La única condición necesaria para hacer frente a una educación concebida como el camino natural de pleno desarrollo de la persona es tener la certeza de que un cambio de paradigma en la educación se ha extendido por todo el mundo en pocos meses y que no hay vacuna de vuelta atrás.

Por lo tanto, lo que tenemos a mano después de la experiencia «confinamiento COVID» son unas cuantas certezas que no podemos obviar ya que de ellas se derivan apasionantes retos para el futuro de la educación y de nuestros alumnos.

 

La familia se reivindica como principal agente educador

De repente, el confinamiento le ha retornado a la familia el papel al que no puede renunciar: es la principal y primera responsable de la educación de sus hijos. He dicho retornar, porque la ha tenido siempre, pero a la vez este papel ha sido secuestrado por una sociedad excesivamente paternalista y protectora que ha provocado una dejadez inconsciente de las responsabilidades personales y ha cargado todo el peso educativo en la escuela.

Hemos visto la angustia y escuchado voces de progenitores desbordados ante el rol educativo; otros han preferido ignorarlo, y unos cuantos más la han disfrutado compartiéndolo con la escuela. El hecho de abrir la puerta «virtual» de la escuela a la familia, como nunca nos lo hubiéramos pensado, nos lleva a plantear el primer reto

Reto: Familia y escuela deben repensar y tomar decisiones conjuntamente sobre el modelo educativo.

 

El alumno es capaz de aprender a pesar de que no vaya a la escuela

La gran noticia es que los alumnos no necesitan la presencialidad continuada del maestro para aprender. Y tampoco necesitan estar encerrados en una clase manteniendo un horario estricto. Nos lo han confirmado durante el confinamiento. La virtualidad ha dejado atrás la esclavitud de la presencialidad. Y la atención más personal ha ganado terreno. Hemos podido escuchar, en palabras de algunos docentes, que nunca como ahora se había tenido un conocimiento tan detallado de cada uno de los alumnos. Las tutorías personalizadas, la acogida de las emociones, el descubrimiento de habilidades escondidas a menudo por el factor grupo, el seguimiento de la consecución académica… Que el alumno es el centro del aprendizaje lo tenemos escrito en muchos de los documentos de escuela; en la práctica, ha sido necesario un descalabro para creerlo.

Reto: Las propuestas educativas deben ser individualizadas. Apostar por el portfolio y por la autonomía del alumno en su proceso de aprendizaje.

 

El docente no es el propietario del conocimiento

Incluso la etimología de las palabras nos han hecho un flaco favor. «Maestro» viene del latín magister (el que está más experimentado en una actividad cualquiera y dirige y ordena) y nos lo creímos. Tanto, que ha costado y sigue costando que los docentes contemplen por todos lados una transformación radical de su rol. Lo iniciamos con la incorporación de nuevas metodologías y modificaciones de espacios y de tiempo, pero, ¡ay!, ha sido en esta situación, cuando los alumnos se han desvanecido de nuestra presencia, cuando hemos caído plenamente en ello.

Hemos tenido maestros escépticos que se han preguntado constantemente por los contenidos de aprendizaje y han querido clonar sus métodos buscando la mejor manera para hacer exámenes con cuestionarios. Otros, más innovadores, se han focalizado en las competencias y han sido más creativos en los planteamientos. Pero finalmente, parecía que si no se podían recoger evidencias, fueran del tipo que fueran, no quedaba registrado el aprendizaje.

¿Realmente tenemos claro que no poseemos el conocimiento y que tan solo tenemos pequeñas semillas para sembrar? Nuestro rol se parece al del campesino que prepara la tierra, la siembra y cuida. Y cuanto más cuidado tenga, mejores frutos nacerán.

El maestro no puede desaparecer, este hecho es innegable. Ahora bien, está en sus manos el verdadero cambio.

Retos: Modificar las metodologías arraigadas en la figura del maestro como propietario del conocimiento y ofrecerse como guía y facilitador del aprendizaje.

 

Una escuela del vivir por encima de la escuela de los contenidos

Nos encontramos vendidos. Los contenidos que queríamos trabajar quedaron totalmente descontextualizados desde el primer día del confinamiento. Pocos nos sirvieron para ayudar a nuestros alumnos a hacerse cargo de lo que estaba pasando y tuvimos que dar al trabajo de la resiliencia un asiento de primera fila. ¿Por qué se nos rompieron los esquemas de un día para otro? ¿Qué tipo de escuela tenemos definido en nuestros idearios? ¿Qué proyecto defendemos ante la sociedad?

El decreto de autonomía de centros, que ya tiene un recorrido de más de 10 años, nos permite aplicar los criterios de organización pedagógica, las prioridades y planteamientos educativos, los procedimientos de inclusión educativa, los valores y objetivos que rigen el aprendizaje de la convivencia, y otras actuaciones que caracterizan el centro. Todo ello bien envuelto y presentado con la etiqueta de «Proyecto educativo».

En estos momentos urge más que nunca replantearse los proyectos educativos y repensar la finalidad de nuestros centros. Si los queremos «espacios de vida» donde crece la vida y se aprende a vivir, tendremos que tener la valentía de diseñarlo de esta manera. Todos los agentes educativos estamos implicados. No lo podemos hacer solos.

Retos: Replantear el proyecto educativo para que desarrolle un currículo para la vida.

Consultar: Future Competences and the Future of Curriculum. International Bureau of Education-UNESCO, 2017.

 

Los gobiernos tienen la obligación de proporcionar los recursos

En Cataluña hay más de 100 municipios que tienen conexiones wifi gratuitas en espacios públicos como plazas, parques, museos, bibliotecas y centros de salud. Se promociona como si fuera un gran logro, subvencionado en muchos casos por la UE. Además, para llegar a cubrir los 947 municipios catalanes todavía hay mucho trabajo por hacer. Todo esto está muy bien, es un alentador comienzo, pero quizás habría que ampliar la red wifi pública a todos los centros educativos sin hacer diferencias y, ¿por qué no?, soñar con «ciudades conectadas».

Nuestra sociedad debe dar una respuesta integrada y comunitaria a las necesidades educativas. Esto es lo que dicen los planes de entorno. Hasta ahora nos han preocupado el acceso al deporte, a las actividades de ocio, el apoyo familiar… Ahora han surgido nuevas necesidades a las que hay que dar respuesta. Es su responsabilidad. Se lo debemos exigir.

Retos: Organizar la ciudad como espacio educativo y como facilitador de recursos para el aprendizaje. Una ciudad conectada con el conocimiento y con el mundo.

 

Recogidas estas certezas, que no están todas y seguramente admiten tantas discrepancias como experiencias vividas, no nos queda más opción que negarnos a volver a la «normalidad». No podemos seguir haciendo lo que hemos hecho hasta ahora. Sería arrogante por nuestra parte no reconocer los errores cometidos y no querer asumirlos como aprendizajes. Habrá que idear y compartir más que nunca. Con todo, nos ha quedado muy claro que la escuela es más que el aula y que toda actuación que no se haga de corazón a corazón no merece llamarse magisterio. Con presencialidad o virtualidad. Esta es nuestra nueva realidad.

Septiembre, tiempo de cosecha. Este año los hongos han dañado mucha viña. Los aguaceros y las tormentas han hecho daño cuando menos se esperaba. Pero la vendimia no admite discusiones, se debe hacer sí o sí. Se debe dar espacio a los brotes nuevos.

Nosotros hemos cosechado mucho vino nuevo durante todos estos meses. Se ha hecho con mucho esfuerzo, sin contar el tiempo dedicado. Mucho aprendizaje nuevo, surgido de las dificultades. Y ahora nos queda la duda: ¿dónde lo pondremos?

«Tampoco ponen vino nuevo en odres viejos, los odres reventarían, se estropearían y el vino se derramaría. El vino nuevo debe ponerse en odres nuevos, y así se conservan odres y vino». Mt 9,17

¿Os animáis a construir odres nuevos?

Imagen de Vural Yavaş en Pixabay 

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