Ahondar en el misterio del dolor y del amor - Viernes Santo

Ahondar en el misterio del dolor y del amor – Viernes Santo

Carles Marcet. [En estos textos se proponen algunas pautas para vivir en tono orante estos días en que recordamos las horas más intensas de la vida de Jesucristo y, por esta razón también, las horas más trascendentes de nuestro caminar como creyentes y como Iglesia. En la página web www.semanasantaencasa.es , en Instagram @serjesuita o en Youtube JesuitasESP podrás seguir en directo o en diferido otras propuesta para esta #SemanaSantaEnCasa].

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Primer punto

En el contexto en el que vivimos esta Semana Santa, afectada por esta pandemia que nos supera y desborda, y hace sentirnos hermanos y hermanas en «la comunión del sufrimiento», quizás la mejor manera de orar sería simplemente contemplar esta humanidad que sufre como el cuerpo de Cristo hoy, de nuevo martirizado y crucificado.

  • Una manera concreta de hacerlo –a modo de viacrucis– sería seleccionar catorce rostros concretos de personas cercanas que conoces y que están sufriendo en su propia carne las consecuencias de la pandemia. Una vez seleccionados, intenta mirarlos, uno por uno, como Dios Padre los mira –tal como él miraba, con dolor y con amor– a su Hijo en la cruz. Y, al mirarlos detenidamente, bendícelos, desea para ellos el bien y la plenitud, incluso en esta situación dura que estamos viviendo.
  • Otra manera podría ser hacer lo mismo, pero esta vez visitando –con la vista imaginativa y poniendo todos tus sentidos– aquellos lugares donde «ha llovido sobre mojado», donde la pandemia ha aumentado un dolor ya presente desde hace tiempo. Por tanto, puedes dar «un paseo contemplativo» por las prisiones, las residencias de ancianos, los Centros de Internamiento de Extranjeros, los hospitales, los lugares de albergue para los sin techo…

Segundo punto

En un segundo momento o segundo espacio de oración, podrías concentrar tu mirada y tu corazón en Jesús crucificado. Fíjate en que no se trata tanto de contemplar «la pasión de Jesús», sino a Jesús en la pasión. Quizás, la fidelidad silenciosa de Jesús, en estos momentos de máximo descenso a los infiernos que los seres humanos creamos, pueda ayudarnos a encontrar la manera más acertada de encarar estos infiernos que a veces también nos toca vivir y sufrir.

Mirando al crucificado, deberás hacer frente a tres misterios que aparecen en la cruz (en la de Jesús y en las nuestras):

a) Primer misterio: el misterio del sufrimiento

  • Fíjate en que Jesús no resuelve este Misterio; simplemente lo afronta, y lo afronta solidarizándose con nuestro sufrimiento humano, sintiendo que es también el sufrimiento del No lo rehúye; lo afronta. Como dice el poeta hebreo Pijas Sadé: «Caminé, y en el camino encontré el dolor. Pero no hui de él, porque el sufrimiento es el núcleo del dolor de Dios en el mundo».
  • También Jesús se encontró con el dolor y no huyó. De hecho, ya lo había dicho: «Yo soy el Buen Pastor, y el Buen Pastor no abandona a sus ovejas cuando se acerca el lobo, porque las ama. Así pues, Aquel que dio fuerza a los abatidos, ahora vivirá con ellos solidariamente el abatimiento; Aquel que acompañó tantas soledades, ahora vivirá con ellos solidariamente la soledad; Aquel que curó tantos enfermos, ahora vivirá con ellos solidariamente la experiencia del límite físico y psíquico».
  • Puede ser que esta forma que vemos en Jesús de encarar el misterio del sufrimiento nos pueda ayudar o mover a mirar y a encarar de otra manera el sufrimiento que la vida comporta. Debemos reconocer que seguir a Jesús cuando las cosas van suficientemente bien resulta entusiasmador, pero cuando las fuerzas y el ánimo se tambalean, cuando ya no se habla bien de nosotros o cuando el fracaso y el sufrimiento se acercan y nos atrapan, con frecuencia aparecen las quejas –¿por qué a mí?–, las lamentaciones –¿y ahora que voy a hacer?–, la búsqueda de «culpables»… Parece como si ya no fuese posible seguir a Jesús. Tal vez, la manera que tiene Jesús de afrontar el sufrimiento pueda ayudarnos para que lo que nos toque vivir a nosotros no nos rompa por dentro ni nos lance a la amargura.
  • Pide al Señor el don de mantenerte sensible y solidario con tanto sufrimiento humano que nos rodea.

b) Segundo misterio: el misterio de la ausencia de Dios

  • Fíjate en que Jesús vive solidariamente este sufrimiento ante un misterio aún más grande como es el silencio de Dios Padre que parece Ante este sentimiento de abandono que se produce cuando más impotente y débil se encuentra, cuando más necesita de una Presencia, se ponen a prueba su amor fiel, su fe inquebrantable y su esperanza abierta.
  • Si somos sinceros, esto también nos ha pasado o puede pasarnos a nosotros. Por esta razón, vale la pena mirar qué hace Jesús, cómo vive este misterio. Fíjate en que sin esconder la perplejidad y el desconcierto –«Padre, ¿por qué me has abandonado?»– es capaz de abrirse con radicalidad creyente al Padre, y radicalmente hacer lo que siempre ha hecho: «Entrego mi vida y la pongo en tus manos».
  • Quizás esto pueda ayudarnos a vislumbrar que allá donde Dios parece callar es donde más puede estar revelándose. Lo que pasa es que quien se revela no es el dios que nos hemos ido construyendo a nuestra medida –y que, ingenuamente, creemos que tiene el poder de sacarnos las castañas del fuego–, sino aquel Dios siempre más grande –que vive más allá de nuestros intereses, pensamientos, esquemas y afectos–, pero que se acerca a nosotros en forma minúscula y totalmente herida de El Dios Padre que aquí se nos revela no es el «Dios Omnipotente», es del «Dios expuesto y amenazado de muerte por la locura de su amor por nosotros». Tiene razón quien decía que en la cruz no debemos ver «el precio que ha de pagar Jesús por nuestros pecados, sino el precio que paga Dios por haberse enamorado con locura de nosotros».

c) Tercer misterio: el misterio del amor extremo

  • En la cruz, Jesús nos pone ante otro gran misterio: ¿Cómo puede ser que una persona llegue a amarnos hasta tal extremo? Es el misterio del amor extremo. En su sufrimiento solidario, vivido ante el Padre que parece ausencia, Jesús se lo juega todo: lo da todo, lo entrega todo a cambio de nada, sin ninguna seguridad. Jesús ama tanto la vida verdadera que, para defenderla, se hace no vida».

Ante tanto gran misterio:

  • Lo primero que podrías hacer, al pie de la cruz, es maravillarte ante este misterio de amor y desear sentirte transido por Él. Pídelo porque es un don.
  • En segundo lugar, podrías suavemente preguntarte: ¿Qué puedo hacer yo –e incluso sufrir yo– por amor a Cristo? ¿Qué sufrimientos y qué crucificados me están invitando hoy a dejar que el misterio de amor se manifieste a través de mí?
  • En tercer lugar, podrías pedir la gracia de disponerte a «vivir los sufrimientos que lleva una vida como Cristo»; es decir, una vida en comunión con el Padre por los otros. Así vividos, poco a poco, estos sufrimientos, en lugar de destruirnos, pueden ir reconstruyéndonos por dentro, porque cuando el dolor es participación del dolor/amor de Dios al mundo y en el mundo –como Jesús–, esto acaba transfigurándonos. Y, al revés: cuando el límite (del dolor, del sufrimiento, de la cruz…) lo vivimos lejos del Ilimitado, un aire frío que congela la vida nos penetra por todos los rincones de nuestro ser.
  • Para rezar estos misterios, si ayuda, puedes hacer una lectura serena y meditativa del Salmo 23 y de Juan 10,7-19: el Buen Pastor.
  • O simplemente puedes ir acompañando a Jesús en la pasión con alguno de los relatos del En este caso, lo mejor es no hablar demasiado, sino más bien callar, escuchar y dejar que «el silencio de Jesús sea el que hable».

Tercer punto

Si hoy tienes otro rato de oración, quizás te ayudaría hacer una pequeña repetición ignaciana.

  • El lugar: al pie de la cruz.
  • La petición: «Sentir internamente dolor y confusión por el dolor y la confusión que Jesús padece, y por el dolor y la confusión que hoy todos padecemos, especialmente los crucificados de nuestro mundo».
  • Aquello que voy buscando: el aprendizaje vital de «con-morir con Cristo», lo que se revela como la forma más intensa de «convivir de una manera evangélica entre, con y por los otros con quien convivo el día a día.

Teniendo como telón de fondo los tres misterios antes citados y la realidad del coronavirus que hoy nos afecta como humanidad, puedes dejar que resuene por dentro alguna de estas consideraciones.

  • Que la calidad humana –personal y colectiva– se mide por la capacidad de solidaridad (y no por otros factores, como trabajar en exceso, tener muchos conocimientos, numerosas iniciativas creativas…); por la capacidad de hacerse cargo, de encargar y de encargarse del dolor de los otros, con sus heridas, sus angustias, todo aquello que les pesa… Por tanto, pregúntate por el lugar real que ocupa el sufrimiento ajeno en tu vida.
  • Que si dejas que el dolor de los otros te afecte, puede ir abriéndose un espacio dentro de ti donde ir gestando una modesta pero vigorosa convicción: saliendo al paso del dolor de los otros es como nuestra vida se va llevando a plenitud, incluso más allá de lo que personalmente podamos sentir.
  • Que no es nada fácil vivir de esta manera porque nuestras inercias nos llevan más a vivir «reclamando nuestros derechos», defendiendo en primer lugar la propia salud, el propio bienestar,
  • Que «los dolores de tu vida» también son aquellos que has sufrido debido a tu solidaridad con los más vulnerables, aquellos que has experimentado por no esconder tu vulnerabilidad ante los otros, o aquellos que has vivido por empatía y compasión con los que sufren. En fin, aquellos sufrimientos que no son los que nos llegan cuando nos encerramos en nosotros mismos. Los vives con Jesús y Jesús los vive contigo.
  • Que hoy la realidad nos hace ver que le falta algo a la pasión de Jesús y que este «algo» es su sufrimiento actual en el mundo. Quizás esto te ayude a mirar con ternura los rostros de los sufrientes de hoy en los que se hace «anónimamente presente» Aquel que continúa sufriendo en ellos.

Y, al acabar, no te canses de pedir ser iniciado en los misterios del sufrimiento, del silencio de Dios y del amor hasta el límite.

Imagen de ludi extraída de Pixabay

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