El Evangelio de la noviolencia

El Evangelio de la noviolencia

Moisés MatoLa obediencia al Evangelio y la desobediencia a los poderes fácticos frecuentemente son el anverso y el reverso de la misma realidad. Cuando lo que está en juego es el deber de justicia y el servicio a la verdad, ¿qué le corresponde a Dios y qué al César? Las crónicas de la Iglesia previa a Constantino relatan numerosos hechos que hoy podríamos catalogar de actos de insumisión y desobediencia. Cuando el soldado Maximiliano se presentó ante el procónsul para informarle de que su condición de cristiano le impedía servir en el ejercito argumentó que debía cumplir con el mandato de no matar. Salvó su conciencia, pero perdió la vida. En esas circunstancias no había nada para el César. La forma en como algunos han vivido su fe a los largo de los siglos y las experiencias de noviolencia de los últimos ciento cincuenta años, muchas inspiradas en el Evangelio, dan buena cuenta de que los imperativos de la conciencia en muchas ocasiones no permiten margen a los intereses bastardos del césar de turno.

Tolstoi decía que todo lo que sabía, lo sabía por amor, uniéndose así a una fecunda tradición que relaciona intrínsecamente el amor con el conocimiento y con la verdad. Veritas in caritate y caritas in veritate, el amor y la verdad que se iluminan recíprocamente. El mensaje de Jesús se resume en el mandamiento del amor y el experimento (que diría Gandhi) de la noviolencia podríamos traducirlo sin lugar a dudas como “amor político”. Coinciden en la centralidad del amor, pero también en el imperativo de la verdad. La expresión Satyagraha, acuñada por Gandhi para referirse a la noviolencia, apunta a la necesidad de empeñarnos en la búsqueda de la verdad como el camino ineludible para alcanzar la justicia y la libertad. “Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” sentencia el evangelio de Juan diecinueve siglos antes (Jn 8,32). La noviolencia, con su luces y sus sombras, demuestra en medio de la historia que es posible transformar la realidad rompiendo las lógicas dominantes. La guerra, la mentira, el afán de poder, el máximo beneficio, la manipulación, el control, la violencia estructural…, siguen operando hoy como motores de cambio y transformación. Frente a ellos la noviolencia ensaya posibilidades de un cambio cultural, una ruptura de la mentalidad, una “conversión” fundada en el amor y la verdad. Tanto la vivencia del Evangelio como lo mejor de la tradición noviolenta han aportado a la humanidad la evidencia de que ese ideal era posible. Sí, se puede vencer el odio con amor y se puede romper la espiral de violencia con acciones noviolentas. Cuando eso ocurre también se le está dando la oportunidad al césar de turno de colocarse en su sitio, de no apropiarse de lo que no le pertenece.

El Sermón de la Montaña (Mt 5,1;7,28) ha sido uno de los textos más influyentes, no sólo en el cristianismo, sino también en la corriente de la noviolencia. El mismo Tolstoi reflexiona sobre ello en su provocador El reino de los cielos está en vosotros oponiendo el mensaje de Jesús a las lecturas que la Iglesia de entonces hacía de ellas. Fuertemente influido por el pensador ruso, Gandhi llegará a manifestar en numerosas ocasiones su fascinación por Jesús de Nazaret a la par que su decepción por la vida que observaba en los cristianos. Llegó a ser acusado por fanáticos hindúes de ser cristiano en secreto. Algo que él consideró “una calumnia y a la vez un cumplido”. Es conocida su afirmación de que “hemos descubierto los misterios del átomo, pero hemos olvidado al mismo tiempo el Sermón de la Montaña”. La invitación a recordar el Sermón de la Montaña para el Mahatma implicaba la afirmación de que el verdadero progreso es que aprendamos a vivir como hermanos. Pero a esa primera premisa le sigue necesariamente una segunda, sin la cual esta no pasa de ser una declaración de intenciones: la aspiración a la fraternidad, tan lógica y humana, requiere de acciones concretas, políticas, económicas, sociales y culturales, que, pivotando sobre la verdad y el amor, demuestren que es posible forjar un mundo más humano. Sin esas concreciones el Sermón de la Montaña puede ser interpretado como un simple texto poético. En cambio, sabemos que el átomo sirvió para fabricar la bomba atómica. “La realidad es así”, podemos afirmar con resignación. Pero no. Esa no es la realidad. Al menos no toda la realidad. El escritor francés, católico y conservador, Georges Bernanos, afirmó que “el realismo es la buena conciencia de los hijos de puta. Todos los hijos de puta dicen: la realidad es ésta y no podemos sortearla. Y la realidad es aquello en lo que se sustenta su condición de hijos de puta». Palabras duras pero certeras. La realidad es también lo que nosotros hacemos o lo que dejamos de hacer. Una mirada honesta a la historia nos descubrirá la realidad de las guerras y la violencia, pero también podremos ver la realidad de millones de experiencias que objetivan que para muchos, cristianos y no cristianos, el Sermón de la Montaña fue algo más que una hermosa alegoría. Detrás de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y detrás de la conciencia de que tenemos derechos laborales, de que somos dignos por el simple hecho de ser personas y de que somos seres llamados a la libertad… Detrás, están la insistencia en el amor y la verdad de muchas personas que, en sus esfuerzos y luchas, a veces hasta la muerte, han permitido que disfrutemos de esa hermosa herencia. No, la bomba atómica no tiene la última palabra. No, la realidad no es lo que diga el césar. Las conquistas sociales no fueron precisamente concesiones de ningún césar. Al contrario, fueron el resultado de poner al césar en su sitio.

Son muchas las razones por las que se nos antoja imprescindible abrir un debate de fondo sobre la noviolencia, o si lo preferimos, sobre la mansedumbre evangélica. Un debate, que a nuestro juicio debe, sustanciarse en intentos o experiencias de respuesta a la realidad política y social que tenemos delante. Hoy el César aspira a dominar todo el espacio, los territorios de la economía y de la política, pero también los del corazón y los de la conciencia de las personas. Hoy el César puede permitirse muchos disfraces y actuar desde múltiples frentes. El poder mediático y las maniobras en la sombra le permiten mucho margen de acción. Sin embargo, su proyecto totalitario una vez más no podrá ocultar sus pies de barro cuando sea enfrentado desde el empeño en la verdad y el amor, es decir, desde una propuesta noviolenta.

El Evangelio y la noviolencia nunca podrán agotarse en ninguna propuesta política, pero en cada momento histórico pueden inspirar posibilidades creativas. Es necesario dedicar tiempo a explorar esas posibilidades. Para avanzar en ello nos atrevemos a proponer algunas claves que, a nuestro juicio, pueden servir a ese propósito:

  1. Apoyarnos en unos principios dinámicos. Pueden servir los que propone Francisco en la Evangelii Gaudium: el tiempo es superior al espacio, la unidad prevalece sobre el conflicto, la realidad es más importante que la idea y el todo es superior a la parte (EG 221-237). Son criterios que tienen sentido en medio de la acción transformadora, que resuenan lúcidos si estamos empeñados en procesos de transformación. Son principios coherentes con el mandato de “ir a las periferias”, pero absolutamente prescindibles si nos acomodamos en las estructuras en las que estamos. Son orientaciones útiles en el cuerpo a cuerpo con la realidad, pero totalmente inútiles si nos instalamos en la autorreferencialidad permanente.
  2. Impulsar una formación política noviolenta. En ese sentido estamos poniendo en marcha iniciativas como la Escuela Itinerante de Desobediencia e insistimos en promover publicaciones y encuentros para aprender a leer juntos el momento presente y para diseñar estrategias de acción noviolenta coherentes con ese análisis. Necesitamos acompañarnos y animarnos a intervenir en la vida pública. Es necesario aprender a desobedecer como un entrenamiento en el amor, es urgente descubrir nuevas posibilidades de transformación de la realidad. Debemos promover acciones en las que se impliquen las diferentes esferas de nuestra vida: La profesión, la familia y los grupos a los que sentimos que pertenecemos. Pero para ello hace falta una formación integral. Esta no es una tarea de ratos libres y al margen de nuestra realidad cotidiana. “Lo que no implica el tiempo y el dinero personal es sentimentalismo” decían con buen criterio muchos veteranos de la noviolencia.
  3. Generar una cultura del diálogo. La fuerte polarización política de nuestro país nos alerta del guerracivilismo latente y del riesgo de fracturas sociales difícilmente reparables. Si el objetivo es la división de la sociedad, tomar partido no es elegir un bando u otro, sino trabajar por la unidad, la pluralidad, la diversidad y el diálogo. La división de los pueblos siempre fortalece al césar de turno. Los creyentes en Jesús y en la noviolencia no podemos mirar para otro lado en estas circunstancias. Inhibirnos por miedo o complejo nos hace cómplices.

Con los principios dinámicos que nos plantea Francisco, poniendo en valor la formación y ensayando formas nuevas de diálogo podemos avanzar en ese camino, al final del cual se encuentra una montaña, en la que dicen que el mismo Dios un día habló sobre la noviolencia.

Imagen de Marek Studzinski en Pixabay 

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