Juego y cuerpo en el contexto de pandemia

Juego y cuerpo en el contexto de pandemia

Juan Pablo Espinosa ArceEl teólogo protestante, educador, poeta y psicoanalista brasileño Rubem Alves (15 de septiembre de 1933-Campinas, 19 de julio de 2014) representa un espacio de intersección entre la sabiduría académica y el conocimiento popular. Llegué a su lectura gracias a invitaciones, implícitas y explícitas, de compañeros de camino de la educación teológica. Cuando en el año 2019 dicté el curso Teología y metáfora en la Universidad Alberto Hurtado (Chile) la lectura de su obra La teología como juego (Editorial La Aurora, Buenos Aires, 1982) se realizó de manera más atenta tratando de captar lo central de una metodología teológica creativa y creadora, imaginativa y lúdica, erótica y mística. Busqué en esa época pensar cómo el juego constituía un modelo interpretativo de la realidad y cómo ese mismo modelo nos ayuda a comprender al Dios que nos sale al encuentro en cada acontecimiento. Estos días he vuelto a mis apuntes de ese curso y trato de ensayar, de balbucear alguna palabra que ayude a recuperar el ánimo (dentro de sus naturales posibilidades y limitaciones) en medio del contexto de la pandemia.

I.

Una de las actividades que todo ser humano realiza es jugar. Descubrimos el mundo a base de juegos. El juego es definido por Rubem Alves como “una actividad no productiva, no tiene por objeto la producción de algo” (La teología como juego, 130). Lo que el juego produce en sí mismo es placer. Por ello es que esta actividad está vinculada directamente con el eros y el cuerpo. Con la mención de lo erótico no estamos reduciendo el concepto a lo genital (aunque claramente lo incluye), sino que estamos ampliándolo a la vinculación, a la socialización, a la dimensión política, afectiva, y también teológica en cuanto a través de nuestra emoción, de los afectos, del cuerpo, nos vinculamos con Dios.

El erotismo y el placer pueden ser entendidos también como felicidad y alegría. El disfrute aparece con un fin en sí mismo. Por ello Rubem Alves declara que “el juego es eso: un fin en sí mismo para ser disfrutado, algo que produce placer” (La teología como juego, 130). Los niños cuando juegan experimentan placer. Henri Bergson sostiene la importancia de lo cómico como dimensión filosófica. La alegría y el disfrute surgen cuando la persona es capaz de compartir de lo suyo para que el otro, sobre todo el que menos posee, tenga una estabilidad mejor. En contextos de pandemia las ollas comunes, por ejemplo, son esa forma de organización erótico-afectivo-fisiológica en donde se vinculan estrechamente la nutrición física y la nutrición anímica.

Junto con ello, en la lógica interpretativa del juego-placer-eros-cuerpo, ingresan dos dispositivos que permiten que la esperanza se mantenga viva en medio de situaciones de profunda desesperanza. Hablamos de los deseos y de las fantasías, de los “sueños despiertos” habló Ernst Bloch –luego retomado por autores como Andrés Torres Queiruga en su obra Esperanza a pesar del mal– de las ensoñaciones de un tiempo mejor para todos. Este tiempo mejor, tiempo nuevo y transformado es el tiempo de la presencia del Reino y de la resurrección que aguijonea el aguijón mismo de la muerte. En el deseo y las fantasías hay una búsqueda interminable del amor. En el juego el amor ingresa como movilización de proyectos comunes. En la época de la pandemia donde la normalidad se derrumba, hemos tenido que ser capaces de reimaginar nuestra vida desde experiencias que siendo tan cotidianas se han vuelto extraordinarias y resistentes. Hacer pan, comer juntos, escribir, pintar, salir a trabajar porque así lo exige el contrato, ver morir a nuestros cercanos, llamadas por aquí y por allá, son situaciones que han debido resignificarse de tal manera para encontrar en ellas espacios de sobrevivencia. Y la sobrevivencia es animada por la esperanza.

La importancia de la búsqueda, de la puesta entre paréntesis de ciertas lógicas acumulativas para aprender a vivir con lo necesario, a volver al contacto más íntimo, a la escucha, a la valoración del llanto y de la angustia, a aprender que las emociones son buenas y son parte de cada uno de nosotros son elementos que también entran en la lógica del juego. Parece también el reconocimiento de la función utópica y la función anticipadora del Reino y su justicia. Anhelamos el tiempo nuevo. Y, desde una mirada de fe, podemos ser capaces de discernir cómo en cada acto de bondad ya encontramos un anticipo de ese Reino, pequeño y frágil, pero anticipo esperanzado.

II.

Con ello, Rubem Alves propone una primera conclusión: “nuestro cuerpo puede danzar al son de una música que pocos oyen, que nos viene del futuro, en alas de la imaginación y la esperanza” (p.131). Con ello, ingresa en la indagatoria de Alves el factor cuerpo. En contextos de pandemia el cuerpo representa un espacio se importancia fundamental:

– Nos cuidamos; nos cuidan; me cuido.
– El cuerpo se contamina con la presencia del virus: puede sobrevivir y fallecer.
– El cuerpo se descubre y se valora desde una perspectiva de salud-salvación tanto en el contacto afectivo-sexual como también espiritual.
– El cuerpo permanece en un espacio protegido (casa).
– El cuerpo se resiente por el anhelo y la falta de contacto con los otros.
– El cuerpo se alegra y sufre, se angustia y se esperanza.

Desde la perspectiva de Rubem Alves y La teología como juego el cuerpo tiene las siguientes características:

– Nos conecta con el mundo.
– Manifiesta las emociones y el placer las cuales nos permiten vincularnos con los otros.
– Los cuerpos “tienen una significación teológica” (La teología como juego, p.132) la cual es expresada por Rubem Alves en los siguientes términos: “en los juegos del amor los cuerpos alcanzan su más alta significación porque allí se libran de la maldición de ser medios para convertirse puramente en fines en sí mismos. Cada cuerpo es un juego divertido que disfruta y hace disfrutar” (La teología como juego, p.132). Por ello cada cuerpo, dice Alves, reclama por libertad y placer.

Con ello, finalmente, podemos pensar el cuerpo como espacio de resistencia, de transgresión a la lógica acumulativa-económica a una espiritualidad de lo cotidiano, a la mística de la experiencia. De alguna manera que la Palabra de Dios, Jesucristo, se hiciera ser humano marca una espiritualidad de la resistencia. En la teología del juego, en la teología de la metáfora y pienso en la teología pensada y vivida en la pandemia, debemos reconocer esa resistencia que se enfrenta a una determinada imagen que genera un discurso alienante o que no comunica cuestiones profundas y que priva al ser humano de experimentar la acción del Dios que se nos acerca en la pandemia.

Imagen de Free-Photos en Pixabay 

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