Marta

Contemplación de la encarnación [EE 101-109]

Pau Vidal y Marta Romay[Esta es una publicación especial. El texto, de Pau Vidal, va acompañado por unos dibujos de Marta Romay que ilustran bellamente las palabras. Se puede ver aquí].

1. Dios nos contempla

De la mano de San Ignacio de Loyola os invitamos a este momento contemplativo, para acoger desde el corazón lo que estamos viviendo como humanidad.

En este primer momento, os invito a dedicar una mirada reposada a nuestro mundo dolido, desorientado, en estos tiempos tan confusos. Esta mirada ha de ser de aliento, portadora de esperanza. Hoy proponemos una mirada al mundo desde Dios.

Estos son tiempos convulsos. Como sociedad y civilización no estábamos dispuestos a parar, a bajar del burro. Por eso es muy aguda la sensación de que no llevamos el control, de estar en caída libre, perdidos. De golpe nuestras vidas, como las vidas de la mayoría de la humanidad se han visto afectadas por un pequeño pero devastador virus. Nos hemos dado de bruces de manera brutal y de
golpe con la fragilidad y la muerte. Sí, somos frágiles y somos mortales.

Muchos vuelven ahora los ojos hacia Dios. Pero Dios siempre, y en este momento también, nos contempla como humanidad. Y nos ve como una sola humanidad sin divisiones ni de raza, ni de clase, ni de origen. Hoy más que nunca las fronteras se han hecho añicos. Ya no podemos hablar en singular: yo, los míos, lo mio, los nuestros. Dios nos mira como comunidad, como fraternidad, como una gran y única familia  humana.

Dios se fija de manera especial y con gran ternura en los pequeños, en los excluidos, los más vulnerables. Aquellos que nunca llegarán a imaginar que existen unas máquinas que se llaman respiradores; aquellos que no tienen un hogar donde poder confinarse; los inmigrantes sin papeles que viven sin poder tener ni agua potable para lavarse las manos; la familia que ha perdido el trabajo, todas y cada una de las víctimas de este virus, especialmente las que mueren solas; los trabajadores y trabajadoras sanitarias que cada día libran una batalla para salvar vidas,… Dios se fija en ellos.

Dios nos mira perplejo y con gran ternura. Nos contempla y se conmueve.

2. Dios se hace nosotros

Dios autor de la vida, el creador -que nos sostiene y alienta- mira al mundo con profundo amor, con un corazón conmocionado -quizá algo indignado por tanta injusticia- y toma partido. Actúa. Se desplaza hacia nosotros y se hace nosotros.

Pero no desde arriba, ni desde la autoridad, ni la fuerza, ni el gran poder. Viene a nuestro encuentro desde abajo, discretamente asumiendo el último lugar. Dios habita en lo cotidiano y en lo pequeño y sobretodo en los pequeños y en todas aquellas personas que hoy aseguran lo cotidiano: los transportistas en las carreteras, los temporeros en los campos, las enfermeras en los hospitales, los camilleros en las ambulancias… tantas personas anónimas que permiten que la vida continue.

Dios está activo, presente en este momento. Quizá de forma discreta, silenciosa, pero con la misma fuerza con la que Jesús proclamó a voz en grito: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has mostrado a los sencillos las cosas que ocultaste a los sabios y entendidos”.

Son tiempos privilegiados para reflexionar sobre el sentido de la vida, el porqué del mal, el porqué de la enfermedad, cómo queremos vivir en sociedad, cuales son las verdaderas prioridades,… pero conviene hacerlo no desde la angustia, tampoco desde el miedo.

Jesús nos enseñó a hacerlo con su ejemplo, con su propia vida: tomando partido, amando al mundo desde abajo, con una atención especial a los más vulnerabilizados, con una ternura desgarradoramente frágil pero poderosa como la belleza de una flor o el cariño de un abrazo.

Dios se ha hecho en nosotros. Dios se ha hecho nosotros.

3. Nosotros respondemos con un sí

Dios viniendo hacia nosotros y nosotros como humanidad sufriente respondemos con un sí tembloroso.

La fragilidad compartida que ahora experimentamos nos ha dejado desarmados, desnudos, a la intemperie. Paradójicamente, quizá este despojo nos ha permitido estar más abiertos, más disponibles. Hoy, quizá más que otras veces, nos podríamos aventurar a decir humildemente con Pedro Arrupe: “tan cerca de nosotros no había estado el Señor acaso nunca, ya que nunca habíamos
estado tan inseguros”.

Sí, estamos necesitamos de la solidaridad. Sí, estamos necesitados de abrazos, de cercanía y de ternura. Sí, somos cuerpos y como humanidad misteriosamente somos un cuerpo. Sí, necesitamos compartir y compartirnos. Y sí claro, necesitamos de enfermeros, médicos, transportistas, cajeros, conductoras de autobús, panaderas, agricultoras,… eso que ahora llamamos “lo esencial”.

A la vez, quizá hay muchas cosas y actividades en las que hasta hace poco andábamos distraídos que ahora nos damos cuenta que de hecho no necesitamos. Tanta prisa, tanta obsesión por la imagen, tanta influencer, tanto desplazamiento, tanto consumo, tanto acumular,… Podemos y debemos pues volver a lo esencial.

Digamos sí al amor, a la compasión, al compromiso y a la misericordia, como los mejores antídotos contra este sistema neoliberal que ha globalizado la injusticia y privatizado el beneficio, exprimiendo y excluyendo una y otra vez a los más pobres. Tuvo que venir un pequeño virus para desenmascarar el engaño en el que vivíamos y retornarnos a nuestra naturaleza comunitaria. Llegó como la bala de cañón que tumbó a San Ignacio dejándole postrado una larga temporada. Una convalecencia fructífera, de la que él salió renovado. Una convalecencia de la que nosotros también podríamos salir renovados.

Recibamos pues la debilidad y la vulnerabilidad compartida, soñemos y construyamos juntas una nueva humanidad desde este nuevo lugar, el último lugar. El lugar en el que se encuentran el sí definitivo de Dios y nuestro sí tembloroso pero decidido.

Para continuar haciendo posible nuestra labor de reflexión, necesitamos tu apoyo.