Cristo resucitando - Domingo de Pascua

Cristo resucitando – Domingo de Pascua

Xavier Melloni sj. [En estos textos se proponen algunas pautas para vivir en tono orante estos días en que recordamos las horas más intensas de la vida de Jesucristo y, por esta razón también, las horas más trascendentes de nuestro caminar como creyentes y como Iglesia. En la página web www.semanasantaencasa.es , en Instagram @serjesuita o en Youtube JesuitasESP podrás seguir en directo o en diferido otras propuesta para esta #SemanaSantaEnCasa].

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1. Ante la mañana del domingo

A pesar de que las mujeres acudieron muy temprano al sepulcro, la resurrección de Cristo las precedió. Dios nos antecede siempre, pero no lo sabemos. Nos preocupamos y nos anticipamos a lo que no podemos adelantar porque es imprevisible. El tiempo de Dios no es nuestro tiempo. Nos precede, pero no se anticipa, no llega antes de hora.

Por esta razón, entre el viernes y el domingo sucede la larga transición del sábado, que no es un día cronológico, sino un tiempo del alma; un tiempo necesario para vivir el duelo y dejar que se complete un ciclo antes de que empiece otro. Lo que irrumpe es algo inédito: no la repetición un poco modificada del pasado, no la reedición de lo que ya sabemos.

  • Intento identificar las anticipaciones que aumentan mi ansiedad, para dejar paso a la confianza en la iniciativa de Dios que me precederá, muy probablemente no como espero.

2. La tumba vacía

Los evangelios sitúan el anuncio de la resurrección en el mismo lugar donde habían depositado el cuerpo de Jesús. En el mismo lugar donde han dejado la muerte, es donde irrumpe la Vida. El lugar que estaba saturado de angustia, de tristeza, de ausencia, ahora está vacío. La piedra que lo impedía y que parecía imposible de mover ha rodado.

  • Identifiquemos y miremos la(s) piedra(s) que cierra(n) la entrada de la cueva del corazón. Dejemos que ruede(n), dejémosla(s) ir para que la presencia de Jesús resucitado pueda irrumpir.

La tumba deviene matriz. La simiente ha muerto y ahora germina, pero la forma de la espiga no es la misma que la de la simiente. Esto significa que toda tumba tiene vocación de matriz, que aquello que muere es, al mismo tiempo, aquello que nace. Que el sepulcro sea tumba o matriz depende de cómo nos dispongamos. Esto es particularmente aplicable en el momento colectivo en que nos encontramos.

El anuncio de la Nueva Vida se nos da en cada momento. Lo que pasó con Jesús pasa en todos, en todo, en todo momento. Es la revelación de lo que está oculto a nuestros ojos. También lo que ahora estamos viviendo con la pandemia tiene vocación de resurrección, a pesar de que —en el proceso de la pandemia— aún estamos en el Viernes Santo. No podemos avanzarnos a lo que aún no hemos vivido, pero sí disponernos al proceso de transformación que está produciéndose simultáneamente, aunque no podamos percibirlo.

  • Entramos en la cueva del corazón no como en un sepulcro sino como en una matriz. Miramos cómo germina la semilla de aquello que pensábamos que estaba muerto. Solamente nos miramos. En silencio.

3. El reconocimiento de la manifestación de Cristo no es inmediato

 Pero ¿en qué consiste la resurrección de Jesús que anuncia nuestra propia resurrección? La palabra resurrección es equívoca porque es la misma palabra que se utiliza en la resurrección de Lázaro. Lázaro vuelve a la propia vida, mientras que Jesús irrumpe desde una nueva dimensión de la Vida. Algunos teólogos consideran que quizás sería más adecuado hablar de surrección en vez de resurrección, para dejar claro que no es una repetición de algún estado conocido, sino la irrupción de Algo inédito.

Por esta razón, nadie reconoce a Jesús, de entrada, en ninguna de las apariciones pascuales. Lo confunden con otro: María con un hortelano (Jn 20); los discípulos de Emaús, con un forastero (Lc 23); cuando van a pescar, con un extraño que les habla desde la orilla (Jn 21), etc.

Pero, al final, todos acaban reconociéndolo por la joya, el sentido y la abundan- cia que deja en ellos la irrupción de su Presencia, que no es física, sino de otro orden:

  • Intento reconocer «apariciones» del Cristo resucitado en momentos cruciales de mi vida para que me ofrezcan luz en esta situación actual y en cómo se ha hecho presente en estos últimos días. Me detengo en ellas para recibir toda la gracia que emana de ellas y me dispongo para que sigan manifestándose.

4. No es solo el Cristo resucitado, sino el Cristo resucitando

La resurrección no es un «final feliz» tras la pesadilla de la Pasión, sino un Inicio que apenas avistamos, como nos pasa ahora. Con el Sabbat acaba el ciclo de la antigua creación para empezar una nueva. Domingo proviene de Dominus, ‘Señor’, «Día consagrado al Señor» para recibir la fuerza regeneradora que emana de su resurrección. También nuestro mundo está a punto de empezar un nuevo ciclo y tendremos que estar atentos para percibir cómo se manifiesta.

Por ello, más que hablar del Cristo resucitado (en participio pasado), debería- mos hablar del Cristo resucitando (en gerundio presente), porque está actuando en todo momento. De este modo, lo que experimentamos como la muerte del mundo que conocíamos, puede devenir la ocasión de un cambio cualitativo en todo el planeta.

Que los cincuenta días de tiempo Pascual que tenemos por delante nos sirvan para profundizar en la fuerza expansiva de la resurrección del Cristo que, silenciosa y escondida, está trabajando en medio de esta prueba colectiva.

  • Dispongámonos estos días a sentir cómo la Vida resurge, de modo que, cuando reemprendamos la vida ordinaria después de la pandemia, también nosotros resurjamos con una disposición y calidad diferentes.

 

Imagen de Maike und Björn Bröskamp extraída de Pixabay

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