La "trampa" de la autobiografía del Peregrino

La “trampa” de la autobiografía del Peregrino

M. Carmen de la Fuente. En el seminario EIDES (el Área de espiritualidad de Cristianismo y Justicia) estamos leyendo “El Peregrino”, la autobiografía de San Ignacio, un relato que nos permite conocer el camino que recorrió el caballero Íñigo de Loyola tras ser herido en una pierna en pleno campo de batalla. Cómo, después de un tiempo de convalecencia, salió de su casa con la determinación de llegar a Jerusalén y cómo se fue transformando a su paso por Montserrat, Manresa, Barcelona, ​​Salamanca, París, Roma o Venecia. En la autobiografía, el recorrido físico entrelaza con el camino personal y espiritual de Ignacio hasta situarnos ante un hombre capaz de encontrar a Dios en todas las cosas.

En la última sesión del seminario, un compañero intervino apuntando que la lectura de la autobiografía incluía “una especie de trampa” (común a todas las biografías y autobiografías): leemos la vida del Peregrino sabiendo que es la vida de San Ignacio. Nos acercamos a lo que hace, a lo que le pasa y a sus experiencias, sabiendo que son hechos que iban configurando la persona que hoy conocemos por haber escrito los Ejercicios Espirituales y haber fundado la Compañía de Jesús. Miramos a aquel hombre, que pasó todos los dolores imaginables para conseguir que su pierna herida no afeara su aspecto; que “decidió” si tenía que matar o no alguien con la ayuda de los “discernimiento” de una mula; que se vistió con ropa de saco; que dejó de comer y beber; que pedía limosna; que era acogido en casa de otros; que sufrió de terribles escrúpulos…. y que, sobre todo, vivía orientado para seguir la voluntad de Dios. Y lo miramos sabiendo que miramos San Ignacio de Loyola.

Este apunte, me pareció muy sugerente, y creo que esta “trampa” de la Autobiografía, puede ser una buena clave de lectura para la propia vida y para la de los demás.

Para la propia vida, especialmente en los “momentos buenos”, cuando nos descubrimos a nosotras mismas como personas satisfechas con lo que hacemos, consoladas, sintiendo que nuestra vida “funciona”, que estamos dando el fruto que podemos dar. En estos momentos, podríamos mirar atrás y leer la propia biografía, detenernos en cualquier hecho sabiendo que la historia continuaba hasta llegar – como mínimo – hasta donde estamos ahora. Recordar los fracasos, las experiencias de soledad, los momentos de falta de sentido, las veces que hemos necesitado ayuda… y verlo todo a la luz de quien somos en este momento. Releerlo comprendiendo que, lo vivido, estaba ya configurando la persona que somos y la que seremos mañana. Hacerlo puede ser de ayuda para reconciliarnos con nosotros mismos y especialmente, con todo lo que forma parte de nuestra vida pero que en muchas ocasiones hemos querido borrar, nuestros “errores biográficos”, porque descubriríamos que sin ellos, hoy no seríamos nosotros.

También podemos utilizar la “trampa” de la autobiografía del Peregrino para hacer lectura de la vida de los demás, especialmente de las personas que transitan por nuestro mundo: las que visten con “ropa de saco”, las que piden limosna, las que nos parecen extrañas, las que necesitan acogida, las que viven movidas por un deseo que las hace imparables,… Mirar y ser conscientes de que su presente no es lo que serán para siempre, porque también ellas están construyendo su vida. Acercarnos sabiendo que la relación que establecemos -o no- con ellas, tiene valor presente pero marcará también su futuro. Comprender que la forma como las acogemos y tratamos, puede marcar sus autobiografías y también nuestras, puede transformarlas y a la vez, nos puede transformar a nosotros (por fuera y sobre todo, por dentro). Podríamos hacer lectura de la vida de los peregrinos y peregrinas que vamos encontrando, siendo conscientes de que sus experiencias vitales y espirituales pueden iluminar también las nuestras.

Leernos y leer los otros como peregrinos y peregrinas de nuestra propia historia, como personas que dan y damos pasos hacia un horizonte que hemos podido imaginar y que no coincidirá necesariamente con el lugar al que llegaremos, recorriendo un camino que casi nunca es ni el más corto ni tampoco el más recto.

Imagen extraída de Pixabay

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