Un silencio entre dos gritos - Sábado Santo

Un silencio entre dos gritos – Sábado Santo

Carles Marcet sj. [En estos textos se proponen algunas pautas para vivir en tono orante estos días en que recordamos las horas más intensas de la vida de Jesucristo y, por esta razón también, las horas más trascendentes de nuestro caminar como creyentes y como Iglesia. En la página web www.semanasantaencasa.es , en Instagram @serjesuita o en Youtube JesuitasESP podrás seguir en directo o en diferido otras propuesta para esta #SemanaSantaEnCasa].

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Primer punto

Tradicionalmente, el Sábado Santo es el tiempo litúrgico del gran silencio. Tiempo para acompañar y velar calladamente el cuerpo de Jesús puesto en el sepulcro. Tiempo de interrupción entre dos grandes gritos: uno que ya se ha producido («Padre, ¿por qué me has abandonado?») y otro que aún esperamos («¡Hemos visto al Señor!»).

Pero esto no es solamente un tiempo litúrgico; muchas veces se convierte también en un «tiempo existencial» que a menudo le toca vivir al seguidor del Señor Jesús y del que no conviene pasar de largo. Quizás este tiempo en que vivimos bloqueados, asustados y desorientados en medio de una pandemia mundial de coronavirus tenga alguna analogía con esta existencia cristiana que vive «silenciosamente expectante entre dos gritos».

Por esta razón, para rezar hoy te invitamos a que te ubiques en esta tesitura del Sábado Santo, acompañando a María Magdalena y a aquellas otras mujeres que van al sepulcro a velar calladamente el cuerpo de Jesús, y a que permanezcas un rato allí con ellas. Intenta poner todos tus sentidos en juego en esta escena y a hacerte presente en el lugar.

Del mismo modo que debieron hacerlo esas buenas mujeres, puedes «recordar afectivamente» con ellas a aquel hombre que «pasó por el mundo haciendo el bien», «que hablaba y actuaba con autoridad», «que acogía y sanaba a todo el mundo sin importarle mucho a quién ni cuándo», «al que un día te encontraste y que te sanó a ti», «te perdonó y te amó» y «te invitó a ir con Él». Así, poco a poco, fue convirtiéndose en la razón de ser de tu vocación, de tu vida…

  • Recuerda «afectivamente» escenas tuyas, de tu historia con Jesús, o –mejor dicho– de la historia de Jesús en ti: el primer conocimiento en la infancia, las personas que te ayudaron a conocerlo y a amarlo, la llamada al seguimiento, tu vocación específica, el itinerario que has seguido desde entonces, los momentos intensos y clave de tu seguimiento, las dificultades y las alegrías, la presencia acompañándote en tus tareas y
  • Recuerda cómo te pidió confianza y tú se la fuiste Cómo te pidió des- prendimiento y tú te fuiste abandonando. Cómo te pidió entrar en tu corazón y tú le acabaste dejando espacio.
  • Y todo esto «ante el sepulcro»: aunque te parezca un simple recordatorio, no deja de ser un momento necesario en el itinerario del crecimiento de la fe. En él, a veces pasa por recibir una «nueva revelación del Dios siempre más grande», hace falta un tiempo de interrupción, de silencio, incluso de ruptura, para que el Espíritu del Señor emane de nuestro interior con más fuerza y nos empuje a seguir la peregrinación con valentía: Es el tiempo de la poda o de la espera esperanzada después de la siembra

Después de haber estado con las mujeres en ese espacio orante y silencioso, mientras caminas de regreso a casa puedes indagar cuáles han sido los pensamientos y los movimientos afectivos interiores que más huella han dejado  en ti en ese rato ante la tumba de Jesús. También, sin forzar, y si buenamente te ayuda, puedes dejar que alguna de estas preguntas o intuiciones ocupen tu mente y tu corazón:

  • ¿Puede ser cierto que una libertad insospechada aparece cuando alguien acata amorosamente las realidades –a veces duras– que aparecen en el camino de la vida?
  • ¿Puede ser cierto que hay una «vida verdadera y en crecimiento» también allá donde nos vamos entregando y consumiendo de forma callada y secreta, sin ningún éxito ni fulgor aparente?
  • ¿Puede ser cierto que, en la máxima desnudez, a veces puede producirse también la máxima transparencia?
  • ¿Puede ser cierto que estamos más cerca de la plenitud de nuestra vocación humana y cristiana cuando nos entregamos y nos dejamos desnudar, solidarios con el Misterio de la Cruz de Jesús?
  • ¿Puede ser cierto que compartiendo la suerte de los crucificados, a veces nos podemos descubrir habitados por una «alegría, diferente de la que da el mundo, pero muy real»?

Segundo punto

Si dispones de otro rato de oración durante el día, te propondría que hicieses algo parecido a lo que has hecho con las mujeres, pero esta vez acercándote a otra persona: a Nicodemo. Quién sabe si aquel fariseo cercano a Jesús estaba en el sepulcro con José de Arimatea y le ayudaba a bajar el cuerpo de Jesús de la cruz…

Nicodemo, atraído por Jesús, se había acercado de noche para indagar algo más sobre él, para conocerlo más de cerca y mejor. La escena la encontrarás relatada en Jn 3,1-21. Puedes acompañar a Nicodemo a casa de Jesús. Cuando haya transcurrido un rato vuelves con él al pie de la cruz y le ayudas a bajar el cuerpo de Jesús. Posiblemente, Nicodemo recuerde ahora y encuentre nuevos ecos y nuevos significados a las palabras que Jesús le dijo entonces y que en su momento no acabó de entender.

  • «Debes nacer de nuevo; del agua y del espíritu»: con el cuerpo de Jesús en tus brazos, ¿qué te sugiere esto hoy?; en la situación que estás viviendo, ¿por qué intuyes un nuevo nacimiento?
  • «El Hijo del hombre ha de ser levantado para que todo el mundo que crea en Él tenga vida eterna»: con el cuerpo de Jesús en tus brazos, ¿qué te sugiere esto hoy?; ¿por dónde puede empezar a ser levantada la vida hoy caída?
  • «Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo para que todo el que crea no muera». Con el cuerpo de Jesús en tus brazos, ¿qué te sugiere esto hoy?; ¿puede ser que haya una manera de amar y de entregarse que no llevan a la muerte, sino a la plenitud?
  • «No he sido enviado a condenar, sino a salvar»: con el cuerpo de Jesús en tus brazos, ¿qué te sugiere esto hoy?; ¿de qué te puede salvar esta vida así entregada?

Al finalizar esta oración con Jesús y con Nicodemo, quizás te ayude releer aquello que tantas veces repetimos al rezar el credo: «Fue crucificado, muerto y sepultado». Corremos el peligro de olvidarnos con facilidad de que la tumba fue el lugar donde se produjo el final de la vida de Jesús. Lo rezamos en el credo, pero enseguida pasamos al «resucitó de entre los muertos», como si no halláramos ante el final feliz de una película estadounidense.

Pero, si no ignoramos esta realidad, en el sepulcro puede producirse una desgarradora –pero quien sabe si también sanadora– tensión entre lo que uno ve y lo que uno espera. Uno ve la confirmación de un hombre que ya no tiene ni presente ni futuro. También espera una palabra definitiva de vida. Para que esto suceda, hay que morir realmente del todo, porque la vida nueva no sería «nueva» si no llegase con la desaparición total de la vieja vida.

Puedes acabar considerando cuán cierto es que «la muerte ronda nuestras vi- das» (en estos días excepcionales de confinamiento y de dolor solidario, nos hemos hecho más conscientes de esto). Pero considera cuán cierto es también que «la vida ronda nuestras muertes»: cuando no ignoramos o escondemos la muerte, sino que nos mantenemos de pie ante ella, puede despertarse mucha vida verdadera en nosotros (y esto, posiblemente, también hemos podido experimentarlo estos días).

  • Y al final pregúntate: ¿tengo que morir de alguna forma en este sepulcro?

Tercer punto

Si hoy cuentas con otro rato de oración, quizás te ayudaría practicar una especie de repetición ignaciana. Te la propongo al hilo del siguiente fragmento escrito por el compañero jesuita Benjamín González Buelta:

«Atravesamos a lo largo de la vida situaciones de muerte donde, después de haber luchado hasta el final se nos acaban las fuerzas y las razones, y tenemos que esperar en el sepulcro tres días hasta que se estructure toda nuestra persona en torno a una nueva sabiduría que aparece dentro de nosotros como una sorpresa regalada» (Orar en un mundo roto, p. 54).

Creo que una lectura meditativa podría ayudarte, intentando saborear cada una de las palabras del texto, parándote en cada una de ellas mientras encuentras su «sabor».

  • «Atravesamos situaciones de muerte». Las situaciones de muerte son aquellos paisajes áridos y esteparios que aparecen a lo largo de nuestra vida y que con frecuencia suceden en los momentos más insospechados e inesperados, y que nos parecen de lo más No podemos desterrarlos de nuestra vida luchando contra ellos, pero tampoco son la «meta de llegada», «lo definitivo»: son situaciones que simplemente debemos atravesar.
  • «Tenemos que esperar tres días ante el sepulcro». «Tres días» es un número simbólico. Significa ‘el tiempo que haga falta’. El tránsito de lo viejo a lo nuevo pide su Para que se produzca un nacimiento de lo que realmente es nuevo, hay que dar tiempo a que lo viejo muera. Mientras las viejas posibilidades que fueron o que pudieron ser y ya no son continúen escondidas y latentes en nuestro corazón, actuarán como un cáncer que nos va corroyendo sin dejar paso al nuevo nacimiento.
  • «Para que se estructure una nueva sabiduría». Estamos ante el sepulcro, ante lo que es viejo, pero estamos y vislumbramos una «nueva estructuración» y lo mismo esperamos ahora en medio de esta pandemia que nos produce dolor y nos destroza: esperamos que de su aguijón, aparentemente mortal, broten nuevas maneras de vivir y de encarar la vida, tanto personales como colectivas. La nueva realidad nace de la muerte de la vieja, no del resurgimiento de sus mejores fragmentos. Y se presenta precisamente cuando lo viejo se reconoce como tal. Entonces, lo que se presenta es una «sabiduría nueva», no una «vieja necedad renovada o camuflada». Se presenta un «nuevo sentido», una «nueva vertebración», una nueva manera de ver, de vibrar, de sentir, de proceder…
  • «Que aparece dentro como sorpresa regalada». Morir a lo que es viejo para abrir espacio a lo nuevo es algo que no está exclusivamente en nuestras manos, como si fuese algo que nosotros pudiésemos forjar a golpes de voluntad, o de ilusión, o de inteligencia, o… Lo que sí podemos hacer es disponernos –con ánimo y generosidad, atendiendo a la voz silenciosa que resuena en nuestro interior– a acoger dicha novedad que fundamentalmente es un don, un regalo imprevisto que a veces sucede incluso allá donde menos lo esperábamos, o en aquella circunstancia donde menos esperanzados vivíamos.

Entonces, cuando estamos en disposición de acoger esta sabiduría –incontrolable pero imparable, que viene de más allá de nosotros–, quizás nuestro vivir se verá conmovido y nuestras existencias –con frecuencia tan acomodadas– desinstaladas. ¡Bendita conmoción y bendito despojo! Seguro que nos llevarán a implicarnos en la historia de siempre, de una forma nueva: más creyente, más amante y más esperanzada.

Para acabar, algunos de estos textos bíblicos podrían acompañar tu meditación:

  • Is 65,17-25: «Pues he aquí que yo creo cielos nuevos y tierra nueva, y no serán mentados los primeros ni vendrán a la memoria».
  • 2Cor 5,17-18: «El que está en Cristo es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo».
  • Mt 9,16-17: «El vino nuevo se echa en pellejos nuevos, y así ambos se conservan».
  • Ap 21,1-5: «Mira que hago un mundo nuevo».

Imagen de bertvthul extraída de Pixabay

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