¿Qué he aprendido de mis hijos?

¿Qué he aprendido de mis hijos?

Karen Castillo MayagoitiaHace poco más de tres años llegó a mí un regalo que me ha llevado a un camino insospechado como teóloga. Era el libro Dame la mano y danzaremos: La niñez como desafío teológico y pastoral. Un texto y un regalo que se han convertido en camino y descubrimiento de un tema fascinante y lleno de retos que a la vez me ha permitido conocer gente maravillosa.

Una de las paradas en este camino fue un taller sobre experiencia de Dios que compartí en la formación permanente de una congregación de sacerdotes mexicanos. Definitivamente para mí, laica y “sin experiencia”, hablar para y con sacerdotes sobre experiencia de Dios representaba algo impensable. Después de muchas vueltas decidí tomar el tema de la niñez y pensar en mi experiencia como madre me permitió adentrarme en una experiencia de Dios diferente que podía aportar elementos para la reflexión. Fue así como tomé pluma y una libreta y dejé que mi corazón me hablara desde lo que he aprendido de mis hijos. Comparto aquí las líneas…

¿Porqué quiero partir desde mi ser madre? Porque mi experiencia de Dios en los últimos años nace primordialmente de mi encuentro con mis hijos, de descubrirlos, acompañarlos y especialmente de aprender a ser madre a través de sus gestos, sus palabras, sus abrazos, sus acciones, su caminar…

Cuando estaban recién nacidos, lo primero que aprendí fue la dependencia absoluta que tiene un bebé de su madre; dependencia que se resume en el abrazo amoroso que abarca la existencia toda; presencia que alimenta el cuerpo, que cuida la vida y que ayuda al desarrollo.

Con ese desarrollo, comienza también un proceso de desprendimiento y aprendizaje mutuo y a la vez conjunto con el padre; proceso que va conformando y descubriendo un nuevo lenguaje y desde ese lenguaje comprendemos lo que viven en lo más esencial de una persona (hambre, sueño, dolor, frío, calor, necesidad de abrazo o incluso necesidad de estar solos).

Conforme empiezan a expresarse más, surge uno de los mejores aprendizajes: descubrir qué les hace reír y buscarlo a toda costa, pues una sonrisa y, aún mejor, una carcajada de un niño es capaz de sacar las mejores lágrimas de una madre y un padre.

Al dar sus primeros pasos, aprendí que caminar siempre es una acción necesaria para alcanzar los objetivos y que cuando los pasos no son suficientes, siempre hay forma de poner un banco, una serie de objetos para llegar hasta donde se quiere o simplemente pedirle a alguien más que les ayude para estar donde quieren estar.

Cuando empezaron a descubrir el mundo, aprendí que el asombro es fruto de encontrarse y reencontrarse, una y otra vez, con lo bello y lo esencial de la vida. Que las flores son bellas por sus colores, formas y aromas; que los animales son seres vivos y que la naturaleza es un espacio inexplicable y digno de contemplación.

Aprendí que para conocer es necesario sentir, palpar, meterse, involucrarse. Saber qué es la tierra implica tocarla, tenerla entre las manos; conocer la arena pasa también por enterrarse en ella aunque se meta hasta las orejas y hacer figuras; comer y reconocer los sabores pasa también por sentirlos, ensuciarse, e incluso darle a probar a los demás.

Al relacionarse aprendí el encuentro con cada uno de ellos, con su esencia y sus preguntas, con su yo y su ser en relación, con adaptarse a cuál es su papel en la familia; encuentros que me ayudaron a redescubrir mi propio yo.

Cuando les tocó conocer a otros niños que no vivían con las mismas oportunidades que ellos, aprendí a mirar a los otros y cuestionarme sobre las injusticias; a saber que no hay respuesta satisfactoria porque una injusticia es injustificable.

En su relación con sus amigos, aprendí que con los amigos se comparte todo (incluso un cepillo de dientes o un caramelo) porque las cosas se disfrutan mucho más cuando su utilidad es la unidad y la diversión. También aprendí que «amigo» es el mayor calificativo que tiene el otro que es cercano a mí, porque nada puede caracterizarlo mejor que ser mi amigo.

Cuando se enojaron aprendí que decir “ya no te quiero” es sólo una traducción de “esto me molesta” y que el abrazo y la sonrisa son la traducción de “no es cierto, te amo mucho y entiendo que tú a mí también me amas”. Y en el enojo algunas veces cerrar los ojos no fue signo de dejar de ver lo que está a su alrededor, sino necesidad de mirar hacia su interior.

Recibir un abrazo de ellos fue comprender que la fuerza de un abrazo dado con todo lo que son, es capaz de comunicar el amor más sincero, la pertenencia, la identidad, la gratuidad

Comunicarles la fe y promover su encuentro con Jesús me ayudó a aprender que cuando el Evangelio nos dice “sean como niños” es porque para ellos Jesús es un amigo y ser su amigo significa confianza plena en él, quien lo es todo, quien los acompaña y cuida, quien los ama y comparte con ellos, quien los guía y perdona incondicionalmente. También aprendí que lo sagrado no se encuentra en lo ostentoso de las catedrales, sino en lo sencillo y cotidiano de la vida.

Contarles un cuento o, en ocasiones, tenerlos que inventar, me enseñó que la imaginación y la poesía ayudan a darle sentido a la vida y a los acontecimientos.

Algo importante es que conforme la familia crecía fui descubriendo que, como decía Juan Pablo II, «el corazón de madre no se divide con cada nuevo hijo, sino que se ensancha»; y agregaría yo, lo hace flexible.

Todos estos aprendizajes y muchos más he tenido con mis hijos y pensar hoy en ello me lleva a pensar en que esa mirada me permitió una experiencia de Dios como Padre amoroso, como amigo cercano.

Hoy, sin embargo, creo que mi adultocentrismo me ha hecho obligarlos a un tipo de relación, de lenguaje y de estructuras que ha limitado su creatividad y esencia y a mí me ha llevado a aprender menos de ellos.

Mi adultocentrismo me ha impedido dejarlos volar, tal vez porque mis clases de vuelo no han sido tan buenas y mi miedo es mayor que la confianza en ellos.

Mi adultocentrismo cada vez más me impide aprender de ellos porque mi rebeldía ante su etapa es mayor a su propia rebeldía y considero que poco pueden enseñar; mientras considero que lo mucho que pueden y tienen que aprender es lo que yo les quiero enseñar con sermones y no con la vida.

Mi adultocentrismo me ha impedido la creación y comprensión de nuevos lenguajes, tal vez porque considero que sus palabras no son las adecuadas o, más bien, porque no me he acercado a comprender sus significados y los convierto en un lenguaje incomprensible.

Mi adultocentrismo no ha dado respuestas adecuadas a sus preguntas y hoy las injusticias se han normalizado.

Mi adultocentrismo me hace creer que soy yo quien tengo que explicar una y otra vez las cosas y no que en ocasiones actúo como persona mayor y les obligo a la aburrida tarea de una y otra vez tenerme que dar explicaciones.

Con esta experiencia sencilla pero llena de vida, me he sumergido en la teología de la niñez y voy poco a poco descubriendo porqué ser como niños es una condición para ser parte del Reino de Dios: porque encuentro que la lógica de Jesús coincide con la lógica de la niñez, quien dependiendo del Padre es totalmente libre.

Imagen de Annie Spratt en Pixabay 

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