El Espíritu no está en huelga

El Espíritu no está en huelga

Víctor CodinaHace unos días, al acabar una conferencia vía Zoom a Bolivia, sobre las interpelaciones de la pandemia a la vida cristiana, la coordinadora del evento resumió mi charla y la respuesta a las preguntas en una frase que yo había dicho como de paso: “el Espíritu no está en huelga”. Quisiera ahora explicarlo.

Sabemos que hay bastantes cristianos que podrían repetir las palabras de aquellos discípulos de Éfeso que dijeron a Pablo que ni siquiera habían oído decir que hubiera Espíritu Santo (Hechos 19,2).

Es verdad que citamos al Espíritu al santiguarnos, al rezar el Gloria y el Credo, pero esto influye poco en nuestra vida. Y nos sucede lo que el patriarca de la Iglesia oriental, Ignacio IV de Antioquía, expresó lúcidamente: “Sin Espíritu Santo, Dios está lejos, Jesucristo en el pasado, el evangelio es letra muerta, la Iglesia es una simple organización, la autoridad es un despotismo, la misión es propaganda, el culto es un mero recuerdo y nuestro actuar es una moral de esclavos. (…) Pero en el Espíritu, Cristo resucitado está aquí presente, el evangelio es poder de vida, la Iglesia significa la comunión trinitaria, la autoridad es un servicio liberador, la misión es un nuevo Pentecostés, la liturgia es memorial y anticipación y el actuar humano es divinizado”.

Estas palabras de Ignacio IV se pueden ampliar, pues el Espíritu no está encerrado en la Iglesia: ya estaba presente en la creación, es el Espíritu Creador, Señor y dador de vida, que aleteaba en el caos original (Gn 1,2) e hizo surgir el cosmos, plantas, flores, peces, pájaros y bestias, el que comunica al ser humano una vida plena, sin fin, divina, filial.

El Espíritu está presente en la historia de salvación. Según Ireneo, obispo y mártir de Lyon del siglo II, el Antiguo Testamento es el tiempo del Espíritu. Detrás de Abrahán, de los patriarcas y profetas, detrás del éxodo, de la tierra prometida, del exilio y el post-exilio, está el Espíritu preparando los caminos del Señor, haciendo que mujeres estériles sean fecundas y que de los huesos secos del pueblo de Israel surja vida (Ez 37,1-14)

Pero el Espíritu actúa de modo especial en el Nuevo Testamento: desciende sobre María para que engendre a Jesús (Lc 2,35), desciende sobre Jesús en el bautismo (Lc 3, 22) y le unge para que anuncie el evangelio a los pobres (Lc 4,16-21), pase por el mundo haciendo el bien y curando a todos los oprimidos (Hch10, 38); el Espíritu le llena de gozo porque el Padre ha revelado los misterios del Reino a los pobres y sencillos (Lc 10,21). El Espíritu brota del costado traspasado del crucificado (Jn 19,34) y es el gran don pascual que el Resucitado comunica a los discípulos (Jn 20,22-23) y a la Iglesia naciente (Hch 2). El Espíritu que resucitó a Jesús de entre los muertos, es el que nos resucitará a nosotros después de la muerte (Rm 8,11), el Espíritu que nos comunica la filiación divina, de modo que podemos llamar a Dios Padre ( Gal 4,6) y llamar a Jesús, Señor (1 Cor 12,3).

Este Espíritu hace surgir las Escrituras y guía la vida de la Iglesia a lo largo de la historia, en medio de noches oscuras, persecuciones, inviernos eclesiales, dificultades y pecados, es una Iglesia santa y pecadora, casta prostituta. El Espíritu da a la Iglesia dones y carismas, jerárquicos y no jerárquicos y es fuente de vida y de santidad, la rejuvenece constantemente y la renueva por dentro. Es dinamismo, es vida, no es sustantivo, sino verbo, siempre nuevo y sorprendente, a veces nos sabemos de dónde viene ni adónde va (Jn 3).

Pero este Espíritu creador no se limita a Israel ni a la Iglesia, sino que llena el universo (Sab 7), fecunda toda la historia, alienta culturas, religiones, humanismos, movimientos artísticos, sociales y políticos al servicio de los derechos humanos, de la ecología y la liberación. Todo cuanto hay de bueno y bello en la historia de la humanidad, en pensamiento, música y artes plásticas, catedrales, mezquitas y pagodas, avances científicos, servicio al pueblo, espiritualidad y mística, todas las personas entregadas al bien de los demás, médicos, educadores y educadoras, trabajadores y trabajadoras de todo tipo, madres y padres de familia, voluntarios, misioneros, pobres que luchan por sobrevivir cada día, pero no desesperan, tienen hijos y compran flores; donde hay amor, bondad, perdón y belleza, allí está presente el Espíritu: de Francisco de Asís a Monseñor Romero, de Gandhi a Luther King y Mandela, de Teresa de Calcuta a Etty Hillesum y Dorothy Stang y a los santos “de la puerta de al lado”.

Ciertamente el Espíritu no actúa químicamente puro, se mezcla con las impurezas y limitaciones humanas, siempre es necesario discernir los signos de los tiempos, pero siempre se halla presente y actúa, nunca se fatiga.

Y ahora podemos volver a nuestra situación actual. Además de la violencia estructural, de la destrucción de la naturaleza, de la exclusión de los pobres, del machismo, de algunos dirigentes mundiales dignos de psiquiátrico, ahora sufrimos la pandemia del coronavirus, con millares de enfermos, muertos, situaciones angustiosas de dolor y soledad, una gran crisis económica, caos y oscuridad sobre el futuro.

¿Dios se ha olvidado de nosotros? ¿No hay futuro? ¿Vale la pena vivir, amar, tener hijos, luchar por un mundo mejor, por una Iglesia más evangélica, fraternal y en salida, por una Iglesia de los pobres? ¿O solo nos queda la amargura y el desengaño, devolver el billete de la vida?

Aquí podemos retomar la frase inicial: el Espíritu nunca está en huelga, nunca nos abandona, es el Espíritu del Padre y de Jesús, es fuente de vida y de esperanza, de amor y perdón, es viento, fuego, agua, vientre materno que engendra vida. No podemos ser profetas de calamidades, podemos esperar contra toda esperanza (Rm 4, 8), no es mero optimismo psicológico, es esperanza teologal (Rm 8), es la visión mística: «todo estará bien” (Juliana de Norwich).

No podemos extinguir el Espíritu (1 Tes 5,19), es necesaria nuestra conversión y colaboración, caminar hacia un mundo diferente y nuevo, tejer nuevas relaciones de comunión, personales, con la naturaleza y con Dios, vivir al estilo de Jesús. Nada puede ser igual que antes, hemos de trabajar por un mundo más justo y solidario, sobrio, que no destroce el planeta, respete culturas y religiones, haga justicia a pobres, mujeres, jóvenes, indígenas, ancianos y niños.

Pidamos que venga a nosotros su Reino, que venga a nosotros su Espíritu, un Espíritu que no está en huelga.

Imagen de Manu Nayak en Pixabay

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