Mi pueblo no discierne

“Mi pueblo no discierne”

Xavier Alonso. El primer fin de semana de junio lo pasé en la Abadía de Chévetogne como huésped.  Fui a compartir la vida monástica, y a leer y descansar. Chévetogne está en Valonia, en la provincia de Namur, a algo más de una hora en tren y autobús desde Bruselas. La Abadía fue creada en 1925 por dom Lambert Beauduin para consagrarla a la oración por la unidad de los cristianos. Una única comunidad de monjes benedictinos lleva a cabo la celebración simultánea de los oficios litúrgicos de cada día en dos iglesias, en una en rito latino y en otra en rito bizantino. Los cantos en rito bizantino son de una honda belleza y sus grabaciones se exportan a todo el mundo. El día 2, cuando las campanas daban las nueve menos cuarto de la mañana, me puse a escribir…

«Ayer, después de la siesta, volví a este jardín. Bajé la Biblia que a menudo te encuentras en las habitaciones de las hospederías de los monasterios. Me senté en la hierba. Al rato pasó un gato gris con un pajarito muerto en la boca, lento y orgulloso… Después apareció un monje, vestido con tejanos, camisa gris y botas altas de granjero, delgado y alto, con barba muy larga. Llevaba una bolsa de papel con algo dentro. Se acercó a la valla de postes de madera y alambre que marca el límite con el bosque ilimitado. Es en este punto entre el jardín y el bosque en donde he ido viendo pacer estos días a vacas o caballos o, en el momento que describo, burros. Los burros, al ver al monje, rebuznaron muy fuerte, entre nerviosos y alegres. El monje sacó de la bolsa marrón trozos de algo y se los fue dando. Eran dos, los burros. Bajaban las orejas hacia atrás como hacen los perros, como agradecidos. Al acabar de alimentarlos vino hacia mí y hablamos un poco, en francés. Era flamenco. Me presenté, y al identificarme como catalán trabajando en la Delegación de nuestro gobierno hablamos de política. Se lamentó de los resultados de las elecciones federales belgas del domingo pasado, porque dificultarían mucho la formación de gobierno. Se lamentó de la prisión de los políticos catalanes. Hablamos poco más. Le dije que me había parecido que los burros lo conocían, o lo reconocían. Y me respondió, claro, ya lo dice la Biblia, los burros reconocen a su amo, y los hombres ni siquiera reconocen a su Señor. Le pregunté dónde, en la Biblia. “Dans Ésaïe”. Al principio no lo entendía porque era la primera vez que oía “Isaías” en francés. “Ésaïe, Ésaïe”, me fue repitiendo. Finalmente lo entendí. Y pensé que me sería algo arduo encontrar la cita porque hay muchas páginas de Isaías en la Biblia. Es el libro más largo de los setenta y tres que la forman. Pero a la vez me azoré contento de la casualidad, la no-casualidad de haber bajado la Biblia de la habitación. Y cuando el monje, que aún no sé cómo se llama, se fue a dar de comer a las ocas –creo que eran ocas, por el jaleo que armaron al oír sus pasos- empecé a buscar, y mira por donde, en la primera página, sí, en la primera de Isaías, lo encontré:

Oíd, cielos, escucha, tierra, que habla Yahveh; «Hijos crié y saqué adelante, y ellos se rebelaron contra mí.

Conoce el buey a su dueño, y el asno el pesebre de su amo. Israel no conoce, mi pueblo no discierne».

Los dos burros, después de comerse los trozos de pan –el que no nos acabamos en el desayuno, me dijo el monje-, se alejaron de la valla y siguieron con su otra merienda, la hierba, y movían las orejas, como cuando llegó su amo y lo reconocieron, pero ya no en un movimiento de agradecimiento y alegría sino para espantar a las moscas, que ya empiezan a arreciar en este final de la bendita primavera. También las espantaban con la cola.»

Mi pueblo no discierne

Imagen de Dwight P extraída de Pixabay

 

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