Coronavirus: una sola humanidad, una común vulnerabilidad

Coronavirus: una sola humanidad, una común vulnerabilidad

Jaume Flaquer[Hoy, 25 de mayo, todo el territorio español entra en fase 1. Jaume Flaquer, responsable del área teológica de Cristianisme i Justícia, escribe estas reflexiones en formato Papel CJ. Para leerlo completo, haz click aquí].

Hacia lo interior y hacia lo esencial

El coronavirus ha cogido a la humanidad a contrapié. Las preocupaciones antes de la pandemia poco tenían que ver con una crisis epidemiológica de alcance mundial. Aunque su posibilidad teórica se conociese por advertencias científicas o por representaciones  cinematográfica, su carácter distópico y, en cierta manera, escatológico nos han hecho reaccionar con demasiada lentitud. Es probable que la
prepotencia de Occidente le haya llevado a pensar: «Esto no nos puede suceder a nosotros; las grandes infecciones y parasitosis (malaria, dengue, Chagas, Ébola…) acontecen en los países subdesarrollados». Con la misma autosuficiencia fue Goliat a luchar contra el pequeño David. El mundo entero, que pensaba que dominaba el curso de la historia, ha sido vencido por un minúsculo virus, invisible, ante el cual la nueva carrera armamentística se ha demostrado impotente.

La muerte, tan ajena a la experiencia cotidiana del autoproclamado primer mundo, ha vuelto a ser un acontecimiento cercano; incluso ha entrado dentro de la conciencia de posibilidad para mucha gente: «¿Y si enfermo?, ¿cómo reaccionará mi cuerpo?».

De repente, el virus nos ha replegado hacia el interior, porque el menor contacto social (aun teniendo infinitos medios electrónicos) nos permite estar más con nosotros mismos y hacia lo esencial porque de golpe se ha desplomado el consumismo. Nos hemos centrado en sobrevivir y hemos tomado conciencia de los elementos esenciales de nuestra vida: la salud, las relaciones, el amor, la comida diaria… Hemos descubierto que los antiguos ídolos que aplaudíamos y venerábamos en los conciertos o en los campos de fútbol no pueden salvarnos. Ahora hemos encumbrado a los y las profesionales de la salud porque a ellos y a ellas confiamos nuestras vidas.

Salvados «por los pelos»

Globalmente, creo que podemos decir que nos hemos salvado como humanidad «por los pelos». No en el sentido de asegurar la continuación de la especie, sino porque, a pesar de los titubeos iniciales de algunos países, al final hemos decidido poner en el centro de nuestras preocupaciones a las personas mayores y más vulnerables. Boris Johnson podía considerar fríamente la muerte de 400.000 británicos como algo preferible a parar la economía, pero la sociedad que hubiese escogido esa opción no habría salido con vida… humana. Ninguna sociedad podría levantar cabeza después de vivir el trauma de dejar morir a tanta gente.

Aun así, el sufrimiento ha sido terrible: el de los médicos por ver morir de cerca a tanta gente y por enfrentarse a la posibilidad de tener que priorizar a unos frente a otros en los momentos de colapso sanitario; el de las cuidadoras de ancianos, mayormente mujeres, que han tenido que afrontar el problema en condiciones de precariedad; el de los enfermos que han muerto en la soledad de los hospitales a pesar de la buena voluntad de esos «extraños seres» que por su indumentaria parecían venir de otro planeta; el de los familiares que vivían la angustia a distancia; el de las personas mayores con su miedo vital a contagiarse y sucumbir; el de las trabajadoras de los servicios esenciales, con miedo a contagiar a sus seres queridos; el de gran parte de la población, con la difícil gestión de la ansiedad; y, finalmente, el gran sufrimiento de tantos millones de personas que han perdido sus medios de subsistencia.

¡Cuán difícil va a ser superar estos sufrimientos pues no habrá un momento cercano en el que se diga que lo hemos superado! No habrá un «final» hasta que no se consiga una vacuna. ¡Cuán difícil es cerrar la herida por la muerte de un ser querido del que no nos hemos podido despedir y al que no hemos podido llorar en un funeral!

Ahora bien, deberíamos encontrar maneras para que en los meses venideros esa solidaridad que parece manifestarse al enfrentarnos juntos a un problema común no se desvanezca, pues no olvidemos que la enorme crisis económica (tanto nacional como mundial) no va a afectarnos a todos por igual. Y nuestra sociedad solo será verdaderamente democrática y justa si asumimos de forma conjunta –y progresiva, según la capacidad económica de cada uno– los enormes costes en salud generados durante estos meses, y si somos capaces de «rescatar» a aquellas personas que han perdido todos sus ingresos.

Con todo, para conseguirlo, es preciso que los partidos políticos estén a la altura: que busquen el bien común y no la capitalización del descontento general que producirá la pérdida de poder adquisitivo. Quizás sería hora de que Europa se tomase en serio la lucha contra esos paraísos fiscales que existen incluso dentro de la propia Unión Europea. En definitiva, es urgente que todos los partidos políticos pacten una estrategia común de larga duración para superar la crisis; de lo contrario, serán responsables de su propio descrédito ante la opinión pública, con el consiguiente riesgo para la democracia.

Desplazamiento del eje del mundo hacia Oriente

No es seguro que la humanidad vaya a sacar todas las conclusiones que debiera de esta pandemia. De hecho, sabemos que solemos ser muy olvidadizos y que aquellos propósitos difíciles que se toman en las crisis a menudo se dejan de lado cuando vuelve la bonanza.

Pero lo que sí vemos es un desplazamiento global hacia Oriente. Si Estados Unidos cae en un agujero económico cuando China ha podido contener la pandemia con relativa rapidez, podría comenzar el sorpasso de China como actor principal mundial. Sumado esto al éxito de la respuesta a la pandemia por parte de Corea del Sur, Singapur o Vietnam, podría empezar a situarse el eje del mundo en esta zona geográfica. Paradójicamente, si al principio de la pandemia se hablaba de un posible efecto Chernóbil en China, ahora parece que esta sale reforzada. La menor protección de la privacidad de los individuos en estos países podría tentar a ciertos sectores en Occidente. Ante una competencia global, podría pedirse aquí que se sacrificara la privacidad y los derechos civiles para competir con esos países en eficacia y desarrollo.

Para evitar caer en el dilema «seguridad (y dinero) o libertad», deberíamos observar los ejemplos exitosos de países como Alemania o Portugal, que ni han aglutinado el poder en una sola persona ni han sacrificado la privacidad de los individuos. China, sin embargo, se ha manifestado como un socio no fiable al ser muy poco creíbles sus datos sobre el número de contagios y de muertes. Es decir, la opacidad de su sistema genera grandes suspicacias, por lo que parece muy probable que Occidente se replantee una cierta «repatriación» de la producción, al menos en productos estratégicos. Así, paradójicamente, el replanteamiento de la globalización en la producción va a ir acompañado de una mayor comunicación digital, y se iniciará aquí una competencia de ámbito planetario donde los sectores de ocio, cultura y educación van a quedar profundamente afectados.

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Imagen de Anrita1705 extraída de Pixabay

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