Ellacuría

La civilización de la pobreza

Voces. Alfred Vernis. [Diari Ara] Una manera de recordar el legado de Ignacio Ellacuría, 30 años después de su asesinato, es reivindicando la rabiosa actualidad de su original concepto de la civilización de la pobreza. Durante los años 80, Ellacuría reflexionaba sobre la crisis del modelo capitalista que ya se manifestaba en muchos lugares del planeta. Trabajaba desde un pensamiento singular, forjado a través de su experiencia sobre el terreno en zonas de El Salvador, Centroamérica, América Latina y Estados Unidos.

A partir de sus análisis, propuso una tercera vía para superar las formas conocidas de los modelos capitalistas y socialistas. Atrevidamente, la denominó la civilización de la pobreza, en contraposición a la civilización de la riqueza. Lo hizo de una manera provocadora, no porque pensara que todos nos teníamos que convertir en pobres. Esta denominación fue considerada desafortunada por algunas personas, como las que después han sido señaladas como aquel 1% de la población mundial que acumula los beneficios. También fue una terminología rechazada por la corte de economistas neoliberales, directivos de fundaciones progresistas, académicos bienintencionados y consultores de responsabilidad social que contribuyen a mantener el statu quo de este 1%.

Personalmente me parece un término muy acertado. Hablar hoy de civilización de la pobreza significa prestar atención a los dos retos principales que tenemos como sociedad: la iniquidad y el cambio climático. Desde esta perspectiva entenderemos mejor por qué la gente joven se manifiesta en las calles, desde Chile hasta Hong Kong, desde Cataluña hasta Sudáfrica. La juventud está cansada de que se la conduzca hacia un modelo social en el que el centro es la acumulación de capital por encima de todos los objetivos y, sobre todo, por encima de la supervivencia y dignidad de la vida humana y planetaria.

Ignacio Ellacuría decía que atesorar dinero, capital, propiedades, se había convertido en el motor de la historia a finales del siglo XX; aún lo es más a principios del XXI. Un motor que en vez de propulsar la civilización la está aniquilando. Ellacuría seguramente no tenía pensado al detalle cómo reconducir la situación, pero sí proponía poner en el centro de nuestra civilización a las personas, la solidaridad, la supervivencia del planeta, la justicia, la dignidad y la igualdad.

Es también esto lo que están pidiendo miles de personas sin recursos en el sur, en el sur del norte, en nuestras ciudades y en las ciudades de muchos otros lugares del mundo. Lo están pidiendo miles de jóvenes desencantados con el mundo que heredan y con ganas de inspirar una nueva civilización, de cambiar una sociedad que se ha instalado en la acumulación de beneficios y capital como plan.

Hay que entender que Ellacuría y otros jesuitas no negaban que el modelo capitalista había traído desarrollo científico y técnico, pero, al mismo tiempo, apuntaban a que era necesario reconocer que los procesos de autocorrección que el sistema había creado no habían sido efectivos. Advertían que una civilización de la riqueza, entendida como tal, no era compatible con la sostenibilidad medioambiental ni con una universalización del bienestar.

Naturalmente, Ellacuría, como filósofo, como teólogo, como jesuita, reflexionaba sobre el sentido egocéntrico que se desprendía de la civilización del éxito y del vivir bien a costa de la pobreza de los demás. Proponía como motor de la humanidad “un estado universal de cosas en que esté garantizada la satisfacción de las necesidades fundamentales, la libertad de las opciones personales y un ámbito de creatividad personal y comunitaria que permita la aparición de nuevas formas de vida y cultura, nuevas relaciones con la naturaleza, con el resto de personas, con uno mismo y con Dios”. A este motor le llamaba civilización de la pobreza y, a pesar de tener una clara inspiración en el humanismo cristiano, nunca la imaginó como una civilización confesional.

¿Y qué proponía, en definitiva, Ellacuría? “Crear modelos económicos, políticos y culturales que hicieran posible una civilización del trabajo sustitutiva de la civilización del capital”. O, en otras palabras, también suyas: “La solidaridad compartida, en contraposición al individualismo cerrado y competitivo de la civilización de la riqueza”. ¿Lo encontráis muy simplista? Quizás más que simple es radical e inspirador, es decir, se trata de ponernos a trabajar por algo más interesante que pasar los días discutiendo sobre derechas e izquierdas, o de si ponemos la frontera en el Ebro o en los Pirineos.

Ellacuría

Imagen de Hans Braxmeier extraída de Pixabay

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