Nubes

El cristianismo es «un judaísmo en salida»

J. I. González Faus. Para comprender mejor la expresión de Francisco “Iglesia en salida” puede ayudar caer en la cuenta de que el cristianismo es algo así como un “judaísmo en salida”. Esto significa que no hay, ni puede haber, una ruptura entre ambos: pese a los problemas que pueda plantear hoy el Primer Testamento, la Iglesia fue muy valiente al no rechazarlo, como pretendía Marción. No hay ruptura posible sino más bien una consumación hasta la plena fecundidad.

Para comprender esto debemos caer en la cuenta de que la palabra divina que crea al judaísmo es precisamente la palabra dicha a Abrahán: “sal”. Ya no es un “hágase” como en la creación del mundo, sino una invitación a salir de la propia identidad (“tu patria y tu parentela”). Salir en pos de una promesa que nunca parece cumplida pero sigue siempre vigente.

Esta puesta en marcha da lugar a todo un proceso reflejado en el Primer Testamento. Aunque parezca pretencioso intentar una síntesis de todos esos escritos tan diversos, creo que cabe en estos cinco puntos:

1. La experiencia de una intimidad inaudita con El Infinito, con aquello que es por sí mismo indecible: “por Ti madrugo”, “mi alma tiene sed de Dios, como tierra reseca, agostada, sin agua”, “tu creador se convertirá en tu esposo”, “cuándo llegaré a ver Tu Rostro”…

2. La experiencia de la infidelidad del pueblo y de la fidelidad de Dios a lo largo de toda esa relación: Israel es el único pueblo que ha escrito su historia no para ensalzarse sino para reconocer su propia culpa (con el lenguaje repetido de “castigo de Dios”, muy imperfecto pero seguramente el único posible entonces). Y a la vez, ese Dios supuestamente “castigador” se arrepiente siempre de su cólera, perdona y busca a su pueblo como el marido ofendido a la esposa infiel.

3. En esa reconciliación juega un papel decisivo la categoría del “resto”: por infiel que sea el pueblo, siempre queda un resto que no falla, un resto que regresa y del que Dios se vale para perdonar al todo. Y el Primer Testamento mantiene como ley típica del actuar de Dios ese obrar desde los pocos y para los muchos.

4. La destrucción de todo lo que se llama idolatría, y que brota cuando, ante la lejanía de ese Dios tan cercano, el hombre necesita figuras más palpables a las que poder ganarse dándoles culto. Así, el pueblo más debelador de toda idolatría acabó comprendiendo que también se puede idolatrar al Dios verdadero: porque ese Dios no quiere culto, ni ofrendas, ni sacrificios sino misericordia, practicar la justicia y amar de verdad, con ternura.

5. Y como sugiere el punto anterior, toda esa relación con el Innombrable no ha de vivirse desde la huida del mundo y de la historia, como si estos fueran pura apariencia o mentira, sino que (¡más difícil todavía!) ha de vivirse desde la construcción “del pueblo” (del mundo) y de la historia. De modo que el Dios que llama y promete, se convierte desde los inicios en el Dios que escucha la voz del oprimido y quiere bajar a liberarlo.

En esta síntesis del Primer Testamento quedan fuera todos los elementos caducos, hoy escandalosos, de violencias y venganzas que vienen a ser como las inevitables suciedades que acompañan a todo nacimiento.

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¿Qué sería entonces una Iglesia en salida? Un pueblo nuevo que ha universalizado toda esa experiencia vinculándola a toda la creación. Si cristianismo significa etimológicamente “mesianismo”, la primera característica del Jesús Mesías es la universalización de todas las promesas: el descubrimiento de que Dios amó tanto al mundo que le dio lo más suyo para salvar al mundo y no para condenarlo.

1. En ese pueblo nuevo la fe no se limita a ser una creencia ni una mera explicación intelectual: es ante todo y sobre todo “una experiencia”: experiencia de contacto que, desde la complejidad de la historia, podrá ser vivida por pocos pero es dada a los pocos para los muchos: para todos.

2. Desde la experiencia de la infidelidad contínua del primer pueblo, la Iglesia en salida se conocerá a sí misma como “la siempre necesitada de reforma”. Personal, pero también estructural y colectiva. Una reforma hecha siempre por y desde la fidelidad a Dios, no desde el interés por la propia imagen.

3. La Iglesia no se relacionará con el mundo como dominadora ni como propietaria sino como servidora desde su pequeñez: como levadura, como fermento, como semilla. Y ya no verá en los enemigos (o en los perseguidores) infieles a los que hay que vencer y eliminar, sino hermanos a los que hay que ayudar.

4. La Iglesia en salida será una Iglesia que ha horizontalizado a Dios sin romper la Suprema Vertical. Hará de la misericordia, a la vez, su culto a Dios y su anuncio de Dios. Y sabrá que su Cristo espera ser reconocido en ella por ese amor mutuo y fraterno.

5. Por todo lo anterior, en un mundo construido sobre la injusticia y sobre la opresión de unos hombres por otros, pero a la vez lleno de semillas de la palabra divina, la Iglesia será muchas veces molesta y perseguida, por gritar sin parar en defensa de los oprimidos y de las víctimas de esta historia cruel. Pero su preocupación no será no ser perseguida sino que, si se la persigue, sea por su fidelidad al evangelio y no por su infidelidad a él.

(N.B. Como un primer atisbo de esa “Iglesia en salida”, me atrevo a remitir al comentario a la Constitución sobre la Iglesia en el mundo, del concilio Vaticano II, en el Cuaderno 185 de Cristianismo y Justicia: Una Iglesia nueva para un mundo nuevo: Justicia, paz e integridad de la creación en la Gaudium et spes).

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Imagen de Wallace Pires extraída de Pixabay

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