Crisis del coronavirus, capítulo uno: colapso

Crisis del coronavirus, capítulo uno: colapso

Pablo Font Oporto. Estos días, en lo que leo y hablo encuentro un gran contraste entre dos visiones extremas: la los que afirman que nos hallamos ante “la gran transformación” y la de los que sólo ven un paréntesis embarazoso… Me hallo entre ambas visiones. Vaya por delante que nos falta perspectiva, y que ni siquiera sabemos realmente cuánto durará esta crisis, cuántas personas morirán, qué consecuencias a corto plazo tendrá y cuánto durará el confinamiento. En todo caso, no cabe duda de que no se tratará de un mero incidente en nuestras vidas ni en la Historia de la humanidad. Tampoco parece probable que todo cambie 180 grados en unos meses… Las resistencias de los subsistemas humanos y la lentitud en los cambios cosmovisionales lo impedirán. Lo que sí parece claro es que cuanto mayor sea la gravedad de esta crisis (en términos sociales, humanos, temporales y económicos) mayor será el impacto de los cambios. Y dado que parece que los Gobiernos no están diciendo realmente cuál es esa gravedad, parece que las consecuencias serán mayores de lo que podría parecer a resultas de sus declaraciones.

Las ideas se agolpan en mi mente, pero la primera palabra que me viene es “colapso”.

Este concepto no es nuevo, y es un tema que gran parte de nuestra comunidad científica lleva trabajando hace tiempo. En particular, desde el ámbito de la ecología social, la economía ecológica y la ecología política, es una variable posible. Y gran parte de la comunidad científica de ámbitos vinculados al estudio de la crisis medioambiental la reconoce como probable. En particular, aunque no sólo, respecto a la emergencia climática, aunque también en relación con la crisis energética que el intento de evitar aquella conllevaría, salvo veleidades energético-nucleares. Estos estudios analizan cómo podrían colapsar todos los subsistemas humanos y, por tanto, la civilización tal como hoy la entendemos (occidental globalizada), si se produjesen los hechos que todos los datos están confirmando en el campo medioambiental.

Es obvio que en estos días el sistema ha colapsado. Empezando por las cadenas de suministro de materiales sanitarios y los sistemas de salud públicos en las zonas más afectadas, pasando por las cadenas de suministros del sector industrial, hasta la reciente paralización de todos los sectores productivos no esenciales, e incluso los problemas sociales o de seguridad ciudadana que han empezado en algunas zonas con protestas sociales (saqueos a supermercados en el sur de Italia, por ejemplo). Pero el colapso no afecta sólo a la economía real (otro día hablaremos de la financiera), sino también a otros ámbitos, como el que en cierto modo (a pesar del sobrehumano esfuerzo de la comunidad docente) está sufriendo el sistema educativo, los psicológicos del personal sanitario, y los posibles de ese mismo tipo en ciertas poblaciones de riesgo o en cuidadores de colectivos vulnerables. Por no hablar de la situación mental que gran parte de la población puede sufrir cuando de la noche a la mañana se le ha confinado en casa sin una previa preparación (y que explican algunos—no todos—de los incumplimientos insolidarios que todos nos apresuramos a condenar). Circunstancias que se pueden agravar cuando las medidas de excepción se alarguen, como parece, en el tiempo. Más difíciles de encajar en nuestras sociedades occidentales, menos habituadas que las orientales a la sujeción a la colectividad.

Es verdad que por el momento no parece que se haya producido un colapso económico o social completos, y, por el momento también, no se produce en el plano político (al menos en Europa, pero permanezcan atentos a la evolución de las negociaciones en la UE), ni securitario, ni energético ni agroalimentario (estos tres son clave).

Por tanto, no es una situación de bloqueo completo, pero es, si lo prefieren ustedes, un “simulacro de colapso” o, al menos, uno controlado (esperemos, si no, échense a temblar). Pero cuando se produce un cortocircuito en un espacio destinados a grandes eventos es la mejor oportunidad para revisar no sólo todas las instalaciones eléctricas sino también todos los sistemas y medidas de seguridad. ¿No? Pues bien, nos encontramos antes una situación lamentable pero que nos ofrece un marco paradigmático para estudiar cómo podríamos evitar una caída civilizatoria completa, o al menos, cómo podríamos atemperarla.

Al respecto, si se compara esta situación con los estudios referentes a posibles colapsos socioambientales que analiza la comunidad científica, llaman la atención varios paralelismos. En primer lugar, la imprevisibilidad ante el mismo es en muchas ocasiones producto de su llegada a través de una cadena de pequeños hechos concatenados que no son interpretados adecuadamente. De tal modo que se permanece a la espera de un rápido tsunami que nunca llega o, al menos, que, cuando llega, nos pilla ya con el agua al cuello. Todas las investigaciones apuntan a que no se producirá, al menos de momento, una situación apocalíptica ambiental que, cual perfecto Armagedón, imposibilite la reacción ante una catástrofe de dimensiones inabarcables sucedida sin previo aviso. Más bien, se habla de la sucesión permanente de pequeñas microcrisis, de dimensiones cada vez mayores. Como una especie de aumento progresivo y continuo de oleaje, con picos puntuales en los que puede haber galernas que cuando acaban no es sino para dar paso a nuevas tempestades más fuertes… ¿Les suena?

La segunda cuestión sobre la que es posible detectar un cierto paralelismo es la falta de preparación, la cual se debe a la negación de los hechos o a la confianza en las posibilidades del ser humano. Esto es algo típicamente moderno, en el sentido de que pertenece a la cosmovisión surgida desde la Modernidad, que cree en el progreso continuado del ser humano, dueño de su destino. “Saldremos de esta, como siempre hemos salido”. Hay aquí evidentemente una negación de la realidad, cuestión sobre la que esperamos escribir en la siguiente entrega.

El tercer ítem en el que cabe observar similitudes entre este simulacro de hundimiento y los estudio sobre uno posible socioambiental, es la desigualdad en la que se reciben las consecuencias de este. Desde el inicio de esta crisis llevo intentando escribir unas reflexiones urgentes, pero ser padre de dos niños pequeños es una gran dificultad. Aunque evidentemente no puedo quejarme, si miro alrededor. El desigual impacto de la crisis puede verse en cómo afectó (al menos, hasta la prohibición de las actividades económicas no esenciales) a determinados trabajadores/as que no pueden teletrabajar, a los/las que sufren ERTES, a los ya previamente desempleados/as, a los colectivos vulnerables, a la infancia, a los/las dependientes, a los/las mayores con o sin demencias, a las personas con discapacidad o capacidades diferentes, o con trastornos de la conducta. Evidentemente, los y las sanitarios y los miembros de los servicios de emergencia están en primera línea de fuego, pero mucho habría que hablar sobre la estabilidad y las condiciones sociolaborales de estos colectivos. También se juegan el pellejo personas que no sólo no estaban a priori vocacionadas para pelear en esta guerra, sino que tampoco gozan de dicha estabilidad ni buenas condiciones laborales.

No cabe duda: no es lo mismo pasar la crisis con teletrabajo, en una casa grande, y sin problemas económicos, que como cuidador de personas dependientes, en pisos microscópicos en barrios marginales, en el entorno de familias grandes con todos sus miembros en situación de desempleo, vulnerabilidad y tal vez con otros problemas sociofamiliares (Save the Children está publicando datos al respecto). Sin embargo, el confinamiento se ha dictado para todos por igual. La igualdad en las medidas una vez más nos remonta a la desigualdad en las condiciones de cada persona o sector social. Esto nos devuelve a eras pretéritas, pero es claramente la situación que podría dibujarse en un posible futuro escenario de bloqueo, en el que las clases privilegiadas no sufrirían de la misma manera los efectos de la crisis medioambiental. Es más, ya lo están sufriendo los colectivos más débiles de los países empobrecidos. Esa desigualdad, que parece máxima, tiene evidentemente ciertos límites: ante un escenario de colapso total que afecte a todos los subsistemas humanos) y global (en términos de extensión planetaria), no cabe defensa posible, ni siquiera por parte de los más poderosos. Eso lo hemos podido también atisbar estos días en el fallecimiento de personas famosas o poderosas en términos socioeconómicos.

Este ensayo de hundimiento nos ha golpeado en el rostro, pero es sólo una pequeña muestra de algo que podría ser mucho peor[1]. Un aviso de algo que tal vez podría irse manifestando, como ya se ha apuntado, en forma de nuevas crisis parciales. La cuestión es: tras la superación de esta crisis, ¿seremos por fin conscientes de que un colapso mucho más grave es inminente si retomamos la senda anterior?

(Continuará)

***

[1] Antes del cierre de este texto he encontrado un texto que aborda la crisis del COVID-19 desde la perspectiva del colapso y que recoge una amplia bibliografía sobre el tema del posible colapso de nuestra civilización no sólo medioambiental, y posibles relaciones entre este y la emergencia sanitaria actual.

Imagen de Andrew Martin extraída de Pixabay

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