Tren

¡El tren es nuestro!

Francesc MateuHacía el invernal frío habitual en el andén de la estación de Vic. Subíamos al tren y cerrábamos las puertas tras nuestro, porque dentro se estaba bien. El tren estaba casi vacío porque empezaba allí mismo. Nos sentamos diseminados por todo el vagón esperando la hora de salida. Los asientos vacíos nos servían para dejar abrigos, bolsas o maletas. El viaje pintaba realmente apacible y agradable.

En la primera parada, Balenyà, subieron bastantes personas. Se distribuyeron por el vagón dado que todavía había bastantes asientos libres. Sin embargo, los chicos de las maletas tuvieron que sacarlas y ponerlas al compartimento de arriba. Les ayudamos. Yo tuve que recoger los papeles que tenía en el asiento de al lado. Una chica disimulando, continuó con los pies sobre el asiento de enfrente.

En Centelles, dos paradas después, subió mucha más gente. Era la feria de la trufa y era hora de volver hacia Barcelona. La llegada de nuevos viajeros iba acompañada de un gesto de desaprobación de los que ya estábamos en el tren porque el viaje, que pintaba extremadamente confortable, se estaba complicando. Pero hay que reconocer que era un gesto exagerado. Había sitio de sobra y todo el mundo sabe que el billete solo da derecho a un asiento. Aunque no nos conocíamos, los que habíamos subido en Vic cruzábamos miradas cómplices porque aquel era “nuestro” tren y los que estaban llegando a las estaciones sucesivas nos estaban estropeando el imaginario de viaje y las condiciones de lujo que pensábamos tener.

Dos paradas más tarde, el vagón estaba repleto porque había subido un grupo scout con todo el ruido y alegría que suelen llevar. La de los pies en el asiento, tuvo que sacarlos -no sin mascullar- y soltar un taco ininteligible. Ya no había asiento para todos y había pasajeros de pie. Un hombre que se había sentado cerca desde el principio me miró y me dijo: “¡Demasiado bien estábamos! ¿Porque tiene que subir esta gente ahora? ¡Tan agradable que era tener el tren para nosotros solos! ¡Los trenes deberían ser directos de Vic y no parar!”.

En las siguientes estaciones, aunque alguien bajaba, seguía subiendo bastante gente y llegamos a Barcelona con el vagón lleno de personas de pie. Algunos incluso nos quedamos sin asiento al cederlo a una persona mayor.

Los de las maletas, la de los pies en el asiento, los abuelos que estaban tranquilos, el chico que quería dormir aprovechando dos asientos, yo que quería leer tranquilamente un libro y el resto de los viajeros que habíamos subido en Vic estábamos contrariados y algunos incluso enfadados de verdad. Cuando alguien se sentaba a nuestro lado, o le poníamos mala cara, o no le dirigíamos la palabra ni el saludo, como señal de protesta. La de los pies en el asiento incluso puso la música a todo volumen para joder a los que habían llegado después y le habían impedido seguir todo el viaje con los pies en el asiento de enfrente. Para acabar de arreglarlo, los scouts, que eso sí, se habían sentado en el suelo, estuvieron cantando todo el camino con las guitarras y rompiendo el “sagrado” código de silencio del tren.

Y así llegamos a Barcelona. Sorprendentemente puntuales y sin más incidentes. Al fin y al cabo, por eso y solo por eso, habíamos cogido el tren. Todas las personas que habíamos subido en Vic, aunque no nos conocíamos, habíamos tejido la complicidad y cercanía que da la sensación de compartir un derecho en común. Un derecho que no teníamos, que nadie había prometido y que nos habíamos otorgado nosotros solos. El billete solo te da derecho a coger el tren hasta Barcelona. Y ni siquiera implica el derecho a tener asiento. Era curioso observar también que, los últimos que habían entrado una vez conseguido asiento, también tenían los mismos sentimientos que nosotros respecto a los que entraban en el tren después de ellos.

Cuando arriban recién llegados a la tierra donde vivimos, tendemos a tratarlos como a los que subían al tren más tarde. Entonces escuchamos aquello de “primero los de casa”, otorgándonos un derecho sobre un territorio que nadie nunca nos ha dado. Algunas personas lo entienden y acogen, pero mucha gente hace como los viajeros de nuestro tren, se malhumoran y les reprochan cosas que no se corresponden, y se buscan excusas como el ruido, que nos “quitan” los asientos o que no nos dejan hacer el viaje tranquilos.

Cada vez que alguien dice “primero los de casa”, no puedo dejar de pensar en “primero los que subimos en Vic”. Es automático, segundos después, se desploman todos los prejuicios atávicos que tenemos.

Si queremos ser personas, no queda otra opción que acoger con los brazos abiertos y no seguir apelando a derechos que no existen. El único derecho es el que tiene cualquier persona, el de tener una vida digna.

No olvidemos el “Queremos acoger” ni el “Bienvenidos refugiados”. ¡Compartamos el tren!

***

[Este texto ha sido inspirado en un ejemplo de Hans Magnus Enzensberger del que se habló en la presentación del Anuario de Valores 2015 de la Fundació Carulla en Esade].

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Imagen de Aleksejs Ivanovs extraída de Pixabay

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