Reflexión

Reflexión de fin de año: Ha llegado el momento de forjar nuevos vínculos

Cristianisme i JustíciaUn enorme malestar recorre el mundo. Numerosos países son testigos de manifestaciones multitudinarias y de disturbios contra la clase dirigente. La creciente desigualdad y corrupción han escindido la sociedad. El neoliberalismo al que responden muchas de esas manifestaciones se ha convertido en una ideología insoportable para muchas personas: para unos, porque padecen las consecuencias en sus propias vidas; para otros, porque sutilmente se les va reduciendo a consumidores individuales sin mayor valor que el de ser números intercambiables en vez de personas. Dicha ideología, además, va dejando en los márgenes a sectores numéricamente cada vez más amplios que pasan a ser prescindibles. El papa Francisco se ha referido a esta cultura insolidaria como «cultura del descarte».

Tras la irrupción de las grandes transformaciones tecnológicas desde mediados del siglo xx, estamos dejando atrás lo que podríamos denominar paradigma de vinculación, para dejar paso al paradigma de salvación individual, de autodesarrollo, sin que nadie se sienta responsable del desarrollo de los otros. La economía capitalista ha ahondado aún más en ese proceso de desvinculación entre los individuos, que se ha visto potenciado por la globalización actual.

La lectura que proponemos elige la esperanza; es decir, una lectura que discierne los cambios y toma las decisiones necesarias al servicio del desarrollo humano de las personas. Desde 1990, Naciones Unidas habla de desarrollo humano, inclusivo y sostenible, que ahora se concreta en los Objetivos de Desarrollo Sostenible. El desarrollo humano integral debe permitir que los diferentes convivamos y aceptemos una gramática ética común, aunque sea declinada de forma plural. Dicha lectura es posible, deseable y, además, nos pide responsabilizarnos de ese compromiso.

En nuestra reflexión de fin de año queremos advertir primero de los procesos que van en dirección contraria:

  • Existe una desvinculación afectiva, una invasión de todos los ámbitos por el individualismo posesivo. Se produce así una disolución de los proyectos colectivos y un desinterés total por lo que afecta a todos. Estamos asistiendo a la «era del enfrentamiento» (Ch. Salmon). Se persigue la confrontación para lograr los propios objetivos, apoyándose en la violencia gestual, en la posverdad, en los llamados «discursos del odio» o, incluso, en la manipulación de la información y de la opinión.
  • Queda patente la incapacidad de llegar a acuerdos entre las fuerzas políticas y la facilidad para romperlos unilateralmente. Las cuatro elecciones legislativas en España en apenas cuatro años, la guerra comercial iniciada por Trump y su desvinculación de la lucha contra el cambio climático son solo algunos de los múltiples ejemplos. La mirada a corto plazo imposibilita las renuncias necesarias para acometer proyectos duraderos.
  • Asistimos a un acaparamiento imparable de recursos y, demasiadas veces, a un obsceno despilfarro por quienes ostentan más poder. Aunque las cifras de hambre (en términos relativos) o de la esperanza de vida hayan mejorado a lo largo de la historia, su actual estancamiento y el abismo de la desigualdad claman al cielo. La globalización ha convertido a los pobres de todo el mundo en competidores y, por tanto, a verse entre ellos como enemigos.

Esta falta de vínculos sigue provocando heridos

Unos simples pero muy expresivos datos nos permiten pensar a partir de lo concreto:

  • La soledad es ya un mal endémico de las grandes ciudades. Por ejemplo, en la ciudad de Barcelona, en diez años el número de personas obligadas a dormir en la calle ha aumentado en un 72 %: de 1.429 personas (2008) a 2.452 (2018).
  • Los abusos sexuales, de poder o de conciencia sobre menores o personas más frágiles son una llaga duradera y honda. En España, 45.000 personas tienen prohibido trabajar con menores por sus antecedentes penales de naturaleza sexual.
  • Crece también la externalización del cuidado (padres sin tiempo para sus hijos, ancianos solos, etc.) y, cuando no se produce esta dejación o esta transferencia, es frecuente la feminización del cuidado y la consiguiente sobrecarga para muchas mujeres.
  • La violencia contra las mujeres persiste en 2019. Hasta finales de noviembre, los feminicidios en España sumaban 99 mujeres, de ellas 55 eran víctimas de violencia machista, y se habían contabilizado más de ochenta mil denuncias por este tipo de violencia.

Nuestro mundo ya no es solo «líquido», como se ha afirmado, sino muchas veces «gaseoso». Ante la volatilidad de las certidumbres, y la fluidez en las identidades, aparecen movimientos de autoprotección que se cierran en tribalismos identitarios. El egoísmo del «yo» de nuestro mundo se traslada a un «nosotros» excluyente: «¡Primero, nosotros… y después nosotros!».

De este proceso, intenta aprovecharse la extrema derecha secuestrando la religión en favor propio. Se sirve de ella para difundir lecturas duales, maniqueas o integristas. El retorno a lo seguro –muchas veces identificado con «lo sagrado», pero también con el pasado reciente, real o idealizado– , se hace empleando la religión de forma grosera.

No podemos ser neutrales ante las proclamas contra los inmigrantes, contra el reconocimiento de las diferentes identidades, ni ante los llamados «discursos de odio», contra el deterioro de los derechos civiles o contra la pérdida antropológica de la biodiversidad cultural y lingüística. Los movimientos populistas y xenófobos utilizan las emociones más inmediatas, de forma simplista. No debemos admitir que se nos proponga sacrificar la democracia conseguida en aras de una seguridad aparente que solo oculta el beneficio a corto plazo para unos pocos, bien situados.

Más de la mitad de las democracias europeas se han erosionado, y seis países –entre ellos, tres miembros de la Unión Europea (Hungría, Polonia, Rumanía), además de Serbia, Turquía y Ucrania–  se sitúan entre las diez más deterioradas en estos últimos años. En España, la judicialización del conflicto político territorial, las protestas en Cataluña a raíz de la sentencia y el crecimiento de la extrema derecha en las últimas elecciones, evidencian que la democracia se pone en peligro cuando los políticos no son capaces de abordar las tensiones sociopolíticas. Esto siempre va en detrimento de los derechos civiles e imposibilita una salida que sea expresión de la justicia y la fraternidad. Todo ello debería alertarnos para no dar por supuesta la democracia.

Una única lucha: contra la desigualdad y la emergencia climática

La contradicción del desbocado e injusto capitalismo neoliberal que necesita siempre crecer y la crisis provocada por el cambio climático son una única crisis y necesitan una transición simultánea. Durante mucho tiempo, la preocupación ecológica y la lucha por los derechos de los trabajadores se vieron como incompatibles: como si una supusiese la priorización de los animales –exóticos muchas veces– y la otra, la primacía de la vida humana. Hoy queda claro que las causas y consecuencias de ambos problemas están interrelacionadas. Si bien a todos nos afecta la contaminación del aire, los más pobres son quienes más sufren el cambio climático. Por desgracia, después de la última cumbre del clima (la COP25, celebrada en España) constatamos la incapacidad de llegar a acuerdos que aborden esta emergencia con la contundencia y radicalidad necesarias.

Es cierto que la solución no depende solo de una conversión moral, pero, si no hay ámbitos en que se cultiven aquellos presupuestos culturales y morales que exigen una inversión del panorama, difícilmente se encontrarán las fuentes de sentido necesarias para que el cambio económico y ecológico sea viable. La intervención de las tradiciones religiosas, filosóficas, cívicas y humanistas puede ser decisiva.

Recrear la vinculación y la interrelación

Ante el peligro de desagregación –factor letal para nuestras sociedades– , proponemos (porque lo necesitamos) cuidar las relaciones que nos edifican colectivamente. Para ello, necesitamos una concepción del ser humano que considere que el otro forma parte de mí. Para construir la fraternidad, no podemos considerar ajeno nada humano.

Nuestra convicción cristiana nos enraíza en un estilo de vida que encuentra su referente originario en la Trinidad divina, una comunidad de relación, una comunión infinita de Amor, reflejada, a su vez, pálidamente, en la naturaleza concebida como casa común que debemos cuidar, en la Iglesia llamada a ser «escuela de comunión» y en la sociedad humana convocada a construir la fraternidad como comunidad de relaciones de reciprocidad, de mutuo cuidado y de corresponsabilidad. Frente a una sociedad de desvinculación, abogamos por una sociedad que nos convierta en corresponsables de la vida común.

En la conferencia de apertura del curso de Cristianisme i Justícia, el teólogo belga Jacques Haers nos recordaba que, antes de ser individuos, somos relación; hay un nosotros antes que un yo. La relación es la primera y fundamental categoría del ser. Realizar caminos en común, pensarlos juntos, estar convencidos de que, viviendo y decidiendo juntos, «todos ganamos» (aunque todos perdamos algo), escuchar el pálpito del mundo en los ojos de los otros, recibir la alteridad como don y entregarla como tarea, es una forma del ejercicio de la esperanza a la que somos convocados.

Ir a buscar el agua a la misma fuente…

Y sin embargo, hay lugar para la esperanza si miramos las estrellas de solidaridad que brillan en esta oscura noche.

Tiene sentido esperar cuando vemos familias que voluntariamente acogen a refugiados o inmigrantes en su casa, una reunión de iniciativas sociales en Europa, jóvenes que luchan contra el cambio climático o un sínodo de los olvidados de la tierra en el que los indígenas toman la palabra y a los que responden grandes aplausos de la asamblea. Estos son algunas de las señales de esperanza que llenan el anima mundi. La fraternidad como propuesta permite conjugar la corresponsabilidad, la copertenencia al destino común, la promoción de una mayor autonomía para cada persona y para cada grupo, sea del tipo que sea. Todo ello junto a la justicia que se ejecuta en la igualdad real como punto de partida y el reconocimiento de las diferencias, de manera que las distancias finales no sean nunca insalvables, sino compatibles con la fraternidad.

La solidaridad –otro nombre de la fraternidad–  promueve el desarrollo para el bien común. Los poderes públicos tienen un papel insoslayable para hacer posible que todos podamos ser verdaderamente responsables de todos.

Estar juntos, orar juntos, celebrar juntos, cantar y bailar juntos, tener objetivos que nos unen por encima de las diferencias, estar dispuestos a pasar tiempo improductivo unos junto a otros, entrar en la plaza pública para que los que somos diversos vayamos a buscar el agua a la misma fuente son modos de ser que nos hacen más personas.

Cuantos más seamos abordando las grandes dificultades, más disminuirán. Esta es nuestra apuesta, una apuesta que brota de nuestra esperanza.

***

En el siguiente enlace podrás descargarte la reflexión: “Ha llegado el momento de forjar nuevos vínculos“.

Reflexión

Imagen de Ulrike Leone extraída de Pixabay

Para continuar haciendo posible nuestra labor de reflexión, necesitamos tu apoyo.