Mujeres

La primera pregunta del Resucitado

Lucía Ramón. En estos días de Pascua volvemos a los relatos originarios que dan cuenta de la experiencia fundacional de la fe cristiana y los encontramos llenos de discípulas. Mujeres cristianas, amigas de Jesús, que le amaron y le cuidaron hasta el final. Ellas no solo le siguieron por los caminos durante su ministerio público, también le acompañaron en sus momentos más trágicos, al pie de la Cruz, y se atrevieron a desafiar al miedo y la vergüenza pública para amortajarlo.

En una luminosa mañana de primavera María Magdalena, María de Santiago y Salomé caminan hacia el huerto donde reposa el cuerpo de Jesús para ungirlo con sus manos gastadas por los trabajos «serviles» e invisibles de mujeres. Cuantas veces los encuentros de las mujeres con Jesús pasan por la mediación del cuerpo: nutrir, alimentar, dar de beber, lavar, acariciar, sanar y buscar la sanación. Nadie como ellas entendió que la salvación es encarnada, pasa por nuestros cuerpos.

Como muchos otros días se ponen en marcha para seguirle incluso hasta la muerte… Ellas están acostumbradas a soportar el dolor y a encararlo. Caminan decididas a dar el último adiós al maestro, aquel que no temió tocarlas con delicadeza y ternura para restaurar su dignidad herida y sanarlas de todas sus dolencias y que las aceptó como discípulas… Aquel que tantas veces se dejó tocar por ellas y agradeció sus caricias.

“¿Quién nos correrá la piedra del sepulcro?” (Mc 16,3). La pregunta no les detiene, caminan esperando contra toda esperanza. A menudo las mujeres confían en la vida hasta en las peores circunstancias. No caen en la parálisis ni se dejan atenazar por el miedo y la tristeza cuando parece que todo está perdido. La piedra del sepulcro se interpone entre ellas y el Cristo, aquel que con su Espíritu dilató los horizontes de su vida y su esperanza.

“¿Quién nos correrá la piedra del sepulcro?” (Mc 16,3). La pregunta de aquellas mujeres y su anhelo de vida siguen vigentes. Nicole Fischer-Duchamp, responsable del proyecto Cartas Vivas del Consejo Mundial de Iglesias, rememora así el camino recorrido por aquellas mujeres conectándolo con nuestra experiencia: «Totalmente conscientes de ese inamovible obstáculo que las esperaba, las mujeres inician un caminar lleno de esperanza, dispuestas a luchar por la vida, inspiradas por su visión de la comunidad de fe, una iglesia sin exclusiones, fiel, profética, acogedora. La historia de este recorrido se ha repetido muchas veces desde aquella primera mañana de Pascua. Una y otra vez las mujeres han emprendido el camino hacia la muerte, la piedra, la resurrección». Como ellas, las mujeres cristianas de todo el mundo hemos iniciado este año una revuelta de las mujeres en la Iglesia, un movimiento en el que resuena ese anhelo de vida, de justicia y de dignidad de las primeras discípulas, nuestras madres. Ellas, que vivieron la experiencia de ser tratadas por Jesús como iguales, nos impulsan a transformar la Iglesia y la sociedad hasta que la igualdad de oportunidades y derechos sea costumbre.

A principios de los noventa, el programa del Consejo Mundial de las Iglesias Cartas Vivas promovió las visitas de equipos ecuménicos a 330 iglesias, 68 consejos nacionales y unos 650 grupos de mujeres para conocer su realidad, alentar su trabajo, y fomentar la solidaridad y el compromiso de las iglesias con ellas. Este programa potenció enormemente la toma de conciencia y la reflexión comunitaria en el ámbito de las iglesias miembros del Consejo Mundial. Significó el fortalecimiento de proyectos y redes de mujeres y en solidaridad con ellas en todos los ámbitos a través del movimiento ecuménico. Nada de esa envergadura se ha realizado nunca en la Iglesia Católica. Quizás es el momento de hacerlo. Cuando tantas mujeres en el mundo consideran que la Iglesia ha sido y es un obstáculo para la afirmación de la dignidad de las mujeres y sus derechos y para su reconocimiento, cuando la piedra del machismo sigue aplastando a tantas mujeres en la Iglesia, no podemos quedarnos paralizados por la comodidad, el egoísmo o el cansancio. Nos jugamos la credibilidad del Evangelio.

La opresión de las mujeres no es simplemente un asunto sociológico, es también una cuestión teológica, eclesiológica y ecuménica. Tiene que ver con la acogida y el desarrollo del reino de Dios en y entre nosotros. A la luz del Dios de Jesucristo, que nos ha creado tanto a hombres como a mujeres a su imagen, y nos muestra una nueva visión de la humanidad y de las relaciones humanas que la Iglesia está llamada a encarnar, la discriminación de la mujer interpela nuestra aceptación pasiva de la injusticia que supone para la mitad de la humanidad el tener menos oportunidades de vida y de desarrollo por razón de sexo.

Esta discriminación desafía a una Iglesia que ha sido llamada por Jesús a un ministerio de la reconciliación y la profecía. Un ministerio destinado a capacitar, compartir y curar, y a denunciar cualquier forma de opresión que atente contra la dignidad de las personas, también en sus propias estructuras, enseñanzas y prácticas, con el fin de hacer realidad una Iglesia transformada y renovada por la acogida del Reinado de Dios. Una Iglesia en la que participen plenamente tanto hombres como mujeres en todos los ámbitos. Una comunidad regida por relaciones de amor y amistad, y no según el modelo del amo y el esclavo. Una Iglesia en la que se reconozcan y se afirmen las vocaciones de las mujeres llamadas por el Espíritu a la teología y el magisterio, al liderazgo y acompañamiento espiritual y a los diversos ministerios.

Finalmente, es una cuestión ecuménica porque existe una estrecha relación entre la búsqueda de la unidad y la lucha contra la discriminación en la Iglesia y en la sociedad. La unidad querida por Dios para su Iglesia no puede ser únicamente doctrinal. Ello, aunque necesario, no es suficiente. El racismo, el sexismo y otras formas de exclusión son una negación de la creación de Dios y de la redención realizada en Jesucristo. Estas realidades están en contra de la voluntad de Dios y dañan  tanto a la Iglesia como las divisiones doctrinales. La búsqueda de la unidad visible de la Iglesia pasa también por derribar todos los muros de la exclusión (Ef 1,14-21). Están en juego el reino de Dios y su justicia.

Os propongo un texto para la reflexión de alguien vivió intensamente la experiencia de las Cartas Vivas. Es un poema de Irja Askola, pastora de la Iglesia Luterana de Finlandia y Secretaria del Decenio Ecuménico por el Consejo de Iglesias de Europa. Podéis leerlo despacio después de proclamar Jn 20,11-18. Dejad libre la imaginación y los sentidos… Dejad que el texto resuene dentro… ¿Qué os sugiere? ¿qué acciones concretas os inspira?

El camino recorrido por las mujeres

Iban caminando al amanecer
tristeza en el alma
aromas en sus cestas
en medio de su desconsuelo
encontraron fuerzas para actuar
mirra y aloe y bálsamo en sus manos.
En medio de la paralizante realidad
avanzaban
solas en su dolor
juntas en su caminar.

Las encontramos en nuestro camino
mujeres de ciudades y de aldeas
en cocinas y salones parroquiales
que llevan tristeza en el alma,
pero aromas de vida en sus cestas,
que se afligen, sirven y atienden, cada una en su lugar
pero también avanzan
encontrándose en el camino
cruzándose
en el sendero del huerto de la Pascua
mujeres que, a pesar de todo,
se levantan al amanecer
se lanzan a la vida.

Pero la piedra
la gran piedra
que separa a las mujeres de su amado
que les impide hacer
lo que consideran natural, necesario, imprescindible
… pero el perfume de los aromas es fuerte
y la necesidad de transformar
sus emociones en acción
es evidente.

Y la piedra
ocupaba su espíritu.
Se hacía más y más grande
y casi las vencía la aflicción.

Somos demasiado débiles, demasiado pequeñas, demasiado pocas…
El olor de la impotencia y el desamparo
se hacía más fuerte que el perfume de los aromas
y dominaba su espontánea convicción
¿Caminamos en vano?
¿Hemos de tirar nuestros aromas?
¿No es mejor abandonar, y tratar solo de olvidar…?

Las encontramos en nuestro camino
mujeres en conferencias y reuniones
en oficinas y en huertos
cuyo entusiasmo se ha desecado
cuyo compromiso ha sido aniquilado.
Ven la piedra
y solo la piedra.
Han vuelto sobre sus pasos
algunas manos sangraban
la piedra era demasiado pesada,
demasiado resistente, demasiado dura.

La mañana está llegando al huerto
los rayos del sol naciente iluminan el horizonte
narcisos, azafrán, jazmines,
la vida celebrada en todos sus colores.
Alivia el dolor la belleza
nuevos despertares confortan la tristeza.
Los pasos lentos y el silencio se transforman en
risa y alborozo por el descubrimiento.
¡Venid a ver!
¿Ya lo encontrasteis?
¡Mirad aquí, y aquí
qué gran eclosión!

Encontramos muchos signos de esperanza en nuestro camino
nuevos despertares, renovación y profunda transformación.
Encontramos iglesias, conventos y monasterios
escuelas de teología, consejos y sínodos
donde la fidelidad al Evangelio ha puesto al descubierto
talentos ocultos y ocultos dolores
y donde la fidelidad a la tradición
ha abierto a las mujeres puertas olvidadas.
Quedamos impresionados e impresionadas por los innumerables ministerios ejercidos por las mujeres a las que se reconoce cabalmente
y por la fortaleza y los dones de las mujeres.

Encontramos mujeres y hombres
en albergues y ollas populares
en campamentos de refugiados y centros de orientación
que están aprendiendo a deletrear
en su lucha cotidiana
la palabra «solidaridad».

Y la piedra fue removida
y el azafrán estaba floreciendo
y el perfume del día era esperanza y alegría.
Las cestas en sus manos, las buenas nuevas en sus corazones
las mujeres apresuraron el regreso
tanto tenían que compartir…
la realidad que cambia la vida
debe comunicarse, difundirse, celebrarse.

Llenas de vida, plenas
las mujeres corren todo el camino de regreso
rápidos pasos en la escalera,
sin aliento, golpean
a la puerta del aposento alto
ansiosas por compartir todo lo que han visto.

Los discípulos
que habían permanecido encerrados
y sin saber aún
qué había sucedido, qué estaba sucediendo
sólo abrieron la puerta, no su mente.
«Historias sin fundamento…
no les creemos».
¡Qué golpe!
Quedarse sin aliento ya no era algo físico;
estaban sin aliento en lo profundo de su ser.
No podían creer
que los hombres no creyeran algo
que era tan cierto.
Las lágrimas de tristeza del amanecer se volvieron
lágrimas de rechazo y frustración.

Y las encontramos en nuestro camino
mujeres en sus ligas y en sus clubes
en encuentros de oración y en escuelas teológicas
en consejos y corredores parroquiales
mujeres que llevan consigo una herida
a quienes un dirigente de la Iglesia les dijo
«Son demasiado emotivas, exageran,
son insoportables».
Mujeres avergonzadas de sus talentos
porque la jerarquía de la Iglesia les ha dicho
que no saben lo suficiente
que no son teológicamente correctas
y que no acaban de comprender.
Mujeres que perdieron parte de su personalidad
porque un sacerdote les dijo:
«Lo que vieron
no es cierto
y lo que sienten
no es correcto».
Mujeres que dejaron de florecer
porque nadie cree
lo que les ha sucedido.

Pero Pedro se puso en pie
dejó la habitación
¿y si las mujeres tenían razón?
Creencia e incredulidad
esperanza y desesperanza
curiosidad y confusión
todo mezclado
y en el fondo de su espíritu los celos perturbadores:
si las mujeres tenían razón
¿por qué yo no estuve también allí
como primer testigo?
Llega al huerto
y mira.
Ve, siente, sabe ahora
lo que las mujeres querían compartir con él.
Ve con sus propios ojos
que la piedra está removida.
Huele el aroma de las flores
la promesa de nuevos amaneceres
la vida lo saluda en los narcisos.

El sabe
que lo perdí
lo he recuperado
y sin embargo
ya nada es lo mismo
ya no hay sendero, sino todo el prado
ya no hay puertas cerradas, sino estancias abiertas
ya no hay final, sino vida para siempre. 

Encontramos a esos hombres en nuestro camino
hombres que querían ver
lo que nosotras las mujeres habíamos descubierto
que compartían la alegría de nuestros hallazgos
que no tenían miedo de nuestras lágrimas
que no se pusieron a la defensiva
cuando reencontramos nuestra fuerza y comenzamos a florecer.
Encontramos hombres en el aposento alto
que estaban cansados y sedientos del perfume de la vida.
Pero también encontramos quienes nos ignoraron, nos culparon.

Encontramos hombres en el huerto
asombrados por todo lo que veían.
Encontramos hombres
que caminaban con nosotras, que se unieron a nosotras
que querían saber más que se atrevían a preguntar antes de responder
a escuchar antes de enseñar
que corrían el riesgo
de sentir y creer que todo eso era cierto.

Y en el huerto esa mañana de Pascua
María presenció la aparición de Jesús.
Tan solícito como antes
se acercó, y suavemente
comenzó a preguntar
«Mujer ¿por qué lloras?»

En el huerto
encontró a Dios
cuya primera pregunta después de la resurrección
se dirigió a una mujer
afligida en su corazón
sollozante y adolorida.

¡En el momento más profundo del cristianismo
en las primeras horas de la resurrección
hay lugar para una pregunta
hay interés
hay atención para una mujer
que solloza!

Y las encontramos en nuestro camino
números infinitos de mujeres
que estaban sollozando.
Pero nadie les preguntaba por qué lloraban
ni siquiera la Iglesia
que había prometido
imitar a  Jesús.

Encontramos a esas mujeres
en oficinas y en albergues de la Iglesia
en hogares y en encuentros de cristianos
mujeres cuyo dolor está oculto, y sin embargo es tan real
mujeres invisibles, olvidadas, ignoradas
mujeres supervivientes
y aquellas cuya historia sigue siendo la de víctimas
mujeres cuyas heridas fueron causadas por un hombre de su iglesia
y cuyo sufrimiento
se justifica por su lealtad a la iglesia
y cuyos labios siguen apretados
por consejo de un pastor.
Encontramos a esas mujeres
en cada país y en cada iglesia.
Y comprendimos que
la violencia contra las mujeres
existe en medio de nosotros mismos.

Y en el huerto
María, Salomé y Juana
Pedro y los demás
recuerdan, comienzan a recordar
y saben
Tenemos que dejar el huerto.
No podemos rendir culto a un sepulcro vacío.
El Señor resucitado ya está camino a Galilea
esperándonos con la promesa
llamándonos a actuar…

Y los encontramos en nuestro camino
mujeres y hombres
que saben
que es hora de actuar
las cestas llenas de narcisos y azafrán
los corazones llenos de entusiasmo y visiones
que cantan la canción de la vida
recordando a quienes se fueron antes que nosotros
celebrando a quienes caminan con nosotros
bendiciendo a quienes vendrán después de nosotros
contando una y otra vez
la historia de la piedra ya removida.

***

Irja Askola, pastora de la Iglesia Evangélica Luterana de Finlandia

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Imagen de @nakedpastor

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